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En una sociedad cada vez más inmediata, y en donde los jóvenes (y no tan jóvenes) recurren a las redes sociales para saber lo que está sucediendo en su país (y en el mundo), el peligro de la difusión de las noticias falsas es cada vez más habitual.

En todo el mundo se habla de noticias falsas y, aunque hay un ranking de la peligrosidad de las mismas (ya que varias de estas informaciones manipuladas han hecho elegir gobiernos en algunos de los países más poblados del mundo), no podemos ver la propagación de una noticia falsa como algo simple e inocente. El compartir contenido falso debería hacernos reflexionar, tanto sobre lo que leemos en internet, como en lo que compartimos en nuestras redes sociales.

Muchos de nosotros (incluyendo a esta escritora) usamos las redes como una forma de expresión en este vasto mundo. Pero, ¿quién quiere expresarse mal? Yo, probablemente, no lo haría. Por eso mismo, deberíamos repensar todo lo que publicamos y leemos online, para no recurrir en errores que puedan conducir a que nuestra percepción de la realidad cambie. Pero el cuidado no debe partir sólo de quien lee, sino también de quien escribe/comparte.

Joseph Goebbels, ministro en el III Reich, fue el hombre que popularizó la frase: «Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad». Una máxima que puede verse en algunos casos, al mejor estilo de las novelas mundiales, como cuando se involucró a 500 jóvenes por robo, pero que terminó con sólo cuatro denuncias registradas en la policía; o las cuentas falsas de Twitter para dañar la imagen de jugadores importantes del Barcelona, como es el caso de Gerard Piqué o Lionel Messi.

¿Cuántas veces no ha abierto un enlace o ha creído en algo que ha visto online porque todo el mundo estaba compartiendo y comentando ese tema? Todos hemos caído en esta trampa, y el problema no es que esto suceda. El problema es que no podemos distinguir lo que es realidad, de lo que no es. El peligro está ahí mismo, en la creciente falta de diferenciación que existe en nuestra sociedad. Creer ciegamente en todo, y en todos, nos hace más manipulables.

Todos los que han estudiado periodismo, pero también los que no, saben que la información es poder. Saber algo y utilizar estos datos de la mejor manera es vital en nuestra sociedad. Los que más saben tenderán a tener una ventaja sobre los demás. Esto sucede, tanto para el bien como, especialmente, para el mal. Una de las grandes luchas de nuestra sociedad occidental reside en este punto, en la difusión de las noticias falsas, y en el peligro que estas representan para la democracia.

Para controlar este tipo de noticias se están desarrollando varias herramientas y sitios muy interesantes siendo, uno de ellos, El Polígrafo (proyecto periodístico); el cual ha ayudado a los portugueses a distinguir entre las noticias verdaderas y las falsas, que sólo crean confusión y alarmismo. La lucha contra la difusión de noticias falsas es un trabajo de todos. Por eso, vuelvo a centrarme en la necesidad de un mayor sentido crítico. Pero esto no ocurre sólo con lo que leemos en Internet. Este sentido crítico debe acompañarnos a lo largo de la vida pues, si no lo tenemos, no seremos más que pequeñas ovejas siguiendo al pastor por los verdes pastos. Lo peor será, si el pasto se acaba, y nos encontramos con un precipicio.

El término fake news siempre ha existido, pero se ha generalizado en el léxico mundial con la llegada de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos, y con el duro ataque que varios políticos hacen a periodistas y a medios de comunicación. Desde entonces, y siguiendo el crecimiento, tanto de estas noticias falsas, como de la importancia de Internet en la difusión del conocimiento (es el teléfono móvil y el ordenador lo que los jóvenes, pero no sólo, recurren para informarse), se ha producido una desacreditación del periodismo y de sus trabajadores.

Esta ha sido siempre una profesión con algunos peligros, especialmente en regiones donde la democracia no está tan consolidada, pero en la actualidad está experimentando un gran cambio. Un cambio que no debe ser visto con miedo, sino como una oportunidad para crear algo nuevo y, en este aspecto, tenemos la fortuna de tener la tecnología más avanzada de nuestro lado. La tecnología no es nuestra enemiga, sino nuestra amiga. Quien la utiliza para difundir noticias falsas está haciendo de todo, menos un servicio público.

El peligro de las noticias falsas existe, y es muy real. Nosotros, como sociedad, debemos ser conscientes del bien y del mal, y no participar, aunque sea involuntariamente, en la difusión de información falsa.

 

Andreia Rodrigues es licenciada en periodismo por la Escuela Superior de Comunicación Social de Lisboa (ESCS) y es una apasionada de todas las formas de comunicación. Contar nuevas historias y descubrir nuevas culturas es algo en lo que trabaja todos los días.