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Un lector me ha preguntado si el movimiento iberista es europeísta, dado que el iberismo, desde un punto de vista antropológico, ha dado énfasis a las singularidades de la península ibérica, por su posición fronteriza entre Europa y África, el Mediterráneo y el Atlántico, entre Oriente y Occidente.

Geológicamente, Iberia fue una saramaguiana isla (Placa Ibérica), que colisionó con la Placa Europea. Fruto de esa colisión nació la frontera natural de la cordillera de los Pirineos, e Iberia se convirtió en Península (casi-isla).

En el plano histórico-cultural, existen dos proyecciones ibéricas extraeuropeas: una mediterránea (andalusí y aragonesa) y otra iberoamericana (e iberófona), con todo lo que implica las herencias mestizas iberotropicales. África puede empezar en los Pirineos, pero Europa empieza en Tarifa. Iberia es Europa por ser parte del continente, y porque quiso serlo. Ahora bien, Iberia no es exclusivamente Europa.

En el plano político y moderno, el iberismo, en cuanto movimiento político, es anterior al europeísmo y no son excluyentes. De hecho, quien asumió proyectos transnacionales, como el iberismo, en la segunda mitad del siglo XIX, también asumía complementariamente – con naturalidad – un iberoamericanismo, un “latinismo” (Unión Latina), e, incluso, un federalismo europeo.

Desde los sectores más recalcitrantes del Estado Novo portugués, su oposición al europeísmo era consecuencia de su antiberismo. Para ellos, europeísmo e iberismo eran dos formas de un mismo continentalismo, que podía disolver a la nación portuguesa porque cuestionaba la alianza atlantista con los británicos. La OTAN se encargaría de apaciguar ese conflicto en favor del atlantismo.

Hay que decir que, para Iberia, el continentalismo napoleónico o el atlantismo británico fueron una distorsión en la relación entre países ibéricos. Pero si nos centramos en el proyecto de la Unión Europea, sin duda, el europeísmo ha supuesto un avance brutal en términos de cumplimiento de las tradicionales reivindicaciones del programa político iberista. Hubiese sido imposible el fin de los pasaportes y las aduanas, entre Lisboa y Madrid, sin la mediación de un proyecto desde Bruselas. Tampoco hubiésemos conocido las Eurociudades, verdaderos laboratorios de iberismo transfronterizo, ni la experiencia de emulación transnacional que supone la creación de este tipo de coordinaciones institucionales. No quiero ser taxativo, pero probablemente no lo hubiésemos conocido tan pronto en términos históricos.

El iberismo es puntal y, al mismo tiempo, contrapeso interno de la UE, y si falla, el iberismo también es alternativa a la Unión Europea para preservar sus logros y ampliarlos en el ámbito peninsular. Ese contrapeso constructivo puede ser representado por lo que decía Camões de la Península, que entonces se llamaba “Espanha” (no confundir con lo que hoy es el Estado-nación español): “Eis aqui se descobre a nobre Espanha, como cabeça ali de Europa toda”. Y agrega: “Eis aqui, quási cume da cabeça; de Europa toda, o Reino Lusitano”. Siguiendo el lema de Telesur, canal de televisión que defiende el latinoamericanismo (un iberismo americano): “nuestro norte es el sur”. Desde ese espíritu, el iberismo reclama tener un peso justo en el mundo. En ese sentido, la presidencia rotativa de Portugal del Consejo de la UE en el inicio de 2021 tiene que servir para fortalecer el sur y las cuestiones sociales.

El iberismo es un protoeuropeísmo, antes de la UE, que la refuerza por proponer una filosofía de cooperación reforzada en la península ibérica, pero también reclama un equilibrio entre el norte y el sur de Europa, no solo económico, sino también cultural, porque sigue habiendo una división más allá de lo religioso, entre el protestantismo y el catolicismo, que también afecta a lo que significa el concepto de “calidad de vida” y a las preferencias geoestratégicas y geoculturales en el mundo.

Estas diferencias también se expresan ideológicamente. Desde una visión neoliberal y antieconómica, se suele observar (de forma sesgada) solo aquellos balances económicos (entre países o entre regiones) que interesan para construir un discurso antikeynesiano. Hipócritamente critican el endeudamiento público, pero no el privado, donde Holanda es campeona. Los lucros de la economía norteña sólo se sustentan si “el mercado tiene un buen funcionamiento” (feliz expresión introducida por Nadia Calviño). Es necesario tener consideración por las reglas de juego y respeto a todos los agentes económicos. Un respeto por sus clientes, sus trabajadores y sus infraestructuras sureñas. Gozar de superávit comercial, de disponibilidad de mano de obra barata, o realizar inversiones financieras con seguridad jurídica en deuda pública y privada del sur, son ventajas que silencian ante su opinión pública. Por tanto, en un sistema económico común, con flujos de consumo y ahorro privados y públicos comunes, los superávits comerciales o financieros (del conjunto de la economía) no existen sin déficits.

António Costa ha enseñado pedagógicamente la puerta de salida de la UE a Holanda. Paulo Gonçalves, presidente del Movimento Partido Ibérico, afirma que: “o Iberismo do século XXI, e os ibéricos de boa vontade, podem afastar do projeto Europeu todos os que não querem participar na solidariedade, na harmonia, no respeito e na coesão social e territorial”.

Por último, querido lector, concluyo que el iberismo debe ser europeísta siempre que Europa nos ayude a hermanarnos con Portugal, siempre que haya espacio de disputa del liderazgo, sabiendo que no somos solo europeos, y que cabe fortalecer -en paralelo- proyectos de convergencia mediterránea, iberoamericana e iberófona.

 

Pablo González Velasco es coordinador general de EL TRAPEZIO y doctorando en antropología iberoamericana por la Universidad de Salamanca