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Seguramente, la imagen que hoy tenemos de Torrijos es la de Antonio Gisbert, representando su fusilamiento junto a sus compañeros. El progresista Salustiano Olózaga conoció bien al pintor alcoyano, autor de su más famoso retrato. De haber vivido cuando estaba trabajando en el cuadro de Torrijos, probablemente le habría sugerido que añadiera una bandera. Después de todo, conocía la conspiración, por haber participado en ella. Y esa bandera implicaba para él ideales profundos.

Es sabido que Torrijos desembarcó en las costas malagueñas con una bandera tricolor, aunque se ha producido alguna especulación sobre sus colores. Como el Torrijos manifestó en octubre de 1830 a Juan López Pinto –que sería fusilado junto a él- los colores eran rojo, amarillo y azul, porque tales colores son peninsulares y los más populares. Tomaba como base la actual bandera española, pero en los extremos superior e inferior aparecían sendas franjas azules, reduciendo el tamaño de las franjas rojas. Intentaremos razonar por qué el color azul hacía más popular y peninsular su bandera.

Para no fatigar al lector, adelantaremos que todos los conspiradores que citaremos, comenzando por Torrijos, eran iberistas. También que, por motivos de espacio, nos centraremos en una de las fuentes, pese a ser más numerosas. Existe incluso un voluminoso estudio del brasileño Braz Brancato, Don Pedro I de Brasil, posible rey de España (1999), con detalles sobre los proyectos liberales e iberistas en torno a Pedro I de Brasil y IV de Portugal.

El documento en cuestión es la declaración de cierto J. R. el 5 de abril de 1831. Con total seguridad, era Juan Rumí. Este liberal colaboró con las autoridades, en un intento tan comprensible como –a la postre- inútil por salvar su vida, ya que terminaría siendo ejecutado. No obstante, tales circunstancias requieren tomar con precaución sus palabras, especialmente en lo relativo a su propia implicación.

Rumí declaró que en 1826, la conspiración protagonizada por el grupo de Torrijos estaba tomando cuerpo, planteándose dos problemas: la financiación y la búsqueda de un príncipe o de apoyos externos. Nos ocuparemos de la segunda cuestión. Los conspiradores ofrecieron a Pedro I, emperador de Brasil, la corona de un Reino Hispano-Lusitano. Con tal fin, se le enviaron hasta cuatro exposiciones: de las juntas de Gibraltar (Díaz Morales), Lisboa (Fernández Golfín), Londres (Torrijos) y otra del general Mina. Rumí dijo haber sido testigo de la transmisión verbal de la respuesta del emperador al comisionado de Gibraltar. Esta habría tenido un tono ambiguo. Aunque desconocía lo sucedido con las otras tres, tanto por lo que escuchó a Mina, como a españoles y portugueses bien informados en Lisboa, sí parecía existir una disposición a aceptar. Sin embargo, añadía que el proyecto repugnaba a algunos españoles y a la mayoría de portugueses, exceptuando –entre otros- a Joaquim de Menezes e Ataíde (arzobispo de Elvas), Bernardo José de Abrantes e Castro, Manuel António de Sampaio, así como los militares Jorge de Avilez y Saldanha, que habían conocido y combatido al lado del emperador brasileño.

Juan Rumí reconoció haber mantenido una reunión en Londres en noviembre de 1827 con Torrijos, Mina, Abrantes y Saldanha. Aunque los portugueses daban por cierta la implicación de don Pedro en el plan, la cambiante coyuntura política les inclinó a enviar a Rumí a Rio de Janeiro para entrevistarse con él, aunque finalmente se encomendó la misión a dos coroneles portugueses.

Se intentó captar a Rumí para la conspiración aduciendo como razón poderosa el respaldo de don Pedro a la revolución, añadiendo que incluso se había obtenido financiación suya a través de su cónsul en Gibraltar. Rumí admitía que podría haberse abusado del nombre del emperador pero, dada la aceptación generalizada entre los revolucionarios de su aprobación, la creía probable.

Desde 1823, las dudas que pudieran existir sobre la actitud de Fernando VII hacia el liberalismo habían quedado disipadas. Los liberales españoles vieron en el emperador de Brasil un rey compatible con el liberalismo, con el valor añadido de facilitar la unión ibérica. Y liberales portugueses trabajaron junto a ellos con el mismo objetivo.

Pero ¿y el color azul de la bandera? Seguramente el lector portugués habrá intuido ya la razón. La bandera del Reino de Portugal era blanca y azul. Y por eso era, a ojos de Torrijos, popular y peninsular.

Por cierto, entre los desventurados fusilados junto a Torrijos, se encontraba un pescador de Coimbra, cuyo nombre –castellanizado- era el de Juan Álvarez Suárez.

 

José Antonio Rocamora es doctor en Filosofía y Letras por la Universidad de Alicante, de la que ha sido profesor asociado y de la que actualmente es profesor colaborador honorífico. Publicó en 1994 el libro ‘El Nacionalismo Ibérico 1792-1930’ y presidió la Asociación de Amigos de Timor y, posteriormente, la entidad Timor Hamutuk.

 

La Asociación Histórico-Cultural Torrijos 1831 realiza periódicamente distintas recreaciones en enclaves como la playa del Charcón, el refugio de Torrealquería o la sierra de Mijas.