Josep Borrell, la OTAN y la tutela militar estadounidense a Europa y a Iberia

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Una fuerza militar de acción rápida de la Unión Europea de unos 5.000 efectivos, en pro de su autonomía estratégica, es la propuesta que ha puesto Josep Borrell, jefe de Exteriores de la Comisión Europea, encima de la mesa de los ministros de Defensa y de Exteriores europeos. Una propuesta que no ha gustado al secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg. Lo cual resulta inadmisible.

La propuesta de Borrell, obviamente, no supone la substitución de los ejércitos nacionales por uno europeo, eso implicaría la unificación de la soberanía nacional. Dicha unificación de soberanías no va a ocurrir ni sería deseable. La propuesta de Borrell ha llegado en un momento donde la Unión Europea sorprendentemente ha reaccionado correctamente a la crisis económica de la pandemia, así como, en la crisis entre España y Marruecos, ha mostrado su solidaridad con España, lo que en otras ocasiones era difícil por la posición francesa. En el conflicto hispanomarroquí, Estados Unidos suele adoptar una postura neutral o promarroquí, por tanto, la OTAN poco ayuda. España debe desarrollar una política de defensa en varios frentes, no necesariamente militares. Al margen del círculo de poder de Marruecos, es necesario establecer una alianza cultural con el pueblo de Marruecos por vínculos históricos y para que un futuro cambio de régimen o de monarca no empeore la situación.

España va a organizar la próxima cumbre de la OTAN en 2022, donde debiera de arrancar algún compromiso a la organización y a Estados Unidos en relación a Ceuta y Melilla; presionando también con la renovación anual del acuerdo de las bases militares estadounidenses en suelo español. Es cierto que el riesgo es que Estados Unidos construya bases en Marruecos, pero -desde luego- allí no va a encontrar la estabilidad política, ni la ubicación tan estratégica de la Península. En caso de que Estados Unidos aumente su alianza con Marruecos, habría que asumir las consecuencias, incluso habría que prepararse antes de que llegue ese eventual escenario. Por eso es fundamental actuar en otros frentes: la fuerza rápida europea de Borrell con compromiso de defensa de Ceuta y Melilla; la entrada de España en la Unión Africana; y estimular una alianza militar en el atlántico sur con países amigos, fundamentalmente Iberoamérica y la CPLP.

El Lavrov brasileño, Celso Amorim, que puede volver al poder a final del 2022, se pronunció, como ya mencionamos en un anterior artículo, sobre un acercamiento entre los países del sur. El diplomático afirma que “tenemos un foro de cooperación Atlántico Sur” (Zona de Paz y Cooperación del Atlántico Sur), limitado a los países africanos y sudamericanos con costa atlántica. En concreto, entre los países de lenguas ibéricas, Celso Amorim declaró que “la cuestión que surge es: ¿qué tipo de cooperación podemos tener con la península ibérica? Si la península ibérica fuese realmente la Jangada de Pedra, que decía Saramago, y se destacase, no habría problema”. El problema, resume el exministro, es la OTAN. Una vuelta del PT al poder en Brasil sería una puerta para establecer una relación preferente con los BRICS.

La huida de la OTAN del aeropuerto de Kabul abre una serie de preguntas sobre las consecuencias del seguidismo de España, Portugal y Europa en general a la política estadounidense de ser policía del mundo. El norte y centro de Europa tienen que superar definitivamente la geopolítica de la postSegunda Guerra Mundial y de la postGuerra Fría. En Iberia cabe decir lo mismo, pero en relación a los compromisos nacidos de la alianza anticomunista entre Estados Unidos y las dictaduras de Salazar y Franco. En el caso portugués, es miembro fundador de la OTAN desde 1949 por su tradicional atlantismo. En el caso español, es miembro desde 1982. La OTAN fue también una oportunidad de modernización de las fuerzas militares.

Cuando se cumplen los 20 años del 11 de Septiembre, los episodios de Irak y de Afganistán se han revelado como un fracaso: ni ahorró vidas, ni dio más seguridad, ni implantó democracias ni desarrollo económico, ni tampoco redujo el terrorismo en el mundo, al contrario, lo aumentó. Pretextos falsos que provocaron ingentes pérdidas de recursos y de vidas humanas, así como oleadas de refugiados. Mucha gente se ha sentido engañada; otros muchos ya sabían de qué iba el asunto.

La UE debe ser un actor más que hable de a tú con Estados Unidos, Rusia, China y América Latina. América en general (y no exclusivamente Estados Unidos) siempre será una referencia para los europeos, pero tampoco nos podemos olvidar que Europa es una macropenínsula de Eurasia y que la península ibérica hace frontera con el Mediterráneo y África, y es puente con Iberoamérica. España y Portugal también deben desarrollar una política exterior propia. Hay que fortalecer el liderazgo de António Guterres, dar un perfil alto a la SEGIB y no dejarse llevar por una nueva agenda de Guerra Fría contra China.

Asimismo, seguir dando prioridad a la cooperación militar entre España y Portugal. Existe un “Acuerdo entre la República Portuguesa y el Reino de España de Cooperación en Materia de Defensa”, firmado en junio de 2015. A nivel bilateral, destacan las Reuniones (anuales) de Estados Mayores Peninsulares (desde 1954) y el Consejo Hispano-Luso de Seguridad y Defensa.

“La convergencia de intereses militares entre Portugal y España se manifiesta en múltiples actividades realizadas en conjunto, sea en contexto bilateral o multilateral, en áreas tan diversas como la formación, el entrenamiento, el intercambio de información, de personal y las operaciones militares internacionales”, según reconoce el almirante António Silva Ribeiro, jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de Portugal. El acuerdo ibérico incluye “la igualdad soberana entre los Estados, la integridad e inviolabilidad de su territorio y la no intervención en los asuntos internos de otros Estados”. Un principio que debe regir el iberismo: máxima coordinación; máximo respeto a la soberanía nacional; máxima defensa mutua.

 

Pablo González Velasco

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