¡Mi primera vez!

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Todo comenzó dos días antes del parón escolar. Mientras veía un programa en la televisión, sentí algo entre la nariz y la garganta, pero no le di importancia porque no era nada fuera de lo normal. El domingo fui a votar como cualquier demócrata, aunque me tocó seguir los resultados a distancia. No pude ser invitada a cenar con el presidente Marcelo, que en pocos minutos hizo una publicidad histórica a los repartidores de comida a domicilio. En fin, lo cierto es que, como todos, estoy preocupada.

Preocupada, ¿por qué? Son tantas cosas que es difícil enumerarlas, pero vamos a empezar por los resultados de las presidenciales. La votación ha ido muy bien para la difícil situación por la que estamos pasando, con un ganador previsible antes de la elección, pero hay muchas conclusiones que sacar de aquí. Podemos decir que la izquierda ha bajado por el apoyo dado (y luego quitado) al Gobierno socialista que, tras cuatro años en un cuento de hadas, está envuelto en una tormenta perfecta, y no hay ninguna hada que nos pueda salvar ahora. Graça Freitas está desaparecida en combate; Marta Temido hace apelaciones al Parlamento, pero nadie la escucha (la dificultad de comunicación es un problema, tanto de este Gobierno como de los responsables de salud); la «sheriff» Ana Gomes ha caminado hacia el sol naciente con el «premio» a la mujer más votada en unas elecciones en el país, pero eso es todo. Y qué decir de Marisa Matias, debería haberse quedado a comer croissants en Bruselas, sinceramente.

Un año después, era comprensible que estuviéramos en otro nivel, y es verdad que estamos, pero más hundidos. Si en algo estamos arriba, es en que somos el país del mundo con más muertos e infectados, superando ya los números de España en su peor fase. Aún así, pese a todo, parece que ya hemos pasado el pico de esta tercera ola, con el factor R por debajo del 1, aunque voces como la del presidente de la República han vuelto a advertir que podríamos tener que soportar esta situación hasta el otoño.

¿Qué nos ha pasado? Si antes habíamos sido tocados por el manto protector de la Virgen de Fátima, parece que ahora nos ha dejado. Desde marzo ya han muerto 13 mil personas (en 2019, murieron tres mil personas por la gripe), y el PIB nacional se ha hundido un 7,6%. Después de que la enfermedad pase, tendremos mucho que resolver. ¡Tenemos una Europa que levantar!

El Gobierno es el que parece más perdido que un náufrago en una isla desierta. Nuestro naufragio está representado por las colas de las ambulancias a la puerta de los hospitales; el suministro de oxígeno que tuvo que ser reforzado para que no fallara como sucedió en Manaus; o en los grupos no prioritarios que están siendo vacunados (justo en el momento en que la Unión Europea está en pie de guerra con los proveedores de Pfizer y Astrazeneca), y en las ocho personas que huyeron de un salón de belleza que no debería estar abierto, todavía con champú en el pelo. Señores editores de El Mundo, Reuters y New York Times, «This is Portugal!» («¡Esto es portugal!»).

Así, en una nación que vuelve a estar en las «bocas del mundo», pero no por las mejores razones, recibí la noticia que nadie quiere oír, aunque parece que se está volviendo habitual (según la información avanzada por «Dier Spigel», 70% de los trabajadores hospitalarios del país están o han sido infectados). Con síntomas compatibles con covid-19, tuve que hacer un confinamiento rígido en mi casa. Comenzó aquí el dolor de cabeza. Estar encerrada en una habitación durante seis días es complicado. Como saben, para salir de la habitación había que usar mascarilla, y me ponían la comida en la puerta.

Mis días de mascota en la jaula fueron pasando mientras veía vídeos en Youtube; leyendo; jugando; comiendo y trabajando. La verdad es que necesitaba ocupar el cerebro, ya que mi cuerpo tenía estar encerrado en un lugar, y yo siempre he odiado estar atrapada. He visto al Palmeiras ganar la Copa América, y la situación en nuestro país empeorando cada vez más. Si nuestros barrios son el espejo de la nación, en pocas semanas Sesimbra (donde vivo) ha pasado de ser uno de los municipios con el número de infectados más bajo del distrito de Setúbal, a duplicar sus casos.

Estamos en riesgo extremo, recibiendo con «brazos abiertos» a los alemanes. Esta vez han sido médicos, hace varias décadas, fueron niños que huyeron de las atrocidades cometidas durante la Segunda Guerra Mundial. Setúbal y Beja han sido algunas de las localidades que los han necesitado, y en la ciudad sadina es posible comprender esta presencia. Otras ayudas siguen pendientes, pero sólo podemos dar las gracias. Este espíritu de ayuda representa la Europa que todos queremos; el sueño de nuestros «padres fundadores».

Diez días después, fui a hacer la prueba más temible. A diferencia de lo que vemos en las televisiones, todo fue muy rápido y efectivo. Veinticuatro horas después llegaron los resultados… ¡NEGATIVO!

Para terminar este artículo, les dejo un poco de sabiduría japonesa: «Las dificultades son como las montañas. Sólo se aplanan cuando avanzamos sobre ellas».

Andreia Rodrigues

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