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La pandemia no es justificación para la parálisis, para la autocomplacencia. Esta crisis ha demostrado la inutilidad de todas las democracias del mundo, excepto la de Corea del Sur, para prever desastres naturales o producidos por el hombre, como puede ser un virus, una hambruna, una conflagración nuclear o un simple tosido del núcleo de la tierra. No hay planes de autodefensa para la población respecto a ningún riesgo.

¿Qué tipo de formación nos han dado para luchar y vencer a las tragedias? ¿Acaso los griegos, sobre todo Esparta, no mostraron al mundo que para sobrevivir hace falta entrenamiento constante? ¿Qué proyectos de carácter mundial va a paralizar esta crisis? ¿Qué utilización van a hacer los gobiernos de la pandemia, salvo regalar dinero que no es suyo, para justificar la falta de ideas y voluntad?

Durante estos trágicos meses ha estado rondando por mi cabeza el concepto que Albert Camus tenía de la inteligencia «como aquella facultad de no llevar hasta el límite lo que pensamos a fin de que podamos seguir creyendo en la realidad y no desesperarnos».

Ante el dolor, ante la muerte, el hombre se interroga y exige respuestas claras con significados que sean verídicos, justos y comprensibles. Castoriadis opinaba que «solo por el hecho de que no existe un significado intrínseco al mundo, los hombres han debido y sabido atribuirle esta variedad extraordinaria de significados extremadamente heterogéneos».

Pero ninguno de los significados elaborados por lo hombres a lo largo de generaciones que vivieron la esclavitud, la enfermedad, la muerte inevitable, han podido calmar su sed de conocimiento, de verdad, de justificación de lo acontecido.

Quizá porque la noción de progreso ha ido siempre acompañada a la de confort, libertad y justicia, cualquier suceso que rompa el idilio entre conquista social-seguridad, resulta incomprensible para el hombre moderno.

Lo curioso es que todos los acontecimientos trágicos, sean crisis económicas, sociales, de salud colectiva, etc., están siempre acompañados de un despertar de los instintos y de los interrogantes y en muchas ocasiones de rebeldías y revoluciones. Se abren nuevas oportunidades de elección, de rumbos diferentes. Se afina nuestra capacidad de juzgar. Se busca una nueva significación a la vida. El propio Nietzsche, el menos creyente de todos en la realidad, quiere destruir para crear algo diferente.

El error de todas las épocas es pensar que todas las emociones personales momentáneas crean un sentimiento colectivo serio de cambio que suponga un riesgo. Que se arriesguen los demás. Aún creándose las condiciones objetivas se impone siempre el conformismo.

Cualquier cambio de la conciencia colectiva ha de tener en cuenta el denominador común de la personalidad humana: el orgullo. El orgullo impide el reconocimiento de nuestras propias limitaciones. El orgullo nos hace envolvernos en una bandera de causa única en un momento de la vida y pensar que nuestra verdad, que posiblemente posea muchas pequeñas verdades, es la única verdad.

Pero ese orgullo que se acentúa en las crisis y nos impulsa a levantarnos desde las derrotas y ganar lo perdido se ve frenado a nivel colectivo por el miedo a perderlo todo, y aquellas minorías que se consideran más preparadas para el cambio ven como sus planteamientos de aprovechar el orgullo individual de la experiencia para conformar una estructura social de cambio fracasa y aumenta la desesperanza.

Salvo excepciones exitosas, que las hay, al final queda el ser humano en su soledad, en su lucha propia por mantener su seguridad y dignidad.

¿Trae esta crisis la posibilidad de cambio a mejor? ¿Existe la generosidad de luchar ahora por un proyecto que nosotros no vamos a disfrutar, como quien siembra un árbol cuyos frutos sabe que no va a probar?

Hace cuarenta y tantos años los españoles de uno u otro bando se empeñaron en superar el miedo al otro y crear una democracia moderna y conciliadora, no para una sola generación, sino para superar pandemias fratricidas de siglos.

Entre sus fines, aunar sentimientos, imponer el respeto al adversario, democratizar la vida, la colectivización de valores, pero también situarnos frente al futuro con anticipación, pues siempre habíamos venido condicionados por el pasado, pues bien, esa democracia que tanto bien ha hecho en otros campos, en esta ocasión no ha sabido ni anticipar la pandemia ni crear de inmediato los medios para mitigarla.

Cualquier democracia moderna ha de tener previsto una serie de respuestas inmediatas a cualquiera de las amenazas que puedan surgir y a sus ciudadanos capacitados para ayudar.

Le hemos dado la razón a Platón que nos mostró como el mejor régimen de gobierno es aquel formado por la élite más preparada de la colectividad. En este caso han sido los asesores científicos, pero eso no basta en una verdadera democracia.

Si la pandemia sigue, la solución no es el confinamiento, sino educar al pueblo en la familia, en la escuela, en la universidad, para que todos seamos corresponsables en las decisiones.

Y tampoco puede justificar la pandemia la paralización de la vida política. ¿Qué política es aquella que elude el contacto con el ciudadano y la realidad común para sustituirla por una pantalla de plasma y una acción política virtual? ¿Qué pandemia justifica que nuestros sentimientos sean confinados y no podamos abrazar a nuestros seres más queridos y ocultarnos hasta de los vecinos de toda la vida?

Un virus, además, no puede paralizar el proceso urgente de salvar el planeta en que vivimos. La experiencia ha demostrado que el virus ataca más a los hombres que viven en colmenas, que es lo que el sistema siempre ha querido, y habrá que hacer un planteamiento más natural de la vida.

Hay que hacer, urgente, un plan de aprovechamiento de recursos, de decrecimiento racional y gradual para salvar el planeta y la especie, antes que el planeta nos lo haga a las bravas.

Ningún virus puede detener el progreso.

 

D. Casimiro Sánchez Calderón es presidente de honor del Partido Ibérico Íber y concejal-portavoz del Grupo Municipal Íber en el Excmo. Ayuntamiento de Puertollano.