¿Principado andalusí de Évora? (I)

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En la Baja Edad Media quedó establecido institucionalmente que el heredero a la Corona de Castilla fuera designado como príncipe de Asturias antes de subir al trono, que el de Aragón se nombrara como príncipe de Gerona o que el de Navarra lo fuera de Viana. La tradición pervive, como sabemos, en la monarquía española actual. No existió equivalente en el ámbito territorial y temporal del que aquí vamos a hablar, la taifa de los Aftásidas de Badajoz en el siglo XI –esto es, época “plenomedieval”–, donde quedó inserta la ciudad de Évora. Así que respondamos ya contundentemente a la pregunta que titula este artículo: No. Sin embargo, a pesar de la rotunda negación, ciertas noticias referidas a aquel tiempo andalusí dibujan una estrecha relación entre la capital del reino –Batalyaws– y la urbe alentejana –Ŷabura– que asemejan una actuación “principesca” de esta última con respecto a la primera. Vayamos por partes.

Liberitas Iulia Ebora parece ser el nombre latino de la actual Évora. Sus restos romanos denotan cierta relevancia urbana en los primeros siglos de nuestra era: un templo dedicado al culto imperial (hoy conocido como “de Diana”) y centro del foro municipal, termas públicas (sitas en el interior de la Cámara Municipal), estructuras de domus datadas en torno al siglo III (adosadas a la muralla, en Alcárcova Decima), vestigios de un recinto amurallado o la cercana villa romana de Tourega, entre otros menos llamativos. Con todo, su importancia administrativa en el contexto de la Lusitania fue secundaria, es decir, en un escalón menor a la capital provincial –Emerita Augusta/Mérida-, a las cabezas de conventus iuridicus –la emeritense más Pax Iulia/Beja y Scallabis/Santarem– o a las consideradas colonias –las tres anteriores más Norba Caesarina/Cáceres y Metellinum/Medellín–. Esto cambiaría, no obstante, con el surgimiento de una sede episcopal eborense en la Tardoantigüedad, con su territorio eclesiástico dependiente (diócesis), sufragáneo a su vez de la metrópolis arzobispal de Mérida.

Imaginamos que Évora iría adquiriendo progresivo protagonismo en época visigoda debido a su rango eclesiástico –­aunque las informaciones sobre este periodo histórico escasean–, si bien continuó dependiendo administrativamente de Beja hasta que ésta última decayó en los primeros siglos islámicos. El registro cerámico intuye cierta continuidad de tradición tardoantigua en la arábigamente denominada Ŷabura durante los siglos VIII y IX. Su extensión urbana sería más o menos la misma que en época romana. El cambio viene a partir del año 913. Évora es destruida por el rey leonés Ordoño II con un resultado de 700 hombres muertos –entre quienes se encontró el gobernador Marwan Ibn Abd al-Malik–, más de 4.000 cautivos y la huida hacia Beja de parte de la población, entre ellos “una decena de notables” (tómense con cautela las cifras aportadas por las fuentes, siempre escritas con determinada intención). Acto seguido los Banu Marwan de Badajoz -aquí está la primera clave histórica- arrasan por completo el recinto amurallado con el objetivo de evitar que se asentaran tribus bereberes en la ciudad. Parece obvio que el ataque supuso un antes y un después urbano y poblacional para Évora.

Muy poco después, en 914/915, se reconstruirá la muralla y se repoblará por iniciativa de Sa’dun as-Surunbaqi, aliado de los Marwan badajocenses, en una planificada acción conjunta que abogaba por fijar un nuevo eje político-administrativo –Badajoz-Évora– que sustituía al antiguo eje lusitano –Mérida-Beja–. Téngase en cuenta que hasta quince años después la zona en cuestión no quedó subyugada al poder omeya establecido por Abd al-Rahman III, proclamado califa en 929 y quien conquistó la tierra semiautónoma de Badajoz en 930. A partir de entonces –época califal– se produce un notable crecimiento urbano en Évora con la aparición de un arrabal más allá de las murallas antiguas (Santa Mónica). Hablamos ya de una sociedad plenamente islamizada y arabizada. La cerámica es de importación cordobesa (verde manganeso). Se da comercio y relaciones de todo tipo con Badajoz, sede del gobernador de la Frontera Inferior de al-Andalus. Se reocupa el área del antiguo foro romano y es probable que la élite social eborense se asentase en los alrededores de la mezquita aljama (posterior Catedral). Existen dudas acerca de la existencia de una alcazaba en la zona de San Miguel. En torno a la actual Plaza de Giraldo se hallaba una necrópolis.

Resumiendo esta primera parte diremos que la dinámica histórica –social y urbana– de Évora no se rompió con la llegada de los musulmanes a la península Ibérica en el siglo VIII como ha creído tradicionalmente la historiografía de corte cristiano-céntrico. El hecho islámico sí produciría lógicos cambios en la sociedad lusitana, de igual forma que lo haría en su momento el poder visigodo que arribó en el siglo V, pero no mayor que la brusca ruptura que se vislumbra tras los acontecimientos relatados de inicios del siglo X. Entonces sí, para Évora y para toda la Lusitania, hubo un cambio. El referente provincial que había sido Mérida desde finales del siglo I antes de nuestra era se pierde, el referente territorial de Beja, también. En su lugar se erige ahora Badajoz como centro principal de la región lusitana, y de su mano correrá la historia de Évora, refundada tras el desastre del año 913. En lo venidero, una no se podrá entender sin la otra, como veremos.

Juan Rebollo Bote

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