Español Portugués, Portugal

El ser humano sobrevive en la frontera y se abisma en el acantilado. Europa ha refundido sus limes, en una suerte de reiteración histórica propensa a reproducir imperios que abarcaron medio mundo y sementaron culturas que perviven más de dos mil años después. La bella dama continental se ha hecho mayor espejándose en sus propias arrugas, pero sabe que ha de hacer valer su experiencia para afrontar un muevo mundo interconectado, vírico y geoestratégico.

En su evolución, Europa se encontró en los caminos, en la más extensa red entretejida jamás entre culturas múltiples, y rivalizó o se alió en las guerras. Se hizo loza fina partiendo de sus propios desportillamientos. Pensó, filosofó, navegó, conquistó, inventó, colonizó, desafió, se defendió, comerció, coronó, desterró, promovió revoluciones, se rompió, compartió lenguas y afanes, y desde su barbarismo y promiscuidad -entendida como mezcla confusa y sin orden-, creó una Unión. Más allá de meras buenas intenciones, dictó normas compartidas, dibujó un mapa y una bandera, e impulsó una moneda. Su amalgama le ha permitido ser más fuerte en torno a sus principios fundamentales, basados en esencia en la democracia y la solidaridad interterritorial.

Ningún otro territorio goza de una historia más prolongada y diversa. En ningún otro lugar pueden presumir de haber defendido por más tiempo los derechos y los deberes de los ciudadanos basándose en sus propias aportaciones a la Historia del Derecho. Ningún otro entorno ha influido más en la evolución de las artes, de la educación, de la igualdad, de los servicios sociales, del equilibrio entre naciones, de las ideologías y religiones. Todo ello adquiere relevancia singular si se considera como punto de partida las ricas y peculiares perspectivas de cada individuo, país o región.

Europa es plural y diversa pero única. Pese al desmembramiento que ha supuesto el Brexit, pervive en un proyecto de todos, propensa a los consensos y a la convivencia pacífica. En esta síntesis de aportaciones nacen las grandes diferencias en relación con otros grandes imperios mundiales modernos. En su orografía histórica múltiple se otean llanos y elevaciones, existen espacios cultivados y otros yermos, sequedales y lagunas, grandes ríos y pequeñas lagunas, pero el conjunto es majestuoso. No obstante, la circunstancia pandémica ha remudado algunas fortalezas y graves carencias estratégicas de la UE en ámbitos como el sanitario, el social, el económico o la política exterior. Y aun así, hoy resulta impensable plantearse la hipótesis de haber transitado esta grave crisis con 27 políticas diferentes, eso sí sería ponerse ante el abismo.

Pueda que con más lentitud de la deseable y con fallos, incluso graves, lo cierto es que Europa ha respondido con idoneidad, y lo vemos especialmente con la compra de vacunas o con el Fondo de Recuperación aprobado por valor de 750.000 millones de euros. Algo que ha sido posible gracias a una táctica compartida. Ahora, por vez primera en la Historia se emitirá deuda conjunta y, es probable, que ello permita avanzar hacia la integración fiscal. La senda está marcada: unidos somos mejores y más fuertes.

La experiencia nos dice que una crisis exige respuestas rápidas, versátiles y compartidas. Conocemos que los tiempos demandan capacidad, diligencia, flexibilidad, adaptación, proactividad, apertura, transparencia, acción, colaboración, suma, resiliencia, innovación, sostenibilidad -economía circular-, solidaridad, empatía. Sabemos que son imprescindibles nuevas actitudes para adoptar resoluciones válidas en un mundo global y acelerado, impropio para las lentas maquinarias burocráticas de 27 gobiernos y parlamentos. Parece imperioso refundar el proceso de toma de decisiones públicas a escala continental y de países. En conjunto se trata de lograr mayor agilidad administrativa, simplificación de trámites, entendimiento de las nuevas posibilidades tecnológicas y promoción de políticas sostenibles.

Las últimas fronteras son las que delimitan políticas comunes y contundentes en ámbitos como inmigración; sanidad; digitalización; cumplimiento de los valores democráticos y el Estado de Derecho – como condicionantes para recibir ayudas-; política exterior, muy singularmente, en cuanto atañe a la nueva relación con EE.UU y el Reino Unido y a la posición conjunta frente a Rusia y China; respuesta a los grandes agregadores, con la regulación de la propiedad intelectual o el uso de datos; transición ecológica justa; economía circular y el cambio climático; pasaporte sanitario y el turismo; desertización rural o Educación.

Europa tienen que fortalecer sus órganos, confiar más en ellos, reforzar su marca e informar mejor. En Bruselas se trabaja con ahínco, si bien sus avances llegan con lentitud y se comunican de manera insuficiente o tardía.

Hay mucho que hacer porque hay Europa y hay futuro. Tenemos que saber percibirla y enrumbarla entre las nieblas de la desinformación, ante los precipicios que suponen las intromisiones ilegítimas, y con la esperanza de saber navegar entre los peñascos de una realidad global confusa y no reglamentada.

Respondiendo a las circunstancias con un europeísmo nítido salvaremos incluso a España y Portugal de sus propios propios fantasmas.

*Este trabajo forma parte del Proyecto Manifiesto Ibérico/Destino Europa

Alberto Barciela – Periodista