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En la economía de guerra, el Estado toma el control de la economía; ordenando los medios de producción y los flujos financieros. El objetivo es garantizar los suministros básicos a la población, y las necesidades bélicas o de atención, a los efectos de una catástrofe. La definición encaja perfectamente en la situación actual. La economía se está poniendo de manera acelerada en modo de guerra, contra el peor enemigo para la humanidad desde los nazis, el coranavirus.

El Gobierno francés ha tomado la delantera, Macrón anunció la suspensión de la emisión de las facturas de agua, gas, electricidad y alquileres para las empresas, y «una garantía estatal» de 300.000 millones en préstamos bancarios para el sector empresarial. España moviliza 200.000 millones. Portugal, aún unos modestos 9000 millones, que deberán extenderse en breve. El BCE activa un programa de compra de deuda por 750.000 millones de euros. Alemania destinará hasta 550.000 millones de euros a su particular Plan Marshall, para salvaguardar su economía del impacto del coronavirus. Nadie; ni empresas, ni trabajadores pueden quedarse sin atención suficiente.

Poco a poco, según avanza la pandemia, los gobiernos se ven obligados para garantizar las necesidades básicas y la asistencia sanitaria, a tomar el control de la economía. El ritmo, quizá debería ser más rápido. ¿Cómo es posible que haya carencia de mascarillas?; ¿cómo es posible que no se puedan garantizar las suficientes UCIS, con sus respiradores, para atender a todos los enfermos?

El Estado debe tomar el control de los medios de producción, que garantizan los suministros sanitarios de manera urgente. Fabricar mascarillas no tiene que ser tan difícil. En las residencias de mayores y en los hospitales hay escasez, pero cualquiera debería poder acceder a una. Los respiradores disponibles no son suficientes; sencillamente patético. En una sociedad consumista, con todo tipo de objetos tecnológicos a nuestro alcance, cuando llega una pandemia que, para más inri, es una pandemia anunciada, no disponemos de suficientes mascarillas, batas y respiradores. La paradoja es dramática.

En las comparecencias gubernamentales se habla de mercado altamente competitivo, sin embargo, en estas circunstancias no debe haber mercado. Nuestros países, perdonen la insistencia, saben hacer mascarillas y batas, tienen suficiente capacidad para fabricarlas, también los necesarios respiradores. La sociedad civil ha tomado la iniciativa y, en España, un grupo de más de 100 técnicos e ingenieros, están a punto de producir los respiradores utilizando la tecnología de impresión 3D. El Estado, una vez más, va detrás.

Esta crisis está poniendo de manifiesto la enorme debilidad del sistema de producción; globalizado y mercantilizado hasta las últimas consecuencias. Si las necesidades fuesen más complejas podemos imaginar a donde podría llegar el caos.

Al hablar de guerra, hemos de pensar en el ejército. Los ejércitos todavía son gestionados de manera pública, lo que está permitiendo en España una actuación directa y eficiente; donde han entrado en acción en tareas de limpieza y desinfección de infraestructuras, y centros de mayores. También el ejército está ultimando el montaje de un hospital provisional de campaña, con capacidad para 5.500 camas, en el recinto ferial IFEMA de Madrid.

Portugal debe anticipar las medidas. Por suerte, dispone de algo más de tiempo que España. El ejército está ya preparado, y ha movilizado a militares de la reserva. El Gobierno debe poner urgentemente los mecanismos del sistema productivo a sus órdenes, para defenderse del enemigo de la manera más eficaz.

Esta crisis va a cambiar todos los paradigmas. Las conclusiones se sacarán a posteriori. Por el momento, hemos de concentrarnos en la batalla. Desde el ideal iberista y europeísta, constatamos que disponemos de mecanismos de coordinación y de cooperación insuficientes; las fronteras estatales han tenido que ser cerradas y, pese a la integración propiciada por la  UE, la gestión contra el coronavirus es una lucha individual de cada país.

 

Pablo Castro Abad es editor-adjunto de EL TRAPEZIO y licenciado en Ciencias del Trabajo