Soy rayano, español y portugués

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Soy rayano, ni español, ni portugués. Es la expresión con la que José Miguel Vicente quiso expresar su sentimiento de pertenencia a la singular realidad de las comarcas que se sitúan alrededor de la frontera entre los países de la península ibérica. José Miguel es teniente alcalde de Espeja, una pequeña localidad de la comarca de Ciudad Rodrigo en Salamanca, que es limítrofe con el Concelho portugués de Almeida.

En la zona el espíritu rayano impregna el ambiente; abundan los matrimonios mixtos, muchos de los cuales se conocieron en las discotecas de las últimas décadas del pasado siglo XX. Discotecas que hoy el despoblamiento ha cerrado, dejando edificios parados en el tiempo, con un atrayente aspecto fantasmal. Por estos lares los límites geográficos entre España y Portugal se difuminan en bosques de encinas, como el de la Reserva Biológica de Campanarios de Azaba, o en simples senderos de arena en un llano despejado, que nadie, sin información previa, podría concebir que pretenden dividir desde hace 800 años, a dos naciones diferentes.

En el encuentro transfronterizo de Espeja, organizado por el Foro Cívico Ibérico y el Frente Cívico de Vilar Formoso-Fuentes de Oñoro, el día 16 de octubre, muchos rayanos de los 1.200 km que tiene la frontera reivindicaron mejoras en educación, sanidad e infraestructuras. Reivindicaciones para frenar el tremendo despoblamiento que, por ejemplo, en Espeja ha hecho pasar la población de 1.200 personas en 1950, a 250 en 2020. El salón de actos de Espeja se llenó de un sentimiento reivindicativo, y de una fraternidad ancestral que hunde sus raíces en el pasado macizo de la historia. Desde la fuerza del sentimiento se realizó un acto muy racional, donde se hicieron sensatas propuestas, bien argumentadas, propuestas concretas como procurar la utilización conjunta de las ambulancias o de las escuelas de la zona. Propuestas en materia de conexiones ferroviarias para “coser” la frontera y la propuesta de catalogar la Franja céltica entre Orense y Badajoz, dentro de los criterios de despoblamiento de la Unión Europea que otorgan incentivos presupuestarios y fiscales. También, perfectamente documentado, se pusieron de manifiesto los compromisos incumplidos por parte de los Gobiernos, que realizan planes que no llegan a verse hechos realidad. El encuentro dejo el eco en las paredes del auditorio, un eco que se extendió por medios de comunicación locales y llegó hasta la Radio Televisión Portuguesa. Un eco que llevaremos a la Cumbre de los Gobiernos de Trujillo el próximo 28 de octubre.

La utopía de la Unión Ibérica tuvo un momento emocionante cuando Helena Alves, presidenta del Colegio de Inmunoterapia de la asociación médica portuguesa, expresó: “es una pena que España y Portugal no estén unidos”, algo “que ya decía su padre” (y que con idénticas palabras ha manifestado en alguna ocasión el escritor Lobo Antunes). Helena recordó que la división entre Portugal y el Reino de León surgió de una guerra fratricida entre un hijo y su madre, mostrando la tristeza porque las guerras de poder entre familiares deviniesen en una frontera marcadamente artificial entre poblaciones hermanas. Las palabras de la doctora me alertaron sobre esas saudades, por ser separados del tronco ibérico, que muchos portugueses tienen. Algo que ha expresado la gran literata Natália Correia y un tal Fernando Pessoa, hablando de la separación de Portugal de “nuestro todo Civilizatorio”.  José Saramago tuvo la lucidez de expresar ese mismo sentimiento desde la perspectiva española, definiéndolo como el “síndrome del brazo apuntado”, y ciertamente algo así sentimos algunos españoles, porque en nuestro día a día falte Portugal. Su cultura, su lengua, su manera de ser, nos completan y la echamos de menos como a un brazo perdido.

Una pena, para todos, por la separación entre hermanos y por la pérdida de oportunidades para el desarrollo conjunto de nuestros países. Una pena que es un desgarro en la Raya. Un muro fronterizo dividió a los pueblos, aunque, a cambio generó una realidad maravillosa, promiscua: “la identidad rayana”. Esa singular identidad, el sábado 16 de octubre de 2021, en un humilde acto de la sociedad civil, en el pequeño pueblo de Espeja, se manifestó con efusividad. Las penas no tienen que ser para siempre.

 

Pablo Castro Abad

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