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El pasado 15 de mayo falleció Juan Genovés, el pintor valenciano conocido, particularmente, por ser el autor de la obra «El abrazo», realizada en 1976, de la que derivó una escultura que luce en la calle Atocha de Madrid. El cuadro, actualmente, se exhibe en las paredes del Congreso. Todo un símbolo de la transición española.

La pintura de Genovés es, metafóricamente, la superación de la obra de Francisco de Goya «Duelo a garrotazos», realizada en 1823; año del fin del llamado «sistema político de la península»; de corte liberal, y marcadamente iberista. Cuestión que es ignominiosamente olvidada en los libros de historia; el carácter iberista, aclaro.

Sí, en 1976 se buscaba en España un «abrazo» esperado desde hacía siglos. Fue una intención que acabó cuajando poco a poco; culminando con la Constitución de 1978, pese a las secuelas del terrorismo de ETA, y el golpe de Estado de 1981. En Portugal, precisamente, en abril de 1976, se promulgó la Constitución; diluyéndose, así, la posibilidad de un enfrentamiento civil, y la hipótesis de un régimen comunista.

El abrazo, esa metáfora de la concordia, está prohibido, paradójicamente, por el estado de alarma y calamidad. Ciertamente, es alarmante y calamitoso no poder abrazar a un amigo, como también lo es, no poder hacerlo con el antagonista o rival.

En esta crisis estamos teniendo muestras abundantes de abrazos y garrotazos; poniendo en evidencia la naturaleza humana, siempre capaz de lo mejor, tanto como de lo peor.

La política española nos sigue ofreciendo abundantes «garrotazos», por lo que se ve con cierta envidia; admiración, e ingenuidad, el sosiego portugués.

Vox se ha querellado contra el Gobierno por imprudencia, con resultado de muerte. También ha sido muy triste ver a ciudadanos del centro de Pamplona realizar una cacerolada contra los soldados del ejército, que, jugándose su salud, realizaban tareas de limpieza en la ciudad navarra.

El mejor ejemplo de «abrazo», de los muchos que han existido, está siendo el agradecimiento unánime a los sanitarios, con los emocionantes aplausos de las ocho de la tarde en España, y de las diez de la noche en Portugal. La sociedad ha estado mucho más unida que la política. Pese a ello, aunque parezca increíble, en los momentos más duros de la pandemia, han llegado noticias de acoso, y de ataques a médicos y enfermeras, como posibles portadores del virus.

Infelizmente, hemos visto garrotazos muy desagradables en la política europea; principalmente, desde los Países Bajos, con burlas hacia el sur de Europa, y exigencias fuera de lugar, en mitad de una tragedia. Todo ello, compensado con un maternal «abrazo» de la presidenta de la Comisión Úrsula Von der Leyen, progenitora de siete hijos, que pronunció un emotivo mensaje de apoyo a los españoles.

El último, y muy esperanzador, abrazo europeo, viene del presidente francés, Enmanuel Macron, y de la Canciller alemana Ángela Merkel, que han mostrado esta misma semana, su disposición a crear un nuevo fondo de reconstrucción dotado con 500.000 millones de euros. Este dinero es un tercio del que se precisa, pero tiene la enorme virtud de ser una dotación presupuestaria, no un préstamo que eleva el déficit, e hipoteca el futuro.

En la política internacional hemos visto a Trump, aficionado a todo tipo de garrotazos, siendo beligerante con China. No obstante, la teoría conspiranoica de un virus creado en laboratorio contra Occidente, ha quedado descartada. Sin embargo, están pendientes muchas explicaciones por parte de China, en aspectos como por qué aviso tarde de la expansión de la Covid-19; cómo es posible una cifra de contagios y muertos tan baja, y, especialmente, cómo no evita el consumo humano de murciélagos. Aún así, es destacable que la propia China haya sido protagonista de un cálido «abrazo» en forma de ayuda, con envío de materiales sanitarios y de profesionales médicos, a varias naciones necesitadas. Un pequeño y «subdesarrollado» país como Cuba, también ha puesto su grano de arena; desplazando a sus prestigiosos galenos a Italia, y a otros países.

En nuestra amada península ibérica, estamos a la espera del abrazo anunciado por el jefe del Gobierno, António Costa, cuando se cerraron las fronteras. El cierre, sin haber tenido la sensibilidad necesaria con las particularidades de las eurociudades ibéricas, ha sido el garrotazo ibérico de esta pandemia. El manifiesto conjunto de todas las poblaciones afectadas, así lo expresa.

Llegados hasta aquí, hemos de tomar consciencia de manera dramática y definitiva. Esta enorme devastación que nos acecha, que nos confunde; este virus maldito, que hunde la economía; las expectativas, y el progreso, sólo puede ser combatido desde el «abrazo» del lienzo de Genovés; la metáfora de un entendimiento posible.

Necesitamos unir todas las fuerzas; españoles; ibéricos; europeos. Precisamos, en este momento, del patriotismo de la humanidad. Sin fisuras; con convencimiento. Debemos mantener firme la esperanza; guardar el garrote; pelear por el futuro. Superar el reto de la única manera posible: juntos.

Pablo Castro Abad es editor-adjunto de EL TRAPEZIO y licenciado en Ciencias del Trabajo