Insularidades atlánticas de Iberia

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Mirando los mapas de Europa Regina que se prodigaron desde mitad del siglo XVI en los cuales se representaba al continente europeo como una soberana en posición invertida cuya cabeza era la península ibérica, uno puede imaginar, a fuer de fantasioso, que de ese cráneo coronado podían surgir una estela cósmica, como el cielo astronómico y astrológico de la biblioteca de la universidad de Salamanca, constituido por una miríada de pequeños planetas. En él estaría el jardín de las Hespérides, lugar de la inmortalidad, concebido como una estela de pequeñas islas perdidas en la inmensidad del océano Atlántico. Pablo González de Velasco, coordinador de esta plataforma, me sugiere el concepto de Macaronesia, que correspondería geográficamente con las islas afortunadas de la Antigüedad, compuesta por Azores, Madeira, Canarias, Salvajes y Cabo Verde. Se ha fantaseado, y no poco con la Atlántida, y sus restos, desde Platón, quien según Vidal-Naquet, sería el verdadero creador de la ciencia-ficción, pues su ensoñado continente no podemos ni podremos adjudicarlo nunca a espacio concreto alguno. Sea como fuere el reguero de islas entre la plataforma africana y la atlántica tiene personalidad propia en derredor de su ambigua deriva.

El caso es que este conjunto insular, desde las Azores a Cabo Verde, está marcado por la atlanticidad, y no tanto por la africanidad, desde que perdió sus poblaciones autóctonas, y se convirtió en parte del proyecto europeo al servir de apoyo a la colonización americana o al tráfico de esclavos.

No obstante, desde África no dejaron de mirar con apetito a todos estos archipiélagos, a veces invocando la berberidad de sus primitivos habitantes. Véase, por ejemplo, la cuestión guanche y el guanchismo canario como su expresión más acabada. Recuerdo los mítines a fines de los 70 desde la radio de Argelia del independentista canario Cubillo, balaceado extrañamente en plena transición democrática. En realidad, más allá del folclore político de Cubillo, la desaparecida Organización para la Unidad Africana estuvo apunto de declarar a Canarias territorio descolonizable, en paralelo a las soflamas de Cubillo, lo que exigió una movilización intensa de la diplomacia española para evitar el dislate.

Su condición de territorios estratégicos es de las pocas cosas claras. A la vista de Gran Canaria, un buen amigo africanista y canario, Víctor Morales Lezcano, me habló del peligro que corrió el archipiélago durante la segunda guerra mundial, cuando el secular competidor de España -como ahora que vuelve a demostrar con su apoyo sin titubeos a la satrapía alauita-, Estados Unidos, planificó una base militar, como plataforma contra Alemania. Amén de las planificadas ocupaciones americana de finales del siglo XIX y británica de la citada guerra.

Materia de geopolítica, como ahora se esgrime, al igual que las Azores y Madeira. Empero, yo me interrogo por temas más “antropológicos”. Como hizo el antropólogo Fernando Estévez, que fuera director del museo de etnografía de la Laguna. Estévez, amigo, que amaba profundamente a su tierra, quien no ponía un punto de humor crítico al guanchismo, sin por ello ser en un españolista de rompe y rasga. Al contrario del antropólogo norteamericano David M. Hart, discípulo de los raciólogos Carleton Coon y de Earnest Hooton, que buscaban el estabón perdido de la raza de los atlantes en Canarias y el Rif. Hart nos dio una charla en una ocasión, invitado por mí mismo, en la que se pronunció sin ambages. Emocionado por los datos prehistóricos y protohistóricos se inclinaba por un guanchismo imaginario, que venía en auxilio de su manifiesto berberismo. Le manifesté mi profundo desacuerdo, pues la intersección entre antropología física y etnología siempre conduce a resultados raciológicos más que discutibles. Por lo demás, a pesar de esta disensión siempre fuimos buenos amigos.

Me parece relevante, que uno de los mayores antropólogos de todos los tiempos, el polaco Bronislaw Malinowski, como consecuencia de haber frecuentado en su infancia y juventud Tenerife se retirase allá a escribir su famoso libro Los argonautas del Pacífico occidental, en el que expuso en 1922 el sistema social y cultura de otro archipiélago, las islas Trobriand, en las antípodas del planeta, en Papúa Nueva Guinea. Lo hizo a los pies del Teide en la simpática localidad de Icod de los Vinos. La insularidad significaba mucho para él, probablemente porque en las islas observamos con mayor nitidez conceptos operativos como el de “utopía”, que Tomás Moro, dejó sentenciado en célebre libro. “Conociendo a ciudad de Utopía se conocen toda, tan semejantes son unas a otras”, escribió Moro, prefigurando la pesadilla de lo único.

Pero, la realidad no es lo de único. Paseando por Funchal, en Madeira, obtengo la impresión, como en la Gomera canaria, de estar ante una cultura mudéjar, y por ende plural, en un medio volcánico. Flores irreales, a veces más fantásticas que las de América, brotan entre fosilizaciones que dejaron boquiabierto al naturalista Humboldt, en su visita a las Canarias. Quizás por esa flora y geología el papa del surrealismo André Bretón, subiendo al Teide, de la mano, del canario Oscar Domínguez, bautizo en 1935 a Tenerife como “isla surrealista”.

Europa, Portugal y España a la cabeza, han puesto demasiado de sí mismas en “Macaronesia”, como para que ahora se dude de su atlantismo, que podríamos catalogar de iberista. Sería más lógico que para organizar su singularidad e independencia se asociaran los dos países peninsulares, solicitando la entrada en la Unidad Africana, como parte histórica y actualmente interesada en la africanidad, que es un mundo propio. No por azar África empezaba en los Pirineos, como decían los antiguos. Y de allí nuestro aliento llegaba hasta la desértica isla canaria de Lobos, a la que mi amigo de juventud, el escritor insularizado José Vicente Pascual, ha consagrado un singular libro, en el que sobrevuela lo real maravilloso. Finis terrae, entonces como ahora, a pesar de la globalización empequeñecedora, que Iberia legítimamente ha de atraer y defender antes de que sea tarde.

 

José Antonio González Alcantud

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