Diversidad ibérica

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La diversidad de un país es un patrimonio y una ventaja. Hablamos de diversidad en sentido amplio: de paisajes, climas, costumbres, tradiciones, lenguas y rasgos culturales. España tiene esa variedad, significativa y hermosa. Portugal tiene una variedad proporcional al tamaño del país, también importante y llena de encanto.

Las ventajas de la diversidad permiten, por ejemplo, tener una producción agrícola, ganadera y pesquera, con productos de todo tipo, desde cultivos semitropicales a una producción cárnica típicamente norteña.

En el plano político-cultural, la variedad dota a los países de mayores posibilidades para enfrentar desafíos y avatares históricos. Los cinco Estados peninsulares del siglo XIV: Portugal, Castilla, Aragón, Granada y Navarra representan una experiencia histórica repleta de sabiduría.

Como en todo, hay un límite a partir del cual la diversidad puede no ser ventajosa. Ocurriría si esa diversidad fuese tan profunda que dificultara la cooperación, sería el caso de tener lenguas alejadas, o principios éticos contradictorios, hablaríamos entonces de marcadas diferencias. No es el caso de la península ibérica, donde secularmente ha existido comunicación, intercambio y mestizaje entre sus partes. Lo que observamos en la Península es una natural e histórica singularidad, siendo las luchas de poder las que han alimentado y alimentan “diferencias artificiales”.

Tomemos la cuestión de las lenguas. Tenemos en Iberia una interesante variedad lingüística, pero la comprensión entre las lenguas es casi completa (salvo la excepción del euskera). Tenemos, además, dos lenguas universales. Por tanto, las lenguas en Iberia son un patrimonio de enorme valor, cultural y también económico. Sin embargo, donde objetivamente solo hay ventajas, nos encontramos con enfrentamientos y disputas. Es un fenómeno recurrente en Europa, el de utilizar las lenguas para generar división y conflicto aun donde las lenguas son muy parecidas. Así aconteció con la división de Yugoslavia, que provocó que lo que antes era el idioma serbocroata pasase a ser dos lenguas: el serbio y el croata, con la necesidad de ser traducidas, en todo tipo de actividades.

Si tomamos la cuestión de la organización política, vemos en España, que se fundamenta precisamente en las dos almas del ser peninsular: la unidad y la diversidad. Para encajar la diversidad en la organización del Estado se estableció la figura de las Comunidades Autónomas. De todos es sabido los enormes problemas que genera la estructura estatal de España. Es un conflicto artificial, inducido desde los poderes; una espiral de intereses que manipula la idea de diversidad hasta hacerla disfuncional y perniciosa. Nuestra historia ha estado marcada por esos conflictos. Es nuestra asignatura pendiente. Si logramos armonía territorial, alcanzaremos los objetivos más ambiciosos.

Es quizá la misión y el reto político más significativo de Iberia: lograr la unidad de acción y de propósitos.

La presencia de dos Estados es una cicatriz en el mapa de la península, que se va difuminando, desde una cooperación poderosa, que la Unión Europea hace posible. Efectivamente, la UE ha conseguido que entre los Estados peninsulares se vaya cosiendo la frontera, de manera que podemos decir que la relación, entre España y Portugal, es la mejor desde la división firmada en el Tratado de Lisboa de 1668. Paradójicamente, en el interior de España, las tensiones con el Gobierno de Cataluña pasan por uno de sus peores momentos históricos. Desde hace una década, una parte de Cataluña derrocha su energía y talento en un estéril enfrentamiento con el Gobierno central, en pro de una nueva división de la Península.

Continuamos pues en la secular pelea por el entendimiento de las partes del todo peninsular.

Sin embargo, quienes tenemos, en el ADN, el deseo de una Iberia, coordinada, unida y diversa, tenemos motivos para la esperanza. Porque, si miramos a nuestro pasado, y nos ponemos en 1976, vemos que entonces España no tenía mecanismos para canalizar y aprovechar la diversidad, y que entre España y Portugal existía una enorme distancia en casi todos los ámbitos. Hoy en día el desarrollo de las Comunidades Autónomas ha explotado el potencial de la diversidad española, y como ya sabemos, entre España y Portugal, la distancia se ha cortado vertiginosamente. Los problemas en Cataluña, vistos con perspectiva, son importantes, pero no impiden una valoración global positiva del avance del iberismo.

 

Pablo Castro Abad

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