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El Iberismo nace de un afán de superación innato.

El Iberismo nace de esas dos grandes fuerzas superadoras que en el hombre apreciamos constantemente. Una que se dirige hacia dentro, hacia el yo, tratando de fortalecerlo, enriquecerlo, de hacerlo singularmente más personal que pueda serlo lo de cualquier otro. Y otra fuerza de dominio de la realidad exterior, de apropiación de toda ella, de solidaridad y compasión con el otro, pero sin renunciar a nuestra personalidad, de búsqueda de ideales incluso transcendiendo nuestra época y nuestra propia finitud, como ocurre con los sentimientos políticos o religiosos.

D. Pedro Laín Entralgo hace una similitud entre la búsqueda que nos muestra S. Pablo, cuando dice en la Epístola a los romanos: «Con ansiosa expectación, la creación entera está esperando la manifestación de los hijos de Dios». (Romanos, VIII, 19-22), con la idea de esperanza del P. Teilhard de Chardin e incluso con la elpidología marxista de Ernst Bloch, que dijo que la esperanza, más que un sentimiento personal, es un principio de la realidad cósmica. El marxista Ernst Bloch tenía la esperanza en la humanización del cosmos mediante el trabajo -también el trabajo científico-, y que esto era esencial en el destino del hombre para llegar a una situación histórica utópica, en la cual habrán desaparecido las contradicciones y conflictos de la naturaleza humana.

Tanto desde la elpidología cristiana como de la marxista se busca con ansias un lugar mejor para el hombre; para los primeros en un paraíso imaginario celestial; para los segundos, que la Tierra sea el paraíso, la patria de la humanidad.

Me di cuenta de que esa búsqueda era innata, independientemente del cociente intelectual, de los intereses, del ambiente familiar, etc., cuando trabajé en el curso 1968-69, en el Colegio Doctor Limón de Puertollano, mi tercer destino de maestro, junto con sesenta alumnos de primer curso de primaria, todos hijos de mineros, y tres discapacitados intelectuales mayores de ocho años que nos integraron en la clase, Luis, Rafa y Alfonso. Tanto los alumnos como yo pudimos comprobar que hasta Rafa que era el más pasivo, Luis era hiperactivo total, nunca se conformaban con trabajar al margen de los demás alumnos, no se conformaban con realizar tareas recomendadas por la pedagogía tradicional basada sobre todo en lo manual, sino que pretendían , aunque no lo consiguieran, imitar a los demás, incluso en los juegos, en las representaciones, etc.

Hay en el ser humano, por lo general, una actitud de mayores logros a la que no puede escapar el Iberismo.

Pero, además de esa fuera innata, los iberistas se caracterizan por poseer la convicción de que los hombres tenemos, poseemos naturalmente, la capacidad de ayudar al otro, de solidarizarnos.

Luego vendrán los intereses, que, evidentemente, los hay, la necesidad de ser más autosuficientes, la necesidad de mayor seguridad, la necesidad de valorar y mostrar nuestra historia y nuestra cultura, la necesidad de mostrar al mundo nuestra experiencia y sabiduría, que la tenemos, etc.

Por eso, nuestra esperanza es una esperanza llena de tantas razones positivas que la espera es también gratificante. No sólo porque los dos partidos ibéricos, MPI de Portugal e Íber de España han sabido romper la barrera de miedo al otro, de miedo al propio debate, que había cuando hace menos de una década fueron creados, sino porque cada vez se agregan más grupos iberistas al Proyecto, y se van viendo debates cada vez más realistas e intensos.

Hago ligera mención de los partidos iberistas en su corta trayectoria porque en el próximo capítulo justificaré tanto su creación como su oportunismo en la política actual, no solo como fuerzas rompedoras, sino como partidos que tienen un concepto de la política diferente al que existe en la actualidad.

Los partidos iberistas han aprendido de la historia y van a mejorarla, ya lo estamos demostrando.

 

D. Casimiro Sánchez Calderón es presidente de honor del Partido Ibérico Íber y concejal-portavoz del Grupo Municipal Íber en el Excmo. Ayuntamiento de Puertollano