Un antropólogo en la Revolución del 74. Conversación con Roland Baumann

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Roland Baumann, antropólogo belga, de orígenes judeo-polacos, es un buen amigo, con el cual compartí diferentes tiempos y experiencias. La primera cuando allá por los años noventa se presentó en mi despacho y me contó que estaba haciendo trabajo de campo en Válor, un pequeño pueblo de las Alpujarras granadinas, sobre sus fiestas de moros y cristianos. El trabajo estaba destinado a una tesis doctoral que iba a sostener en la Universidad de Tulane en Nueva Orleans. Luego, muchos años después, como un Guadiana que vuelve a alumbrar, tuvimos otra estrecha relación con motivo de los proyectos que yo dirigía sobre la contracultura europea.

Cuando realicé una visita de trabajo a la sede de Bruselas del Parlamento europeo en esa época, resistiéndome a las invitaciones que me hacían diferentes sujetos del lobby marroquí, me fui a tomar cervezas con mi amigo Roland, entonces profesor en la Universidad Libre de Bruselas. Decisión acertada, habida cuenta que, a él, a pesar de ir acreditado como periodista de medios hebreos, no lo dejaron entrar en aquella tumultuosa reunión sobre la rebelión en curso en el Rif. Ahora compruebo que pasa mucho tiempo en Portugal, país cuya revolución del 74 ya me había contado lo atraía por vínculos familiares. Somos de la misma edad, por lo cual esta conversación, tiene un sentido generacional que anticipa nuevas y jugosas reflexiones en vísperas del cincuentenario de la Revolución de los Claveles.

 

GA.- Roland, ¿cómo fue tu descubrimiento vital de la revolución portuguesa? ¿Qué tiene que ver, si es que lo tiene, la experiencia colonial belga? Al fin y al cabo, Portugal y África es un hilo conductor que llega hasta el 1974.

R.B.- Mi tío estaba en la asistencia técnica belga en el Congo en la época del aplastamiento de la rebelión de los Simba y de las actividades del Che Guevara en el Congo. Recuerdo haber visto el noticiario sobre la rebelión de los mercenarios en 1967. Pero la opinión pública belga en general ya no se interesaba por el Congo en aquella época. El «sueño congoleño» que caracterizó a la sociedad belga después de 1945 había pasado a la historia. Me interesé brevemente por la guerra de liberación contra los portugueses en Angola después de leer a Basil Davidson [periodista y escritor especializado en África] en 1974. Antes de la revolución de abril no sabía casi nada de la dictadura portuguesa, salvo que para mi padre estaba totalmente descartado ir a pasar las vacaciones a ese país dictatorial, ni tampoco pasar las vacaciones en España… ¡así que nos fuimos a Italia, a Riccione! En los años 80 solía ir a bailar a los pocos clubes africanos de Bruselas. Un amigo con el que mantuve largas conversaciones sobre el Congo y su historia era el hijo del ministro Okito, asesinado con Patrice Lumumba en el 61, y durante mis estudios de antropología en Tulane había estudiado para un seminario la política agrícola belga de los años 50 y los «paysannats». …Trabajé en el museo de Tervuren en 1995-1997, dando visitas guiadas a las exposiciones temporales, sobre todo a la exposición «Tesoros ocultos», y recuerdo cómo me asombraba el desconocimiento de la inmensa mayoría de los visitantes (incluidos los «ancianos del Congo») sobre la antigua colonia. En realidad, sólo en los últimos años ha cambiado la tendencia y Leopoldo II se ha convertido en un soberano de triste memoria para el gran público belga […]

Estuve en Portugal con mis padres en septiembre-octubre de 1975. Mis padres querían ver la revolución, y para mi padre, antiguo oficial del ejército belga (por su participación en la resistencia), una institución conservadora dominada por un cuerpo de oficiales monárquicos, cuando no de extrema derecha, el «movimiento de los capitanes» era fascinante. Yo también tenía curiosidad por ver la revolución y recuerdo haber participado en dos o tres manifestaciones, en Lisboa, del FUR, luego de los anticomunistas del PS y del MRPP [Movimiento Reorganizativo del Partido del Proletariado, maoísta], también estuve en una manifestación nocturna de apoyo a los RALIS [regimiento de artillería ligera] frente a su cuartel cerca del aeropuerto. Estábamos en Portugal justo después del «verano caliente» de 1975, que la prensa internacional tendía a presentar como el comienzo de una guerra civil, mientras que los hoteles de Lisboa, desiertos de turistas, acogían a los retornados, sobre todo de Angola, donde la guerra civil ya había comenzado. También estaban en nuestro hotel de la Avenida da Liberdade. Fueron las últimas vacaciones que pasé con mis padres, por lo que recordar el Portugal de los años 74-75 es también rendir homenaje a mis padres. Después del 25 de noviembre de 1975, comprendí que no habría revolución y que era hora de volver al orden.

GA.- Y ahora, Roland, vuelves a Portugal, tras muchos años visitando en tus veranos Polonia. ¿Por qué?

RB.- No volví a Portugal hasta octubre de 2020. ¡Volver a ver la ciudad cuando todavía estaba desierta de turistas fue una experiencia maravillosa! Decidí volver y aprender portugués en lugar de castellano o inglés (en castellano, mis interlocutores me respondían a menudo en portugués, ¡para mí una experiencia lingüística interesante!) En 2021 estuve en Lisboa en mayo, en Oporto a finales de agosto y de nuevo en Lisboa en octubre y fue entonces cuando me interesé por las memorias judías, publicando algunos artículos. También seguí clases de portugués. Ya en octubre del 21 volvía con fuerza el turismo de masas en Lisboa, sobre todo en la zona de Cais do Sodré, que me había encantado un año antes y que, con la reapertura de los bares, ¡se estaba convirtiendo en un infierno para mí!

GA.- ¿Cuáles son tus planes en vísperas de este cincuentenario, del 2024, sobre el cual en España no se ha dicho absolutamente nada?

RB.- Mi investigación actual en Portugal se enmarca en el 50 aniversario de la revolución. También es una continuación de mi investigación sobre la contracultura belga publicada en Imago Crítica y presentada en la conferencia de Granada. Al principio pensé que me centraría en el «turismo revolucionario» de 1974-76, pero al final mi investigación trata sobre los exiliados políticos portugueses en Bélgica, la mayoría desertores o rebeldes, así como sobre la solidaridad belga con estos refugiados y con las luchas de liberación en las colonias portuguesas. Empecé esta investigación el pasado mes de marzo, cuando conocí a Helena Cabeçadas, que estudió antropología social en la Universidad Libre de Bruselas…. A través de ella, conocí a otros antiguos exiliados en Bruselas, que a menudo también habían pasado por la ULB… Hablar con ellos significaba ahondar en mi pasado: hablar de tal o cual profesor, de la ocupación de la ULB en 1968, de mayo del 68 en París, de Ámsterdam después de las provos, etc. Como yo, iban a menudo a la cinemateca donde descubrieron el arte del cine, frecuentaban las mismas librerías que yo, etc. Helena tiene una rica experiencia de la contracultura belga de la época y también de la difusión de la contracultura entre los exiliados portugueses en Bruselas… Al principio cercana al PCP, luego se acercó a los círculos anarquistas y a las ideas de los situacionistas… al igual que su marido, que también pasó por Bruselas en aquella época.

 

El lector puede calibrar la importancia para la construcción europea de estos movimientos de resistencia político-cultural, como la Revolución de los Claveles, que se opusieron al colonialismo residual, tanto belga como portugués. Tener presente que la contracultura europea forma parte de la misma idea de Europa es un hecho a tener presente en vísperas del cincuenta aniversario de la Revolución del 25 de abril de 1974, que levantó tantas esperanzas en los medios juveniles, que soñamos juntos con un mundo nuevo, desde luego nada parecido al actual.

De esta manera, yo mismo, soñaba adolescente, en lo que debía ser un país libre en el verano del 74, mientras me daba chapuzones en el río Águeda, a su paso por fortificada Ciudad Rodrigo, a pocos kilómetros de la frontera portuguesa. Por lo demás, la ciudad salmantina estaba llena de agentes de la policía política portuguesa huidos de su país a raíz de la revolución. Poco tiempo después pude sentir el mismo aroma cuando en plena y peligrosa Transición democrática española, en 1978, siendo soldado raso subí al cuarto de banderas de mi cuartel, en la división acorazada Brunete, y conocí a un capitán que insospechadamente estaba allí arrestado. Era uno de los “úmedos”, llamados así por formar parte de la Unión Militar Democrática, que quería emular a los capitanes de abril en Portugal, dando un golpe democrático en España. Sólo intercambié con el capitán Fortes unas palabras de presentación, puesto que él mismo me indicó que le estaba prohibido hablar con nadie, y yo mismo estaba bajo vigilancia. Pero, al comprobar que un militar joven y comprometido estaba allá recluido, me invadió la misma emoción que cuando tenía a Portugal tan cerca en los baños del río Águeda.

Se acerca el cincuentenario de la Revolución de los Claveles, y habrá que celebrarlo con bailes, fiesta y también reflexión, sirva esta entrevista de preámbulo.

 

José Antonio González Alcantud

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