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En Portugal, el gesto más tierno, hizo que unos simples brotes derrotaran en 1974 a los fusiles amenazantes de los militares y dieran nombre a la Revolución de los Claveles, gracias a una humilde mujer, Celeste Martins Caeiro. Metafóricamente, ella está entre los mejores filósofos y poetas de la Historia.

El primer bien común es la naturaleza. El entendimiento del bien determina raciocinio y exige al ser humano. Lo común plantea el reconocimiento del otro, de la sociedad, de la convivencia,  y se instala en el ethos, en el conjunto de rasgos y modos de comportamiento que conforman el carácter o la identidad de una persona o una comunidad.

La naturaleza en sí presupone el escenario de la vida, un todo. El planteamiento es tan simple y evidente que podría resultar una perogrullada recordarlo si no fuese porque nuestro hábitat está en peligro y que lo está, en esencia, además de por la alteración climática, por la intervención de seres aparentemente racionales e inteligentes que parecen haberse distraído con sus propios hallazgos y creaciones en detrimento del maravilloso entorno, de la civilización y de la cultura. Lo de esa tribu energúmena parecen haberse quedado pasmados mirando al dedo mientras señalaban la belleza de la Luna, optando por romper vidrieras y quemas unidades policiales sin entender siquiera por qué lo hacen.

Hay cosas que pasan por no aprender a pensar, por actuar condicionados por la ambición de lo material, de anhelos momentáneos e intrascendentes, de estímulos artificiosos, por olvidar las esencias de la vida y el respeto a lo común, significativamente a los valores aceptados: la educación, el sentido común, el respeto, la experiencia, el esfuerzo y el trabajo.

Somos como somos y siquiera sabemos cuánto ignoramos. Ya Protágoras, que significó el seguidismo de las masas, nos advertía, cuatrocientos años antes de nuestra era, que los hombres continuamente disputan entre sí y alteran para siempre las cosas naturales, logrando que las digresiones evolutivas acaben por dominar el mundo. Es posible que todos estemos muy cabreados, pero no por ello apretamos los particulares botones nucleares, protestamos pero convivimos.

Recurro a la Filosofía, cuasi desaparecida de los planes de estudios, como el perfecto ejemplo del mar ejemplo. Hoy resulta casi imposible pensar que un profesor y un alumno entrelacen pensamientos o discusiones en un paseo. Hay que hablar de la Mayéutica -etimológicamente “técnica de asistir en los partos”- que Sócrates aplicaba con sus alumnos, para que por medio de preguntas descubriesen conocimientos, verdades, luz al fin. Hay que ejercer, sí, la maravillosa posibilidad de reflexionar sobre cómo otorgar un creciente sentido a nuestros destinos limitados, orteguianamente circunstanciados, y recorrer las rutas que nos devuelvan a los pensadores esenciales. Esa es una posibilidad para reencontrarnos de nuevo en lo esencial.

Conocer, entender, saber para compartir, para otorgar sentido a los ahora individuales y comunes, he ahí la misión. Es posible que tras pensar en nosotros mismos, tras buscar en nuestro interior y en nuestro entorno, concluyamos que ahí estaban todas las respuestas, al menos las que podamos alcanzar. Ese sería el principio del gran milagro, al menos, recordaremos que parte de las respuestas y las soluciones a nuestras inquietudes está en las pequeñas cosas, en lo próximo. También evidenciaremos que la violencia no es una solución válida, como nunca lo ha sido.

Los poderes, del tipo que fuere, podrán intentar imponernos la alegría, como lo hicieron en la Varsovia destruida por la guerra mundial, en la que mediante grandes altavoces se escuchaban alegres bailables que a nadie animaban. El renacer de la alegría vital lo consiguió el primer establecimiento que abrió en la capital polaca tras la contienda más brutal, una floristería. Con su multicolor exposición, el minúsculo local aportó la luz que los ciudadanos ansiaban. Por suerte, la naturaleza había continuado su trabajo durante los bombardeos y estaba preparada con su metáfora más bella: sus flores. Con ellas iluminó las primeras sonrisas. En Portugal, el gesto más tierno, hizo que unos simples brotes derrotaran en 1974 a los fusiles amenazantes de los militares y dieran nombre a la Revolución de los Claveles, gracias a una humilde mujer, Celeste Martins Caeiro. Metafóricamente, ella está entre los mejores filósofos y poetas de la Historia.

La lección es imprescindible para esos manipulados hijos de los disturbios, dispuestos a destrozarlo todo antes que a aportar la más mínima posibilidad a la reflexión y al diálogo constructivo. Por más que se empeñen no pueden negar radicalmente el ethos y las normas que nos permiten convivir en este sociedad democrática, imperfecta pero única. La luz no nace de los incendios ni la lucidez de los botellones, nada emerge del negacionismo, sí de la palabra, del consenso y del equilibrio.

A los jóvenes de buena voluntad les invito a que entren en una floristería, quizás en ella encuentren de manera natural una sencilla contestación a su rabia y también una esperanza. Quizás logren entender que un comerciante o una florista viven de su esfuerzo y de trabajo y que también están indignados por muchas circunstancias. En Barcelona, en Las Ramblas existen las más bellas tiendas de flores del mundo.

Las respuestas son sencillas, pero los propios alborotadores han de hallarlas antes de que se las imponga la fuerza de la razón basada en la democracia. Regalar un ramo de flores es preferible a enviar coronas al muerto que algunos parecen buscar. La primera en fenecer es siempre la verdad, tras ella desaparece la libertad.

Un poco antes que Protágoras, Confucio escribió: “¿Me preguntas por qué compro arroz y flores? Compro arroz para vivir y flores para tener algo por lo que vivir”. Quizás la filosofía existe, aun marginada, porque no ha encontrado todas las respuestas, pero las aporta con belleza incuestionable.

Alberto Barciela – Periodista