Las tres propuestas territoriales del movimiento histórico iberista

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París, primavera de 1848. Un nutrido grupo de iberistas españoles y portugueses, pertenecientes al Club Democrático Ibérico, se manifiestan por la federación ibérica -con una bandera de la soñada Iberia- y en recuerdo de las víctimas del 26 de marzo, un intento revolucionario reprimido en Madrid como parte de la ola de revoluciones de 1848. Este club de emigrantes ibéricos llegaría a tener 400 socios.

El primero en escribir una propuesta federal para Iberia es el abate y girondino José Marchena. Lo hace, en 1792, en un informe al Gobierno francés sobre la necesidad de substituir las dinastías ibéricas por una República Federal. En la década de los cuarenta del siglo XIX aparece, en España, prensa iberista federal como El Huracán, El Peninsular y El Guindilla. En Portugal, décadas después, hubo un periódico llamado A República Federal. A mediados del siglo XIX se estableció una auténtica opinión publica ibérica en la Península, dada la veloz circulación de noticias e ideales iberistas entre los periódicos (y periodistas) lusos y españoles. Lisboa, entonces, era la vanguardia del iberismo.

En el siglo XIX, el iberismo republicano y el liberalismo mantienen historias paralelas en el marco de una primera etapa nacionalista ibérica. Ambos comparten los debates entre el centralismo (jacobinos) y el federalismo (girondinos y los federalistas estadounidenses y suizos). Aunque todos los liberales defendían la transformación de la soberanía real en soberanía nacional, existían diferencias sobre qué hacer con el Estado centralizado absoluto: si desarticularlo en una federación, para limitar su poder, o utilizarlo como herramienta de transformación revolucionaria, limitando el poder local: la otra pata del Antiguo Régimen.

El iberismo monárquico, por otro lado, tenderá hacia soluciones aliancistas dualistas, a negociar bilateralmente entre los Estados portugués y español, para unificar la familia real -con dos reinos o dos soberanías separadas- y sin un objetivo de construir una macronación ibérica conjunta, ni tampoco una miríada de micronaciones de escala regional. Este es el tipo de iberismo hispanoluso que resurgirá en el siglo XXI. En el siglo XX el regionalismo instrumentalizará al federalismo ibérico, como un equilibrio temporal para negociar sus intereses de parte (y no del todo), eliminando la finalidad nacional-iberista. Por tanto, resumidamente, identificamos tres tipos de propuestas territoriales en la historia del iberismo:

 

1) FEDERALISMO REPUBLICANO NACIONALISTA IBÉRICO CON ESTADOS REGIONALES

Estos iberistas, que pretendían crear una nación ibérica, tuvieron como influencia a los girondinos, al federalismo estadounidense y suizo, y -tardíamente- al anarquismo federalista de Proudhon. Esta corriente es la que predomina -progresivamente- en el movimiento iberista, desde mediados del siglo XIX hasta la I República española (su gran realización).

En 1851 se publicará el libro de Henriques Nogueira, padre ideológico del republicanismo portugués, Estudos sobre a reforma em Portugal. Igualmente, Joaquim Maria da Silva lanzará en 1854 en Oporto la obra: Federação ibérica, ou ideias gerais sobre o que convém ao futuro da península. Los iberistas españoles y portugueses no dividían a Portugal para evitar suspicacias o riesgos. La obra de Nogueira defenderá un federalismo de regiones-Estado, pero con la finalidad de construir una nación ibérica. Por tanto, es un federalismo dentro de un nacionalismo ibérico. No se trata de un federalismo estático de nacionalidades-región, ni de un federalismo binacional de Estados. Nogueira afirmará: “Portugal e os outros povos peninsulares, irmãos em crenças, em costumes, em origem histórica, em grandes feitos, em grandeza e infortúnio, em interesses, em inspiração literária e artística, e quase em linguagem, não podem deixar de constituir, para o futuro, uma grande nação”. (…) “Nós queremos a federação; mas repelimos a fusão. Aquela conserva todos os benefícios da independência e traz os mais que lhe são próprios”.

Los republicanos federales tardíos eran federalistas internos de España, lo que teóricamente ayudaría a una futura federación (complementaria) con Portugal. Es aquí donde entra la experiencia de la I República española (1873-1874), cuyos principales dirigentes eran iberistas de la “segunda hornada” de matriz federal, tales como Pi i Margall, Salmerón o Castelar. “Estados Unidos y Suiza serán de los primeros en reconocer al nuevo régimen”, afirma el profesor José Antonio Rocamora. Por otro lado, la célebre Generación portuguesa de 1870, aunque su iberismo era más de reconocimiento de una cultura compartida y de reflexión sobre cómo revertir la decadencia peninsular, tendrá una simpatía por los ideales iberistas federales, de los que posteriormente muchos de ellos renegarán. En España se seguirán publicando libros en clave federal y con especial enjundia, a saber: Las nacionalidades (1877) de Pi i Margall, Estados Unidos de Iberia (1881) de Fernando Garrido y Féderation Ibérique (1893) de Magalhães Lima, donde describe un reciente encuentro iberista en Badajoz, de carácter republicano y federal.

El fracaso de la I República y la mala experiencia del cantonalismo harán retroceder las ideas del federalismo. Durante la II República predominarán las ideas unitaristas, aunque en realidad lo que hay es una mezcla entre lo federalista y lo unitario, que ha llegado hasta hoy en día con el actual Estado de Autonomías.

 

2) FEDERALISMO REGIONALISTA DE CONVENIENCIA

Estos regionalistas-federalistas son centralistas internos de región, pero federalistas externos (concéntricos), así como predominantemente republicanos dentro de la cosmovisión del micronacionalismo de región. Esto estuvo muy presente en Cataluña a principios del siglo XX. Una visión que podría ser compartida por los republicanos federales portugueses, aunque -políticamente- la opción iberista ya había sido descartada una vez que los republicanos lusos tomaron el poder en 1910.

El iberismo federal quedó como un pecado de juventud. Para llegar a esa conclusión hay razones de Estado, pero también una falta de encaje de Portugal en el marco teórico federal iberista. El problema teórico es que Portugal tiene el tamaño de una región ibérica, pero es un Estado independiente de más de ocho siglos de longevidad. No se le puede rebajar, directa o indirectamente, al tamaño institucional de una región española. Portugal tiene sobre sus espaldas una Reconquista y un Imperio multicontinental. Esto significa una serie de derechos adquiridos y un abono para construir un hiperidentitarismo nacional. Es por ello que la lista de arrepentidos entre los iberistas portugueses es larga, pero sus ricas contribuciones teóricas quedaron para la posteridad.

Otros ejemplos del regionalismo-federalista serían Blas Infante, Castelao y, por otro lado, el debate en el exilio sobre la Comunidad Ibérica de Naciones (1945), plasmada en un libro, cuyos protagonistas fueron Armando Cortesão, Manuel de Irujo, Luis Araquistáin y Carles Pi i Sunyer. El nacionalismo catalán de los años treinta del siglo XX mantendrá en sus discursos públicos el marco ibérico de relación entre pueblos peninsulares. El anarquismo, heredero del republicanismo federal (y de sus bases populares en Andalucía y Cataluña), unifica con éxito sus organizaciones peninsulares en la Federación Anarquista Ibérica (FAI) en 1927. Incluso se crearon pequeños partidos iberistas como el Partido Social Ibérico en Sevilla y el Partido Federal Ibérico en Cataluña. El POUM en 1931, fruto de las contribuciones comunistas heterodoxas de Joaquín Maurín, defiende la “Unión de Repúblicas Socialistas Ibéricas”.

Aunque en este punto se pueda acusar al protonacionalismo de las regiones de “narcisismo de las pequeñas diferencias”, hay que decir que existe un fondo de iberidad real en el regionalismo, que puede ser virtuoso si este es moderado, utopista-municipalista, basado en el hecho local (genius loci) y equilibrado con “lo ibérico”, como dice González Alcantud. Además, conviene racionalizar el sentimiento regional con un filtro de pragmatismo, basado tanto en fortalecer el “todo ibérico” (y sus partes) en la geopolítica internacional, como en el respeto a los Estados de derecho de Portugal y España. No tiene ningún sentido un iberismo antiespañol, como el propio Castelao argumentaba en Sempre en Galiza. El virtuoso regionalismo no tiene que ver con lo que han acabado siendo -en gran medida- las Comunidades Autónomas, actuando como microEstados-Nación centralistas contra el poder local ciudadano.

 

3) ALIANCISMO MONÁRQUICO DUALISTA DE ESTADOS-NACIÓN

Estos son los peninsularistas que reconocen solo dos sujetos: España y Portugal. Esta corriente fue predominantemente monárquica o por lo menos respetuosa con las reglas del juego. No pretenden crear una nación ibérica, sino una alianza en común que puede simbolizarse en una jefatura de Estado hereditaria conjunta, como es el rey, o una institución común entre ambos Gobiernos, como un Consejo Ibérico, como defiende el actual movimiento iberista. En esta corriente iberista puede haber centralistas internos y federalistas internos españoles, pero siempre con sensibilidad lusófila. No obstante, lo que predomina es una visión de gestión pluralista multinivel.

Es un iberismo transnacional o binacional, que tiene un referente fuera de su tiempo: el reinado de Felipe II (hijo de portuguesa) bajo el cumplimiento de los 25 puntos del juramento de las Cortes de Tomar. Un monarca de dos reinos, aunque había más, pero los privilegios de Portugal eran muy amplios. Esto fue posible gracias al diplomático portugués Cristóvão de Moura, que poseía dos gigantescos palacios en Madrid (Príncipe Pío/Paseo de la Florida) y Lisboa (en paralelo al Paço da Ribeira), y del que se rumorea que sus restos mortales están en el subsuelo del Parlamento portugués, como un fantasma iberista. Todo esto se aclarará en una publicación a final de año. Al menos lo que sí hay es la cripta familiar.

El gran intento de unificación iberista de 1870 se basaba en que el Parlamento español nombraba a un rey portugués (o a un príncipe) también rey de España. Este tipo de federalismo monárquico tuvo menos desarrollo teórico-programático que el federalismo republicano, sostiene el mayor investigador del movimiento iberista José Antonio Rocamora. No obstante, estas carencias teóricas se invertían en el caso de la reflexión crítica sobre la modernidad europea, algo que estará presente posteriormente en la generación iberista portuguesa, nacida en 1922-1923 (José Saramago, Natália Correia, Eduardo Lourenço).

Con frecuencia los peninsularistas no se autodenominaban federalistas (ni iberistas) porque su cercanía con el poder local era por la vía del tradicionalismo. Era y es compatible con un regionalismo moderado. Un referente de esta línea es António Sardinha y el Marqués de Quintanar. De esta doctrina dualista (y de otras influencias) se deriva el confederalismo de Estados-nación que defendió el movimiento iberista en 2016 a través de la Declaración de Lisboa. Una confederación de Estados que podría ser tripartita con el tercer Estado ibérico, reconocido por la ONU, que es Andorra.

El fin de la frontera entre España y Portugal, bajo la convergencia europea, estuvo protagonizada por el iberista Fernando Morán, ministro de Exteriores español entre 1982 y 1985. Hoy en día para evitar el solapamiento de la confederación de facto que es la Unión Europea -es decir, una federación sin unificación de la soberanía y con derecho a separarse-, el movimiento iberista defiende una interpretación flexible del nuevo Tratado de Amistad entre España y Portugal de Trujillo de 2021. Un auténtico marco jurídico iberista a desarrollar. El objetivo político es convertir la “instancia política de seguimiento de las decisiones de las cumbres ibéricas” en un embrión de una institución exclusiva ibérica; una especie de Consejo Ibérico, con sede, secretaría y un equipo de trabajo, tal y como funcionan las Eurorregiones o las Eurociudades más avanzadas, pero a nivel peninsular. El Foro Cívico Ibérico y la plataforma mediática ibérica, EL TRAPEZIO, asumen un iberismo multinivel de carácter pragmático y aliancista, entre España y Portugal, con la Raya como nueva centralidad de la Península y vinculado a la construcción de la plataforma geopolítica de la Iberofonía.

A final del siglo XIX y comienzo del XX, se intentó en Portugal borrar toda la presencia del iberismo en el imaginario político, pero su huella en el pensamiento luso ha sido reconocida recientemente por el presidente de la República portuguesa Marcelo Rebelo de Sousa. Sin embargo, la calumnia de ser un imperialismo español quedó (en Portugal) como un poso cultural que progresivamente se va diluyendo.

En relación con la imagen de España en la actualidad, cabe decir que para los ojos de los portugueses sería bueno que España asumiese la marca de “España Federal”, porque todavía existe el rastro de una leyenda negra sobre el supuesto centralismo de la España autonómica actual, cuya Constitución contiene -objetivamente- elementos confederales, federales y unitarios. El iberismo del (re)conocimiento cultural y geopolítico, expresados en libros como Iberia, tierra de fraternidad (2021) o El nuevo iberismo (2022), puede ayudar a tejer una dinámica virtuosa de transversalidad territorial, plurilingüismo y plurirregionalismo horizontal en España. Últimamente también se han publicado libros como La constitución profunda de las Españas y la federación ibérica (2018) de Emilio Suñé Llinás, o el de Ian Gibson: Hacia la República Federal Ibérica (2021). No obstante, el actual movimiento iberista evita los términos como federal o confederación.

Por último, voy a contar un secreto bien guardado entre los republicanos portugueses. Tan bien guardado que ni ellos tal vez lo sepan. El secreto es el siguiente: los colores rojo y verde fueron los colores del federalismo ibérico; así lo defiende el profesor Ernesto Castro Leal. Son exactamente los colores de la actual bandera republicana de Portugal. Por tanto, cada vez veamos izar una bandera republicana portuguesa, podremos recordar legítimamente a tantos iberistas que lucharon por la fraternidad peninsular, como aquellos revolucionarios ibéricos del Paris de 1848.

 

Pablo González Velasco – Texto actualizado, publicado originariamente en catalán en el libro FEDERALISME FÀCIL. Puede comprarlo aquí.

 

BIBLIOGRAFÍA

José Antonio Rocamora. El nacionalismo ibérico (1792-1936). Universidad de Valladolid. 1994.

Sérgio Campos Matos. Iberismos: nação e transnação. Portugal e Espanha (1807-1931). Coimbra. 2017.

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