La visita de Luis I a Madrid (1865)

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Aquella mañana del día 28 de diciembre de 1865 era fría y desapacible. Sin embargo, numerosas personas -unas 2.000 según Fernández de los Ríos- se arremolinaban en la madrileña estación del Norte. Estaban esperando a Luís I de Portugal, que regresaba de un viaje con su esposa, Maria Pia.

Su matrimonio, en 1861, fue contemplado con recelo por la Corte española. Maria Pia era hija de Víctor Manuel II, que acababa de fundar el Reino de Italia, poniendo fin al gobierno de los Borbones en Parma y Nápoles. Se sabía que, en círculos italianos, había simpatías hacia otro proceso unificador en la Península Ibérica que derribara a Isabel II. Por otra parte, era conocida la admiración que producían entre los progresistas el rey portugués y su padre, Fernando de Coburgo, considerados modelos de monarcas constitucionales.

Por tanto, su presencia resultaba incómoda para Isabel II y su Gobierno, que procuraron minimizar los riesgos que implicaba. Una primera medida fue reducir la visita a unas pocas horas.

Pero la oposición no pensaba desaprovechar semejante oportunidad. La víspera, periódicos progresistas y demócratas habían convocado la manifestación. Estaban encabezados por el propio Ángel Fernández de los Ríos (La Soberanía Nacional) y Emilio Castelar (La Democracia). Más tarde, el republicano Castelar debió justificar su participación. Indicó que no implicaba un apoyo a la monarquía, sino a la idea representada por los reyes. ¿Qué idea era esa? La de la unión ibérica. En aquellos momentos -a diferencia de Portugal- se hallaba muy difundida entre la clase política española. Hasta el punto de que atacarla abiertamente resultaría políticamente incorrecto. No se discutía tanto sobre la idea, sino sobre el modo de llevarla a cabo. Por ejemplo, el periódico republicano La Discusión, dirigido por Pi y Margall, también se sumó a la convocatoria. Pero los progresistas parecían tener la posición más ventajosa. Confiaban en que podrían coronar a un Bragança, sentado las bases de la unión ibérica.

Estaba claro que el acto de recibimiento a los reyes de Portugal en la estación lo era también de repulsa a Isabel II y a favor de la unidad ibérica.

Al llegar el rey consorte, los manifestantes le dieron la espalda, fingiendo leer los carteles pegados en los muros y evitando cualquier muestra de respeto hacia su persona. Cuando lo hicieron los reyes, parece que fue Castelar quien comenzó a vitorearles. Una nube de pañuelos y sombreros se alzó sobre las cabezas de los asistentes, cuyos gritos ahogaron -simbólicamente- las notas de la Marcha real.

Medios afines al Gobierno -como La Correspondencia de España– silenciaron deliberadamente la manifestación, limitándose a hablar de los detalles de la entrevista con los monarcas españoles. El Pensamiento Español, afín a los ideales absolutistas y, por tanto, alejado del iberismo, criticó a los diarios ibéricos promotores. Cifró la asistencia en doscientas o trescientas personas, o las que fueran, ya que, en ningún caso, las consideraba representativas. Añadió que hubo gritos de ¡Viva el rey de Iberia! y rumores sobre la entrega a los reyes de un pañuelo en el que estaba escrito ¡Iberia una! ¡Viva Iberia! El periódico La Política rebajó incluso la cifra de manifestantes a cincuenta. El progresista La Soberanía Nacional, ante el claro objetivo de reducir la importancia del acto, se preguntaba sobre cuántos manifestantes hubo en la posterior despedida a los reyes. Porque, sobre las 4:30, una multitud aún mayor se agolpaba en las plazas de Palacio y Armería, la cuesta de la Vega y el puente de Segovia.

El Gobierno recurrió incluso a la represión. Grupos de policías de paisano se infiltraron entre el público. Las ediciones de La Democracia y La Discusion del día 29 fueron recogidas. La Nación optó por la autocensura, haciendo -según manifestó- una mera narración de lo sucedido, para evitar que el fiscal de imprenta impusiera una multa.

El periódico satírico Gil Blas insertó unos versos cuyo sentido y pronóstico estaban claros para los lectores de la época:

 

Un rey pasó por mi puerta

y yo le dije: ¡entre usted!

Y contestó: voy de prisa

pero pronto volveré.

 

 

José Antonio Rocamora

 

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