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Llegó la noticia que António Costa había esperado tanto: luz verde para el aeropuerto de Montijo. La declaración emitida por la Agencia Portuguesa de Medio Ambiente, aunque ha puesto condiciones, es favorable. Es decir, después de tantos millones de euros gastados, Lisboa tendrá un nuevo aeropuerto y ya sabemos su ubicación.

En esta historia, que no es ficción, los fantasmas no tienen precio. El argumento es simple: obras que no han materializado, pero que pesan mucho sobre las arcas del Estado; estudios que no han salido ni van a salir del cajón; décadas de discusión sobre mejores o peores opciones y una conclusión donde proyectos como un tercer puente sobre el Tajo o TGV (AVE) son verdaderos espejismos. Basta echar un vistazo para constatar que, de 1998 a 2012, se gastaron millones sólo en el estudio de proyectos que nunca salieron del papel. Si añadimos las indemnizaciones reclamadas a pesar de las cancelaciones, el importe supera ampliamente los 200 millones de euros. Es una pérdida de tiempo, dinero y energía, construyendo castillos de naipes, sabiendo que nunca viviremos allí.

Hasta llegar a Montijo, para resolver la falta de capacidad del aeropuerto de Lisboa, muchos capítulos se escribieron. Cuando, en 1998, se comenzó a hablar de la ubicación en Ota, se eligió un largo camino y, sobre todo, iba a costar caro. Sólo NAER – Novo Aeroporto, empresa creada por António Guterres para preparar condiciones técnicas, generó un gasto anual de unos 2,7 millones de euros. Al llegar a 2007, se amplió su financiación en 10 millones para que NAER entregara todos los estudios a tiempo. Aquí es donde se diseñó todo el escenario: el nuevo aeropuerto, el TGV y un tercer puente sobre el Tajo. Es decir, 114 estudios más tarde, la mejor opción fue Ota. El costo de todo esto fue de más de 34 millones. Pero apareció una ubicación alternativa: Alcochete. El siguiente capítulo fue una discusión política sobre su mejor ubicación, nuevos estudios y más gastos.

Es entonces, en 2008, cuando Sócrates anuncia que el Campo de Tiro de Alcochete es la mejor opción. Sin embargo, vino sólo para unirse a todo lo que había estado en el cajón. En 2012, había conclusiones sencillas: se habían gastado más de 60 millones de euros estudiando dos opciones que nunca llegarían a materializarse. Despilfarro que no sólo es simbólico dado que muchos estudios se hicieron más tarde, y deben añadirse las diversas indemnizaciones reclamadas después de las cancelaciones de algunos de los proyectos. Es decir, las cuentas que se han realizado están por debajo de los números reales.

Por ejemplo, según una auditoría del Tribunal de Cuentas en 2015, la inversión pública en el proyecto de una red ferroviaria de alta velocidad ascendió a unos 153 millones de euros. Sin incluir los pagos de indemnizaciones. Sólo al consorcio compuesto por Soares da Costa y Brisa, el Estado fue condenado a pagar 150 millones.

En el caso del TGV (AVE), la decisión de cancelarlo fue anterior al inicio de las obras. José Sócrates firmó el contrato para lo que sería el primer tramo del enlace entre Madrid y Lisboa, pero la cancelación llegó en 2012.

Lo cierto es que Portugal pagó durante varios años el deseo de tener un nuevo aeropuerto, otro puente sobre el Tajo y el TGV. Pagar no significar tener, y después de mucho dinero tirado a la basura, no se han materializado aún estos proyectos.

En el caso del nuevo aeropuerto, aunque muy controvertido, parece seguro que permanecerá en la Orilla Sur (Margem Sul). En el caso del TGV, Costa se refiere a una nueva discusión dentro de siete años. Con respecto a un nuevo puente sobre el Tajo, el proyecto permanece congelado.

 

Sofia Martins Santos es periodista y una apasionada por la posibilidad de descubrir y contar historias; lo que le interesa son las personas, estén donde estén.