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Estamos viviendo y viendo cosas que nunca imaginamos que viviríamos o veríamos. Pero si algo caracteriza a la humanidad, desde la oscuridad de los tiempos, es nuestra capacidad de resiliencia y de adaptación a las circunstancias más adversas. Y el desafío colectivo que nos plantea la pandemia de la covid-19 no es una excepción.

Sabemos que, tarde o temprano, saldremos de esta pesadilla. Bien sea porque la estrategia del confinamiento acaba funcionando y conseguimos aislar y vencer al coronavirus en las UCI; bien sea porque la fórmula hallada por el doctor francés Didier Raoult, una mezcla de cloroquina y del antibiótico azitromicina, se acaba demostrando que es eficaz para curar esta enfermedad; bien sea porque de los laboratorios salga la vacuna que nos inmunice contra la covid-19.

Pero esta crisis humanitaria que sufrimos no tiene que resultar en balde. De la muerte de miles de personas, del esfuerzo titánico que despliegan los trabajadores sanitarios y de la disciplina responsable que demuestra la sociedad española, respetando el durísimo confinamiento domiciliario, tenemos que extraer lecciones de civilización para encarar nuestro futuro personal y colectivo.

La primera es la importancia capital de tener y mantener un sistema de salud público de calidad que garantice la asistencia a todo el mundo, con independencia de su nivel de renta. La tentación de privatizar la atención médica y hospitalaria, siguiendo el modelo de los Estados Unidos, tiene que quedar desterrada por siempre jamás.

La segunda lección que debemos aprender es la necesidad de reformular los métodos de garantizar el bienestar de la gente mayor. El estallido del coronavirus ha puesto en evidencia el escalofriante submundo que se esconde tras la fachada de algunas residencias privadas. La administración tiene que invertir en la creación de una potente red pública de geriátricos que garantice el derecho a tener una vejez digna y confortable.

La tercera, las ventajas y las comodidades del teletrabajo. El confinamiento forzoso nos ha permitido descubrir que los adelantos tecnológicos y las telecomunicaciones nos facilitan una nueva manera de relacionarnos, de educar, de crear y de producir. Esto también pone en cuestión el modelo urbano intensivo de las grandes ciudades y es una oportunidad para reequilibrar el territorio, dando una nueva vida a las zonas abandonadas.

La cuarta es la ineficacia y la inoperancia del actual sistema de gobernanza de la Unión Europea. La enérgica denuncia formulada por el primer ministro portugués, António Costa, contra la insensibilidad de Alemania y de sus países satélites ante los estragos económicos de la covid-19 no puede caer en saco roto. De esta crisis debemos salir con la convicción que debemos acelerar la plena vertebración política y fiscal para constituir los Estados Unidos de Europa.

 

Jaume Reixach es periodista y editor de las publicaciones EL TRIANGLE, LA VALIRA y EL TRAPEZIO