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«Los pueblos de América Latina creen y sienten que los filipinos forman parte de esa gran familia, los hijos de España»

Manuel Quezón, presidente filipino

 

El año que salí de Goiânia (Brasil), como en un «canto de cisne» o pre-nostalgia, leí más a menudo los periódicos locales.

Cierta mañana, al hojear un pasquín de barrio, me encontré con un nombre que llamó mi atención, tanto como la propia noticia. Un DJ llamado Elpídio Quirino Hijo había sido asesinado; aparentemente, por alguien de su círculo familiar.

Para los que ignoran la razón de mi sorpresa, el nombre Elpídio Quirino no tiene origen brasileño. El primer y único «Elpidio Quirino», hasta el advenimiento del DJ homónimo (y de su padre), había sido el abogado filipino y sexto presidente de la tierra de Manny Pacquiao. Y, definitivamente, el rostro que vi en el obituario de aquella publicación no contenía ninguna de las facciones típicas de los nativos de las islas.

Fue entonces cuando empecé a enumerar pequeños detalles de mi vida cotidiana que podrían tener que ver con el archipiélago asiático más ibérico. La broma generó pocos resultados; entre ellos, las cuerdas de abacá (o cáñamo de Manila) usadas en las embarcaciones; el yoyó (que en tagalo significa «va-y-viene»), y hasta un barrio de Itaboraí, llamado Manilha, donde vine a conocer (¡sorpresa!) años después, a una pareja de filipinos (de apellido Manzanilla).

El asunto quedó olvidado por algunos meses hasta que, a principios del año pasado, descubrí aquí en Río un grupo (al que me uní) de practicantes de Kali Silat, un arte marcial filipino.

Luego me di cuenta de que no eran excéntricos ni miembros de la diáspora asiática, sino una pequeña parte de una legión de cariocas que practican algún tipo de arte marcial filipino, sea el Rnis (conocido aquí por el nombre de Kali Silat); sea el Suntukan; el Panantukan o, incluso, el Pangamut. La terminología técnica de estos deportes es invariablemente hispana o hispanoaustronesia. «Sumbrada»; «abanico»; «trankada»; «larga mano»; «daga y espada», o «karensa», por citar sólo algunos ejemplos.

Son detalles casi imperceptibles, pero que sirven como indicios de un acercamiento espontáneo y jovial entre dos pueblos que son primos cercanos; un hijo de Portugal, y el otro de España.

Lo que tal vez elude el repertorio habitual del lector es que las Filipinas, o aspectos de su cultura, están presentes en la literatura brasileña desde hace, al menos, un siglo. Para este artículo, he seleccionado algunos fragmentos que me han parecido emblemáticos.

Empecemos con Érico Veríssimo. En su trilogía «El tiempo y el viento», describe a una bailarina y cantante madrileña, cuyo vestuario causa envidia a las recatadas señoras de Santa Fe, un pueblo ficticio ubicado en la frontera con Uruguay.

«Las mujeres de Santa Fe la encontraron indecente, pero no pudieron permanecer indiferentes ante su rico armario, sus mantones de Manila; sus abanicos; berlinas, y piernas». La referencia al mantón de Manila tuvo como propósito enfatizar el buen gusto de la actriz española, pues de acuerdo con Benito Pérez Galdós, el pañuelo de seda de Manila era «al mismo tiempo señorial y popular, pues lo han llevado en sus hombros la gran señora y la gitana».

De otra naturaleza fue el empleo, por Alfonso Henriques de Lima Barreto, de símbolos culturales filipinos. Lima Barreto, mulato carioca y uno de los pioneros de la causa de la igualdad racial en Brasil, insistía en resaltar los efectos nocivos de la discriminación étnica sobre la psique de los pueblos oprimidos.

En «El hombre que sabía javanés», el protagonista Castelo rechaza un cargo en la diplomacia por no hallarse «estéticamente compatible» con el ejercicio de la función.

«Le hice todas las objeciones: mi fealdad; la falta de elegancia; mi aspecto tagalo»

Ahora bien, el tagalo es una de las dos lenguas oficiales de Filipinas. El libro del lingüista Abel Hovelacque (probable fuente para Lima Barreto) habla de «tagalos» y «bisayas» como malayos en las islas Filipinas (p. 110). El término de Lima Barreto fue «corregido» por el traductor al inglés como «malayan».

En otro cuento, «El dolor que preocupa», Lima Barreto menciona superficialmente un «filipino aceitoso» que fue detenido injustamente por el simple hecho de ser uno de los pocos hablantes de español en la escena de un crimen donde el arma usada contenía inscripciones en esa lengua.

La identificación de Lima Barreto con los filipinos, probablemente se debió a la resistencia conducida por el general Emilio Aguinaldo contra la ocupación americana (y posterior genocidio de la población nativa) del archipiélago. La noticia fue portada de periódicos de la época, y del año 1897 en adelante hubo una fiebre de niños con el nombre Aguinaldo (fuente: dicionariodenomesproprios.com.br). Hasta hoy, en Brasil, muchos padres registran a sus hijos con el nombre del líder filipino, sin saber a quién rinden homenaje.

En contraste con la indignación de Lima Barreto, el «brujo» Machado de Assis deja bien clara su indiferencia (o al menos la finge, cínicamente, para fines literarios) sobre tales cuestiones, aunque no niega ser consciente de ellas:

«La noche no me respondió enseguida. Estaba deliciosamente bella, los cerros salían a la luz de la luna y el espacio moría de silencio. Como yo insistiera, me declaró que los sueños ya no pertenecen a su jurisdicción (…); la isla de los sueños, como la de los amores, como todas las islas de todos los mares, son ahora objeto de la ambición y de la rivalidad de Europa y de los Estados Unidos. Era una alusión a Filipinas. Pues que no amo la política, y aún menos la política internacional, cerré la ventana y vine a terminar este capítulo para ir a dormir. (Don Casmurro, Machado de Assis)».

Por último, no podía dejar de mencionar el libro premiado «Budapest», del ilustre Francisco Buarque de Holanda, más conocido como Chico Buarque.

En cuanto al estilo, la obra hizo honor al premio Jabuti, en la categoría «ficción del año» (2010) y Camões (2019). El autor, sin embargo, parece (de una manera algo anacrónica) haber bebido de la misma fuente de Lima Barreto. El filipino descrito en una de sus páginas, excepto en cuanto a la precariedad laboral en que vive, tiene poco que ver con los manilenes, cebuanos o figurines reales. Chambelán de un hotel en Melbourne, Australia, no habla bien el inglés, una de las lenguas oficiales de Filipinas y único idioma oficial de los australianos. Pero habla el malayo Bahasa, idioma vagamente emparentado con el tagalog (ese sí oficial en las islas, junto con el inglés): «Me aseguré de que el chambelán se sentara conmigo; era filipino, apenas hablaba inglés, me enseñó unas palabras de malayo y tenía manos muy pequeñas, que llenaba de monedas».

Obviamente, el propósito de Chico Buarque, al escribir «Budapest», no fue el de producir un tratado etnográfico. Tampoco sería necesario hacerlo, ya que el mundo representado en la obra es una pesadilla identitaria. Los personajes no recuerdan de dónde vienen (el protagonista ya no habla bien su lengua materna). Tampoco son capaces de adaptarse a la nueva cultura que pasa a envolverlos. Un retrato involuntario de todos nosotros, hijos de la periferia iberófona, esporádicamente visibles unos para otros, pero permanentemente sujetos a la ambición de potencias que intentan (con las peores intenciones) reescribir o borrar nuestra historia.