Español Portugués, Portugal

Somos grandes, somos fuertes, somos ibéricos. La península  ha sobrevivido a casi todo, desde invasiones, a ataques de piratas y sobre todo ha logrado superar el ser un imperio, quizás uno de los más grandes que jamás cubrió la tierra, portugueses y españoles dominaron el mundo, pese a holandeses e ingleses que pagaban patentes de corso para que sus sicarios expoliasen los barcos que con tanto sacrificio surcaban el Atlántico. Ese inmenso océano que nos separa de nuestros hermanos iberoamericanos.

La estulticia y la avaricia que junto con los errores resultan inherentes a la condición humana. Uno de los más grandes, de los más sangrantes, por nuestra parte, fue sin duda la expulsión de los judíos ibéricos de nuestra tierra, de su tierra, porque suya era también. Pobladores durante cientos de generaciones en esta Iberia que hoy se ve azotada por tan ingrata situación.

América, no sólo la que se denomina ibérica sino la del Norte, la que ha olvidado sus orígenes, la que no puede remitirse más allá de unos pocos cientos de años sin que detrás se oculte el vacío.

Un vacío que no es tal sino que se encuentra poblado de dos lenguas ricas como son la española y la portuguesa.

Me remito con ello a los orígenes mismos de Manhattan, lo más granado de Nueva York. No se puede negar que sus comienzos están estrechamente vinculados  en primer lugar a Esteban Gómes que pisó por primera vez su suelo en 1525, portugués al servicio del Reino de España, que llegó a bordo de su buque al río San Antonio, conocido como el Hudson a partir de 1609.

Allí se funda la primera sinagoga hispano portuguesa que aún hoy sigue recibiendo feligreses, resulta difícil no pasear por el este de Central Park y no fijarse en su precioso edificio.

Esta se halla íntimamente ligada a una familia, la de Luis Gómes, nombre dado para obviar el Mosés, verdadero nombre del patriarca.

El periplo de Luis o Mosés, como ustedes prefieran, resulta digno de una de las mayores aventuras que los tiempos hayan dado.

Huidos de Iberia, recalan en los Países Bajos, gracias a la separación de esta zona del Imperio Español, lo que posibilitó a innumerables judíos su asentamiento tanto en Holanda como en Nueva Ámsterdam, donde llegó, junto con otras familias, nuestro héroe.

El número exacto era de 23 personas que surcaron los mares a bordo del buque francés Saint Charles, el 7 de septiembre de 1654, encontrándose con un recibimiento poco generoso a cargo del gobernador de la colonia Peter Stuyvesant, radical calvinista que no veía con buenos ojos su advenimiento. El gobernador ya había apuntado maneras al prohibir el desembarco de otro grupo procedente de Curaçao.

El calvinista, al no lograr su objetivo, extorsionó y promulgó leyes que hicieron más difícil la vida de este grupo al que denominaba ‘gentes indeseables’ y ‘asesinos de Cristo’, me pregunto si se puede llegar a ser más cretino.

La comunidad judía en Ámsterdam, una vez informados del conflicto que allí acontecía decidió tomar cartas en el asunto y mandar instrucciones a su representante en dicho enclave con el fin de que facilitara su asentamiento en las mejores condiciones posibles. A pesar de ello Stuyvesant  no cejó en su empeño de no facilitarles nada en absoluto, siempre dentro de sus posibilidades, tanto fue así que unos pocos optaron por coger rumbo hacia las Barbados o Jamaica.

Su problema no era, como podría esperarse, la profesión de su religión sino la pobreza que les acompañaba después de tantas tribulaciones. Nada hay nuevo bajo el sol.

En 1664 Nueva Ámsterdam fue tomada por los ingleses a los que recibieron como libertadores de la opresión calvinista, es en ese momento cuando cambia de nombre y pasa a ser conocida como Nueva York.

Pese a tantas dificultades se había logrado la consolidación de la comunidad cuyas lenguas seguían siendo el español y el portugués mezclados dando lugar a un nuevo dialecto que junto con el hebreo tomaron forma de lenguas litúrgicas.

El dialecto no llegó a plasmarse por escrito quedando tan solo reminiscencias orales, en forma de canciones y romances.

Luis Gomes muy pronto se convertiría en el mecenas de la primera sinagoga de Manhattan, única en Nueva York hasta mediados del siglo XIX  momento en el cual es fundada la segunda por los askenazis.

Durante la Guerra de la Independencia la comunidad judía se aglutina en torno a los libertadores, convirtiéndose por tanto en verdaderos fundadores de los Estados Unidos de América.

En 1740 se promulga la Ley de Naturalización por la cual pueden tomar la nacionalidad estadounidense con el requisito de haber residido en el territorio por un plazo de 7 años.

En su escuela se continuaba enseñando hebreo, inglés y español, siendo estas lenguas muy demandadas entre el alumnado.

El dialecto nacido más allá del Atlántico logró conservarse por más de 250 años, dejando, asimismo innumerables huellas en la ciudad de los rascacielos, por lo tanto y como conclusión podemos decir sin temor a equivocarnos que las dos lenguas mayoritarias de nuestra península nacieron en el nuevo mundo de mano de esta sinagoga y gracias al talento y filantropía de Mosés Gomes, dejando con ello un patrimonio cultural de enorme importancia que en honor a sus fundadores ni debemos ni queremos olvidar.

 

Beatriz Recio Pérez es periodista, con amplia experiencia en La Raya central ibérica.