03/04/2025

‘La península de las casas vacías’, de David Uclés

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En 1986 supimos, gracias a la pluma de José Saramago, que cuando Joana Carda trazó una línea en el suelo con una vara de olmo, los perros de Cerbère, en la frontera franco-española, se pusieron a ladrar. Cosa inaudita -pocas veces se habrá usado mejor este adjetivo- porque, desde tiempos inmemoriales, los perros allí habían sido mudos. Ni siquiera el propio Saramago, pese a ser el autor de la novela A Jangada de Pedra (La balsa de piedra), se atrevió a establecer una relación causa-efecto entre ambos hechos.

Sucedió también por entonces que, cuando Pedro Orce decidió levantarse de su silla, sintió un terremoto al poner los pies sobre el suelo. Y es que el suelo ibérico que pisaban Joana Carda y Pedro Orce estaba empezando a separarse del resto de Europa.

Anciano en 1986, Pedro Orce conoció con seguridad el conflicto que asoló España medio siglo antes. No sería extraño que hubiese tenido noticias de cierto Odisto Ardolento, un agricultor que había vivido en Quesada (Jaén). Tal vez pudo oír hablar de él en el santuario de la Virgen de Tíscar, muy venerada en la zona circundante. El santuario se sitúa en una falla que comunica las tierras de Quesada con las hoyas de Guadix y Baza, lugar donde residía Pedro Orce. Quizás las enormes fuerzas telúricas quisieron abrir esa brecha solamente para facilitarle un camino. Cosas más raras se han visto.

Quien desee conocer más de la vida de Odisto Ardolento, deberá leer La península de las casas vacías (Siruela, 2024), de David Uclés. Es una novela, impregnada de realismo mágico, que tiene como escenario principal Quesada, convertida para el efecto en el pueblo de Jándula. El marco cronológico transcurre entre los momentos previos a la Guerra Civil y los posteriores a la misma. Curiosamente, en esta novela sobre la Guerra Civil se hallarán insistentemente los términos Iberia e íbero, pero no España ni español. El único rastro de estos aparece en un capítulo, en el que el autor aclara que, años antes de la guerra, tras el asesinato de Carlos I de Portugal, se había producido la unión de Portugal y España, para desembocar en una abierta defensa de la federación ibérica.

En Jándula, el lector sabrá de plantas capaces de congelar a una persona durante meses o incluso años o de predecir, mediante su crecimiento inusual, la inminencia de un conflicto armado. Incluso podrá conocer a David Uclés, el joven autor íbero, cuya presencia es intuida -o conocida- por personajes de la novela y que incluso llega a hacerse carne en un capítulo para encontrarse con Franco en Toledo.

Al margen de sus más que evidentes cualidades literarias, David Uclés demuestra tener un magnífico conocimiento de la historia del conflicto y de la geografía de los países ibéricos; también de la literatura portuguesa, manifestado en las menciones a Torga, Pessoa, Lobo Antunes o Saramago. La influencia de este se evidencia en un pasaje, tras una erupción volcánica en el cerro de los Ángeles, según algunos, el centro de la península. Se produjo entonces un terrible terremoto que, si bien afectó a todas las tierras ibéricas -archipiélagos, Ceuta y Melilla incluidas- tuvo sus efectos más espectaculares en el istmo peninsular, donde apareció una enorme hendidura. A diferencia de A Jangada de Pedra, la península no llegó a zarpar, ya que, gracias a un gran esfuerzo de ingeniería, se pusieron grandes grapas que mantuvieron la península unida a Europa. La mayor de estas grapas, estaba en Cerbère (Cervera en catalán), el pueblo de los perros mudos.

José Antonio Rocamora