Monarquía y República

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Cualquier Estado presente en el mundo se organiza de una de estas dos formas. Predominan las repúblicas sobre las monarquías, ambas son el resultado de muchos cambios a lo largo de la historia. La actualidad no tiene nada que ver con las monarquías medievales o las repúblicas romanas por ejemplo.

Cada Estado tiene su evolución histórica propia, resultando un abanico de distintas variantes republicanas y monárquicas. Existen repúblicas con y sin presidente del gobierno, repúblicas laicas y religiosas, totalitarias y democráticas. Excepcionalmente, también hay repúblicas con aspectos monárquicos, cuando el gobierno se traspasa entre miembros de la misma familia. Existen monarquías absolutas, constitucionales, parlamentarias, y también algunos casos de monarquías electivas, con un matiz republicano, porque el monarca es elegido. En definitiva, cada territorio, de cualquier parte del mundo, confecciona su modelo de estado según sus circunstancias históricas y culturales.

Desde un punto de vista europeo y cercano como puede ser la península ibérica, con la experiencia de tres mil años de historia, una buena parte de la sociedad tenemos claro que es lo que no queremos, ni monarquías absolutas ni repúblicas autoritarias. Lo que queremos son gobiernos democráticos. Lo sustancial es la forma de gobierno, la forma de estado y su jefatura es secundaria. La diferencia entre monarquías parlamentarias y repúblicas democráticas es pequeña, y con frecuencia el papel del jefe del estado es testimonial. En la Comunidad Económica Europea conviven perfectamente ambos modelos de estado. Europa está unida porque sus países miembros tienen constituciones avanzadas, con separación de poderes y elevados principios democráticos.

Como demócrata no rehúyo el debate monarquía-república, pero es un debate de poco recorrido. Un cambio de esa magnitud en cualquier sentido es inviable por su alto coste, social y económico. Sería “más caro el remedio que la enfermedad”. Ambos modelos cumplen con la función de dar unidad a un Estado y ambos no pueden garantizar que la persona que los representa, presidente o rey, sea capaz y honrado. Los Jefes de Estado, como cualquier ciudadano, cometen errores y tienen vicios. En la prevención de estos problemas es hacia donde se deben encaminar debates y esfuerzos legislativos para regular con detalle sus competencias y juzgar sus actos. Las inmunidades y aforamientos deben ser mínimas.

Como español apoyo la Constitución. Soy constitucionalista por lo que soy monárquico. Si hubiese nacido en Portugal o Francia también sería constitucionalista, por lo que sería republicano. También pienso que las constituciones son mejorables, pueden y deben adaptarse a las necesidades que tenga la sociedad en su devenir, pero siempre cumpliendo las condiciones y mayorías dictadas en ellas para su reforma. Pacíficamente, con respeto a las reglas y convivencia nos podemos aproximar a cualquier planteamiento, por utópico e inalcanzable que sea.

Como iberista defiendo que Portugal y España tengan un “noviazgo”, durante el tiempo necesario para conocerse y proyectar un futuro común, pensando en una “unión matrimonial” a medio plazo, en la que la fecha, el tipo y el régimen lo decidirán la mayoría de los portugueses y españoles.

Monarquía o República, no. Monarquías y Repúblicas democráticas, sí.

 

Luis Javier Calvo Calvo

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