Memorias de Mozambique: la llegada

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Fue en agosto del año 2010, cuando llegué a Maputo, para la colaborar en un proyecto de educativo de Cooperación al Desarrollo. El viaje desde Madrid incluía una escala en Lisboa, que preferí hacerla pasando noche en la capital portuguesa, para despegar hacia Mozambique al día siguiente. El vuelo fue con la TAP. Me llamó la atención lo uniformadas y protocolarias de las azafatas. ¿Café o chá? repetían atentamente cada poco tiempo, así que acabé tomando mucho chá (té). Una palabra que oía por primera vez. El idioma portugués ya me empezaba a seducir. Investigué la etimología de la palabra chá. Viene directamente del chino, haciendo el portugués una transcripción de su sonido al alfabeto latino. La RAE también admite cha, sin acento. La palabra utilizada en castellano té, también viene del chino, pero de la pronunciación que se practica en el sur.

El trayecto en avión de Lisboa a Maputo demora unas 11 horas, para 8.400 Km en línea recta. Sin embargo, apenas hay diferencia horaria con Portugal (+1 hora) y ninguna con España. Esto me llamó la atención pues en España estamos acostumbrados a que los viajes largos sean hacia América donde las diferencias horarias son de varias horas. El aterrizaje en la terminal del antiguo aeropuerto de Maputo, construido en la época colonial portuguesa, que al poco tiempo fue sustituida por una nueva terminal china, fue sobre las 8 de la tarde. Al llegar ya era de noche en Lorenzo Marques. Al salir del avión noté, un viento tibio, olor a goma quemada, y una extraña sensación de familiaridad con el ambiente que rodeaba el trajín de la terminal, la recogida de la maleta, el control de pasaportes, el paso por el hall. Pude percibir que en algún lugar de mi memoria esas sensaciones ya estaban almacenadas.

Tomé un taxi, el Taxi de los españoles, pues el motorista (conductor en castellano) tenía la confianza de la colonia de cooperantes españoles, habiéndose convertido en el taxista “oficial” de los que allí nos encontrábamos ese invierno austral del año que España ganó el mundial de futbol, en la vecina Sudáfrica.

El taxi me condujo al apartamento que tenía alquilado en la avenida 24 de Julho, en el centro de la ciudad, a una distancia de unos 5 Km del aeropuerto. Para llegar al centro se atraviesa una enorme barriada de favelas, de la que emana el olor a goma quemada que me sorprendió al salir del avión. El taxista muy simpático, acogedor, risueño, parecía una persona feliz con su suerte.

La ciudad, el país, sus gentes, desde el primer momento me llevaron a otra dimensión, todo es diferente en Mozambique, una realidad paralela, llena de distancia, pero a la vez paradójicamente próxima.

Busqué un lugar para cenar. Frente al apartamento el restaurante “Piri, piri”. El picante de la comida se instaló en mi paladar de manera contundente, un fuego que me enrojecía las mejillas y quemaba la boca. Bebí cerveza a presión y calmé el ardor. A los pocos días ya me acostumbré a ese picante y a esa cerveza. La comida en Maputo es pura variedad, las influencias hindúes, portuguesas, y los productos africanos, de tierra y mar, llenan las cartas de una ciudad repleta de restaurantes, terrazas, y bares de todo tipo.

La aclimatación a la ciudad fue rápida. Antes de ir me hablaron mucho de la inseguridad y la peligrosidad de sus calles. Pero Maputo es mucho más seguro que el Madrid “quinqui” donde transcurrió mi adolescencia. Solo tuve que aprender a lidiar con la policía, pagar algún “refresco” (unos euros de extorsión para circular sin problemas). Mirar a los ojos de los policías me calmó bastante, solo reflejaban inocencia, aunque también una inconsciencia menos tranquilizadora.

La primera mañana en Maputo desperté tarde, cerca de las 10. Bajé tomando el elevador (ascensor) desde el duodécimo andar (planta) de mi apartamento a la Avenida 24 de Julho, y fui a desayunar a la Cafetería Pastelería Nautilus, que hace esquina con Julius Nyerere. El desayuno en Nautilus fue una nueva ola de sensaciones. El local dispone de horno y realizaba sus propios bollos y pasteles. Pedí una Caracola, y un café con leche. El lugar estaba lleno de personas de aspectos variados, principalmente de raza negra, aunque también hindúes y blancos; el idioma que se escuchaba era el portugués, y algo de inglés de un par de grupos de sudafricanos. Me senté junto a un ventanal desde que se ve toda la plaza que conforma el cruce de calles. Di un bocado al bollo, un sabor auténtico, textura esponjosa, algo que mi paladar tenía archivado desde hace décadas por el predominio de la bollería industrial que impera en las cafeterías de Madrid. El café con leche, igualmente de otra época, sabroso contundente y suave.

Con el café puesto y el azúcar haciendo efecto, descansado y extrañamente aclimatado en solo un día, pude comenzar “mi aventura” africana, exótica y próxima. La lusofonía, como una rama de la iberofonía, lo antiguo y lo nuevo. Una constante sensación de redescubrimiento, de reencuentro. Pronto hice algunos amigos, entre ellos Mateus, un hombre de unos 25 años, puramente mozambiqueño, un chico llegado del campo a la urbe en expansión. Una persona con solo su energía y voluntad por avanzar en la vida. Su compañía y su historia me abrió una ventana de comprensión del pueblo llano de Mozambique. Aún mantengo contacto con él y acompaño sus proyectos… Pude realizar viajes interiores, conocer variadas historias, como la del torero mozambiqueño con éxito en la España de los años 60, la existencia de una plaza de Toros en Maputo. Me cautivó especialmente el religioso español que dio a conocer al mundo la matanza de Wiriamu, acaecida durante la guerra colonial. Pude tener con él una entrevista en “el Nautilus” que ilustró la dureza de una guerra perdida en el tiempo.

Este fue el punto de partida a mi experiencia mozambiqueña, que amplió definitivamente mi percepción del mundo, y me introdujo en una identidad paniberista, la cual me ha permitido impulsar diferentes proyectos, entre ellos EL TRAPEZIO, esta plataforma de comunicación en la que los iberófonos podemos encontrarnos. Iré narrando alguna de las vivencias de este viaje tan marcante.

 

Pablo Castro Abad

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