Feliz cumpleaños, Timor

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El 20 de mayo de 2002 se proclamó la independencia de la República Democrática de Timor-Leste. Era el primer Estado que alcanzaba la independencia en el nuevo milenio y el último país incorporado a la Iberofonía, por ser una de sus lenguas oficiales el portugués.

El recorrido hasta llegar a aquel día estuvo jalonado por la lucha y el sufrimiento de todo un pueblo. Fue una trayectoria que durante muchos años caminó en paralelo a la del Sahara Occidental, también abandonado por su antigua metrópoli.

El Timor Portugués no conoció, a diferencia de otras colonias portuguesas, una lucha armada contra la metrópoli. Pero, en la secuencia de la crisis de la Revolución de los Claveles, comenzaron los enfrentamientos entre nacionalistas timorenses. Portugal optó por la retirada.

En la vecina indonesia, el dictador Suharto, había alcanzado el poder tras un baño de sangre. Algunas estimaciones elevan las muertes ocasionadas por su golpe de Estado en más de un millón. Cuando en 1975 Suharto decidió invadir y anexionar Timor Este, comenzó un espantoso genocidio. El número de muertes -se calcula que se aproxima a las 200.000 personas- resulta espantoso, especialmente si pensamos en términos relativos, ya que en 1975 el territorio contaba apenas con unos 700.000 habitantes.

El pueblo timorense mantuvo una desigual lucha. La comunidad internacional, comenzando por la ONU, reconocía su derecho a la autodeterminación, pero nada hizo por promoverla. Sin duda, el pequeño Timor Este valía bien poco frente a Indonesia, cuarto país más poblado del mundo.

Si la salida de Portugal de su más remota colonia resultó vergonzante, su ulterior gestión del problema es digna de elogio. La República Portuguesa llegó a introducir un artículo en su constitución reconociendo sus deberes para con el pueblo timorense y su derecho a ejercer la autodeterminación. La insistencia portuguesa en todos los foros diplomáticos en los que estaba presente impidió que la dictadura indonesia convenciese a la comunidad internacional de que el problema timorense no existía.

En noviembre de 1991, circularon por todo el mundo las imágenes de la matanza de manifestantes pacíficos en el cementerio de Santa Cruz, en Díli, la capital timorense. La sociedad civil global fue tomando conciencia de la magnitud del genocidio. Y una prueba de ello fue la concesión del Premio Nobel de la Paz en 1996 a los timorenses José Ramos Horta (diplomático) y a Carlos Belo (obispo).

La crisis de la dictadura indonesia en 1999 permitió la celebración de una consulta que mostró la clara voluntad timorense de alcanzar la independencia. Pero, antes de llegar a ella, todavía hubo que soportar que los descontentos militares indonesios dejaran en su retirada un rastro de sangre y fuego.

La ONU asumió por primera la responsabilidad de administrar un territorio para conducirlo a la independencia. Crear estructuras políticas y democráticas, propiciar la redacción de una constitución democrática… Recuerdo el testimonio de timorenses exiliados que regresaban por entonces a la isla. La pobreza o las secuelas de la violencia y la destrucción eran visibles. Pero, por fin, se respiraba esperanza y libertad.

Feliz vigésimo cumpleaños, Timor.

José Antonio Rocamora Rocamora

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