03/04/2025

Por una alianza estratégica de la Unión Europea con China

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El proyecto europeo, construido sobre los valores de civilización y progreso que comparten socialdemócratas, democristianos, liberales y ecologistas, representa todo aquello que detesta el nuevo presidente electo de los Estados Unidos, Donald Trump: Estado del bienestar (educación, sanidad y pensiones públicas), apertura económica a los países en vías de desarrollo, derechos laborales, acogida e integración de la inmigración para mantener la pirámide demográfica, condena de las agresiones militares de Rusia y de Israel, adscripción incondicional a los acuerdos de las Naciones Unidas (Agenda 2030), derecho de las mujeres al aborto, respeto al medio ambiente, fomento de las energías renovables, lucha contra el cambio climático, etc.

Por estas y otras muchas razones, el choque cultural, político y económico entre la Casa Blanca y Bruselas parece inevitable, una vez Donald Trump tome posesión del cargo, el 20 de enero del año próximo. Podemos decir que es el “hijo que mata el padre”. Los Estados Unidos fueron fundados y conquistados, a partir del siglo XVI, por emigrantes europeos. Su independencia se fundamenta en los ideales masónicos que inspiraron la Revolución Francesa (libertad, igualdad y fraternidad) y su decisiva participación en la I y la II Guerra Mundial obedece a la complicidad y a la solidaridad de fondo que siempre ha existido entre las democracias norteamericana y europeas en base a unos ideales compartidos.

Pero, con el retorno de Donald Trump a la Casa Blanca, parece evidente que estos puentes se han deteriorado y se pueden romper. Con el agravante que las posiciones ultraliberales, ultranacionalistas y aislacionistas del nuevo presidente de los Estados Unidos cuentan con la adhesión de algunos “topos” en la Unión Europea (UE). Algunos han llegado al gobierno, como Viktor Orbán y Giorgia Meloni; una larga lista de dirigentes populistas y de extrema-derecha que proliferan en el Viejo Continente (Santiago Abascal, Geert Wilders, Herbert Kickl, Sílvia Orriols…) acarician la pretensión de hacerlo, contando con el apoyo y la protección de Donald Trump.

Del mismo modo que, en esta hora incierta, hay que reivindicar y defender los principios -plenamente vigentes- de los “padres” de la Constitución norteamericana, hay que hacer lo mismo con los postulados fundacionales de la Unión Europea, gravemente amenazados por la oleada de extrema-derecha que nos llega del otro lado del Atlántico y que está haciendo hueco aquí, con la ayuda capital de la manipulación infecta que circula por las redes sociales. En cada pueblo, en cada barrio, en cada ciudad, en cada región y en cada país hay que combatir a quienes quieren destruir el viejo/bello sueño de la unidad europea y la fraternidad universal.

La tarea de reconstruir e impulsar el proyecto europeo, para que pueda devenir, algún día, los Estados Unidos de Europa, capital Bruselas, se presenta, en la actual coyuntura mundial y local, tremendamente complicada. El Brexit y la precariedad de los mandatarios de los dos países más importantes y columna vertebral de la UE (Emmanuel Macron y Olaf Scholz) han dejado muy tocada la arquitectura comunitaria. Además, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, no tiene el carisma ni la potencia para pilotar una nave que parece que va a la deriva.

Hay una evidencia: los Estados Unidos y Rusia están interesados objetivamente en el debilitamiento de la UE para intentar provocar su implosión, quedarse con los despojos e imponernos sus intereses geopolíticos y económicos. El objetivo es también la depreciación de la divisa del euro, que usamos 20 de los 27 países comunitarios, para que deje de hacer la competencia y de ser la alternativa al dólar.

¿Qué será de los 450 millones de habitantes que vivimos en el territorio de la UE? Donald Trump parece dispuesto a desmantelar la Alianza Atlántica o, en todo caso, a pasarnos una enorme e inasumible factura para continuar perteneciendo a la OTAN y darnos protección. Las diferencias culturales y lingüísticas entre los 27 estados miembros dificultan la compactación del proyecto europeo y el sentimiento de pertenencia e identificación con la bandera azul con estrelles amarillas.

Ante dos potencias hostiles y agresivas con la UE -y, por lo tanto, con las instituciones que nos representan y que nos permiten funcionar- los europeos nos tenemos que defender y, en consecuencia, redefinir nuestro lugar en el mundo. Si Donald Trump y Vladímir Putin se ponen de acuerdo para convertirnos en el objeto de sus ambiciones expansionistas, destrozarnos y conquistarnos, hay que buscar un nuevo aliado para sobrevivir a este embate, y éste no puede ser otro que China.

La política exterior china está basada en el entendimiento, la cooperación y el beneficio mutuo. Su manera de relacionarse con los otros países es siempre pacífica y, en ningún momento, usa la amenaza de su enorme potencia militar y atómica. Con el liderazgo del presidente Xi Jinping, China es una gran defensora de las Naciones Unidas y la paz y la distensión son el eje de su estrategia diplomática.

Un entendimiento inteligente entre la UE y China tendría la virtud de crear una esperanzadora alternativa mundial que lleve a la humanidad por caminos de armonía y progreso. La mayoría de países africanos, latinoamericanos y musulmanes -indignados por la directa implicación de los Estados Unidos en el cruel sufrimiento y exterminio del pueblo palestino por parte de Israel- entrarían en esta alianza sino-europea.

Donald Trump ya ha anunciado que instaurará un brutal régimen proteccionista en los Estados Unidos y que coserá con durísimos aranceles las importaciones. Por el contrario, China promueve y practica una sincera apertura comercial para facilitar al máximo los intercambios entre países, con especial atención a los más desfavorecidos.

China y el Viejo Continente son dos culturas milenarias, con una historia llena de tormentos y mucha sabiduría acumulada a lo largo de los siglos. Hoy, sus modelos sociales -que no políticos- son muy parecidos y tienen por objetivo común el mantenimiento y mejora del Estado del bienestar, a través del esfuerzo del trabajo y velando por los sectores más desvalidos (niños, personas discapacitadas y gente mayor).

Nada que ver con la mentalidad rapaz y violenta que caracteriza a los Estados Unidos y que ahora encarna un empresario sin escrúpulos como Donald Trump. Por eso, China y la UE están obligados a entenderse y a profundizar sus relaciones para, en esta época de tinieblas, encender una luz de esperanza a la humanidad.

(Por eso, desde hace unas semanas, EL TRIANGLE es el único medio de comunicación de Europa que publica ampliamente noticias de China, gracias al acuerdo de colaboración que hemos firmado con la agencia Xinhua).

Jaume Reixach