Retorno a Silves con al-Mutamid

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Me llamó la atención, en conversación con el desaparecido Miguel José Hagerty, traductor de la poesía de Muhammad al-Mutamid (Beja,1040–Agmat,1095), el último rey abbadí de Sevilla, que aquel refinado arabista afirmase que el emir sevillano era el mejor de los poetas, pero igualmente un ser “malo”. Hagerty, hombre de muchos mundos, al que cuando se le preguntaba por su origen contestaba con un qué más da, reclamándose con un genérico “de aquí”, admiraba a al-Mutamid, pero a distancia. No me aclaró el porqué de su afirmación, pero intuyo el origen de fundada opinión. Al-Mutamid había tenido que navegar en muchas aguas turbulentas para salir indemne, de ahí que estuviese abocado al desengaño y a la doblez.

Otra persona que dedicó su tiempo a traducirlo fue la profesora María Jesús Rubiera. Supongo que lo haría con la aprensión propia de ser ella misma muy antifundamentalista, y sobre todo anti-wahabí –la secta actual de los saudíes–, como pude comprobar en cierta ocasión personalmente, y querer valorar el vino alegre del poeta rey frente al rigor religioso de los almorávides.

Al Mutamid, según puso de manifiesto otra estudiosa, Amelina Ramón, al estudiar la enemistad que unía su destino al del rey taifa de Almería, también poeta, ibn Sumadih, hombre de gran nobleza, tenía muchos adarves y laberintos en su alma. Con el rey almeriense se retaba, por cuestiones de las profundidades del corazón y de la amistad. Tengamos presente que la amistad, aún más que el amor, es uno de los motivos de más litigios del mundo. Escribe al-Mutamid, pensando justo en la amistad traicionada:

A ti que me combates calumniándome:

no me condenes así porque te arrepentirás.

A la gente agradable pero traidora le advierto:

¡cuidado, el veneno se oculta bajo la suave piel del arqam!

 

Al-Mutamid fue, y es, por lo tanto, personaje controvertido por mundano, pero muy estimado por su heterodoxia místico-poética, reflejo de lo andaluz.

Tras una reciente visita a Silves, y a su castillo, en pleno Algarve, donde se desarrollaron varios episodios de la vida de al-Mutamid, entre otros la educación poética por parte de ibn Ammar, me ha dado por reflexionar sobre la actualidad de al-Mutamid y lo que representa su época. Según relató el arabista R. Dozy de manera muy novelesca, ibn Ammar era de procedencia muy humilde, y fue aceptado por al-Mutamid en el círculo de su mayor intimidad, una vez que su padre lo envió como gobernador a Silves. Hasta tal punto que cuenta que el futuro rey lo invitaba a su cama. En aquellas espectaculares cortes de los taifas, donde la poesía, como en el caso de al-Mutamid, era el centro de la vida cortesana triunfaban los maylis, o tertulias poéticas, generalmente nocturnas, donde se prodigaban los recitativos y experiencias poéticas y mundanas. Una mística epicúrea, de la carnalidad y el vino. Silves, su nombre, su vista, de esta manera nos inspira mucho, como una fórmula actual, fundamentada en el pasado, de estar en el mundo. De ser felices, con nuestros pequeños jardines, de naranjos –muy abundantes en la zona–, vinos deliciosos, y bienestar humano.

Ibn Ammar huyó de la compañía de al-Mutamid tras una noche compartiendo lecho en el castillo de Silves presa de grandes pesadillas que auguraban un futuro de amarguras y traiciones. Cuando accedió al trono el amado príncipe, y hubo contraído matrimonio con la caprichosa Rumaykiya, de origen esclavo, que lo había seducido por sus versos repentizados, oídos por azar, este tuvo que repartir sus querencias entre su mujer e ibn Ammar. Siendo su “vino triste”, según R.Dozy, Ammar, desconfiaba de las bondades del rey, a pesar de ser su protegido, precisamente por ese rencor que no puede arrojar fuera de sí alguien que haya nacido en medio pobre. Adquirí un libro de poemas del protegido Ammar en el castillo de Silves, publicado en árabe y portugués. En sus poemas se le ve abocado a la desgracia, por haber conspirado al final en contra de rey sevillano. Siente saudade Ammar en su destierro zaragozano tanto de Silves como de Sevilla, y de los buenos días pasados en ambas ciudades:

     “Como falar de ti, Silves,

sem uma lágrima me caia

como do enamorado enternecido,

ou de ti, Sevilha,

sem um suspiro de ansiedade?”

 

El Silves actual ha hecho suya la imagen de al-Mutamid, y por sus calles puede observarse la admiración que se le profesa. El fin declarado es atraer algo del turismo de masas de las cercanas playas del Algarve. Las construcciones neoislámicas, hechas en madera, suplen la ausencia de las antiguas construcciones moras. Empero, su castillo se erige majestuoso sobre la población, visto desde la colina de los mouros. Aunque haya tenido numerosas restauraciones, ya que fue destruido en buena parte por el terremoto de 1755, nos seduce su vista. Pero, por las calles de Silves no se tropieza uno con demasiados migrantes marroquíes, con lo cual cabe suponer que la idea que sus ciudadanos y autoridades poseen de aquellos reinos de poetas muslimes responde casi exclusivamente a la erudición histórica, y no al roce cotidiano. Para reforzar es visión historicista existe allá un centro de estudios árabo-lusos que permite hacer ediciones y encuentros, como la citada edición de los poemas de ibn Ammar.

Cerca de Silves está la costera Portimão, desde cuyo puerto el régimen alauita marroquí actual, en plena tensión con España, pretendió montar, y así lo anunció a diestro y siniestro, un operativo “paso del estrecho” sin negociar con España, tras los sucesos ignominiosos de Ceuta. Agraciadamente, Portugal, al no haber motivo para las disensiones, siguiendo los pasos de los intereses ibéricos, no accedió, y dio largas al asunto, hasta hacerlo desaparecer entre las brumas de la diplomacia.

Cabe recordar que la disensión entre estos reyes poetas de grandes dotes intelectuales facilitó la llegada de la intolerancia almorávide a la península. Así, gracias a las fracturas peninsulares, al-Mutamid, despuesto, acabó exiliado en Agmat, en el Atlas marroquí, donde asimismo terminó sus días de transterrado el coetáneo rey bereber granadino Ibn Abdallah, que nos dejó unas interesantísimas memorias sobre ese mundo de tribalidades y desconfianzas del siglo XI. Todos los brillantes reyes de taifas fueron aplastados por el poderío almorávide del emir Yusúf ibn Tasufín, más dado a los rigorismos de la religión que a la poesía y al vino, el cual sometería la península a los dictados del Magreb, acabando con la brillantez de los taifas.

Vuelvo a insistir en el asunto: el modelo de al-Ándalus es válido para ser reflexionado en el contexto europeo, a condición de que el asunto deje de ser una deuda de los ibéricos hacia el Magreb. Al-Ándalus fue posible por ser una frontera cultural muy particular y excepcional entre Oriente y Occidente, con sus singulares modos de vida, facilitados por los suaves modos peninsulares. El islam del desierto, fanático e iconoclasta, le era ajeno, a un al-Ándalus, en el que la lengua franca era la poesía dialogada.

Cuando España y Portugal, a través de su Sur respectivo, el Algarve y Andalucía, miran hacia el mundo musulmán como un mundo de grandeza cultural que exhiben con orgullo, deberán hacerlo siempre, como quería Américo Castro, en clave peninsular, pues fue en al-Ándalus donde se dio la experiencia singular de al-Ándalus, y este estaba radicado, no por azar, en este lado de la Europa sur.

 

José Antonio González Alcantud

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