Antes que Cortés y Pizarro

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Hace aproximadamente un siglo que arraigó la expresión “tierra de conquistadores” para referirse a Extremadura. Eran los tiempos en los que el nacionalismo español estaba herido en su orgullo tras perder los últimos restos del imperio y en los que se erigían estatuas a los grandes nombres de la conquista americana, como la de Hernán Cortés en Medellín o la de Francisco Pizarro en Trujillo. La reivindicación no era nueva, pues desde el mismo siglo XVI los conquistadores, colonizadores y exploradores se habían convertido -junto con la notoriedad del monasterio y virgen de Guadalupe y el pasado romano de Mérida- en motivo de jactancia por parte de eruditos locales y regionales, así como de viajeros, hasta eclipsar cualquier otra característica propia o aportación hispánica de la tierra extremeña.

No se olvide que Extremadura también aportó y exportó juristas y cronistas como Galíndez de Carvajal, Zapata o Cieza de León, humanistas como el Brocense, Arias Montano o Pedro de Valencia, pintores como Zurbarán, arquitectos como Francisco Becerra, dramaturgos como Torres Naharro, Micael de Carvajal o Luis de Miranda, encomenderas como María Escobar, educadoras como Inés Muñoz, ajedrecistas como López de Segura, etc, etc, etc. Cortés y Pizarro, como Valdivia y como Suárez, como Balboa y como Orellana, como Soto y como Alvarado, como tantos otros extremeños que alcanzaron la gloria -su gloria- en América, son hijos de un contexto propicio que supieron aprovechar, cuya pieza clave inicial tal vez fuera el broceño que gobernó La Española nada más comenzar el siglo XVI, Nicolás de Ovando.

Tampoco fueron los primeros militares extremeños que destacaron en su tiempo. Hay nombres como Diego García de Paredes, o “el Sansón Extremeño”, que trascendió a la literatura por sus gestas en Italia, y otros como Luis de Chaves o Beatriz Pacheco, sin quienes no puede comprenderse el inicio del reinado que cambió el devenir ibérico, el de los Reyes Católicos. Casualidad o no, Cortés vino a nacer en la villa condal que defendió férreamente Beatriz Pacheco en pro de la Beltraneja y de Alfonso de Portugal: Medellín. Pizarro, sus hermanos, Orellana, Escobar, Muñoz y muchísimos indianos más, así como el Sansón, nacieron en la ciudad que, dividida entre isabelinos y beltranejos, consiguió doblegar Luis de Chaves en favor de los Católicos: Trujillo. Como se deduce, ambas plazas disponían de un considerable estamento noble, bien arraigado en el territorio y con propiedades adehesadas que repercutían numerosas rentas gracias a los pastos destinados a los rebaños merinos cuya lana era preciadísima en los mercados europeos. Por cierto, tanto Trujillo como Medellín, se encuentran muy cercanas al lugar santo de Guadalupe cuya devoción internacionalizaron los extremeños. Se comprende mejor así la mentalidad nobiliaria, militar y religiosa de Cortés y de Pizarro.

Pero antes, mucho antes de Cortés y de Pizarro, los topónimos metellinense y trujillano ya eran resonantes en el solar ibérico. Quinto Cecilio Metello (re)fundó Medellín sobre un núcleo prerromano anterior -acaso Conisturgis– que a su vez hundía su raíz en época tartésica, tal y como revelaron las excavaciones de una riquísima necrópolis y como evidencian los cercanos complejos edilicios de Cancho Roano (Zalamea de la Serena), La Mata (Campanario) o el Turuñuelo (Guareña). No obstante, el estatus de colonia del que gozó Metellinum refleja su relevancia estratégica, controlando el paso del Guadiana, antes, durante y después de los romanos. Su extraordinario teatro romano remarca aquella importancia. Los bereberes de la tribu Hawwara señorearían Madalin en la etapa emiral y del periodo califal posterior aún quedan restos en el castillo, destacando un precioso aljibe. Ya en su etapa cristiana, se constituiría el condado de Medellín y los Portocarrero-Pacheco nos legarían el grueso del castillo actual. Hernán Cortés no nació en un lugar cualquiera.

Del Turgalium romano y prerromano apenas conocemos nada, aunque en sus proximidades hay muestras suficientes de poblamiento pre y protohistórico. Imprescindible en este punto es la visita al castro ¿vetón? de Villasviejas del Tamuja, en la cercana Botija, con recinto amurallado bien reconocido, excavadas edificaciones rectangulares y algunos ejemplos de verracos. Tal vez se llamó Tamusia como revela la numismática encontrada. Lo que sabemos para Trujillo es que quedó en el importantísimo eje viario que comunicaba Mérida con Toledo, con lo que ello supondría en tiempos visigodos. Pruebas de la cristianización de la comarca existen en las Sierras de Santa Cruz y de Montánchez, con la basílica de Santa Lucía del Trampal como paradigma de arquitectura paleocristiana -visigoda o mozárabe- del suroeste peninsular. Por Turyilo arraigaron los bereberes Nafza y el califa Abd al-Rahman III la erigió como sede de gobernadores durante el califato. De aquel tiempo andalusí es la alcazaba y su propagandística puerta con arco de herradura, gran parte del cinturón amurallado, dos aljibes y probablemente la alberca. Los cronistas árabes siempre aluden a Trujillo como medina. Fue muy codiciada por los cristianos, que la obtuvieron primeramente entre 1165 y 1195 y definitivamente en enero de 1233. A partir de ahí, un patrimonio eclesiástico, nobiliario y renacentista sin igual. Su Plaza Mayor es puro deleite. Francisco Pizarro tampoco nació en un lugar cualquiera.

Cortés y Pizarro presiden hoy en sendas estatuas las plazas de sus respectivos lugares de natura, el primero pisando la cabeza de un indígena, el segundo imperioso y a caballo. Decía el antropólogo tornavaqueño Tomás Calvo que habría que bajar a los conquistadores del caballo, eliminar su altivez y colocarlos en pie de igualdad junto a sus mujeres -o amantes- amerindias y a sus hijos mestizos, ya que es esta última circunstancia la que debe prevalecer en nuestros tiempos. No caigamos, en modo alguno, en trivializaciones históricas. No podemos mirar con ojos del siglo XXI, lo que aconteció en el XVI. Trujillo y Medellín -Extremadura entera- representan precisamente mestizaje, no solo por la trascendencia de sus nombres y de sus hijos en América, sino porque aglutinan en poco espacio toda la cultura histórica de la península Ibérica: una necrópolis tartésica, un castro prerromano, un teatro romano, una basílica paleocristiana y un castillo andalusí. Definitivamente, estamos ante dos de las comarcas patrimonialmente más ricas de Iberia, y todo custodiado por el triángulo Patrimonio de la Humanidad que conforman Guadalupe, Cáceres y Mérida. Reivindiquemos la mezcolanza ibérica.

Juan Rebollo Bote

LusitaniaeGuías-Historiadores

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