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Este artículo viene después de mi último escrito, en donde hablo de las manifestaciones antirracistas que están recorriendo el mundo a causa de la muerte de George Floyd. Estas advertencias contra los extremismos deben ser aplicadas a todas las partes, ya que, con mucha pena, estamos cayendo en una auténtica «caza de brujas», en donde queremos borrar nuestra historia. Sólo en los últimos días, numerosas estatuas vinculadas a personas o hitos considerados colonizadores están siendo derribados o vandalizados. Realmente, existe una lista de estatuas que derribar. Todo esto, con un clamor cuasi terrorista, que nos recuerda a lo que hicieron los talibanes a principios de este siglo, cuando dinamitaron un gigante Buda.

Sólo aquí, en Portugal, la estatua del padre António Vieira ha sido vandalizada con tinta roja (aunque ya ha sido limpiada por el ayuntamiento de Lisboa), y también se está difundiendo una petición para derribar los dos monumentos arquitectónicos del país, la Torre de Belém y el Padrão dos Descobrimentos.

Este enfado puntual que tenemos con nuestra historia no es nada nuevo. De hecho, no hace mucho tiempo, la diputada no inscrita, Joacine Katar Moreira, propuso la devolución de los objetos culturales africanos a sus países de origen. Una historia que ha caído un poco en el olvido, pero que continúa dividiendo a los portugueses entre colonizadores y colonizados.

Esta relación, que roza el amor-odio, recuerda a la conversación que, a menudo, los portugueses escuchan sobre el oro de Brasil, y cómo el país fue saqueado por los malvados europeos. No digo que no sea verdad todo lo que ha sucedido, pero la historia forma parte de la cultura de un pueblo y, por desgracia, todo lo que está sucediendo no ha hecho ningún bien en la lucha contra el racismo o el fascismo. Todo lo contrario.

Una vez más, cualquiera que quiera hacer un pequeño esfuerzo y se informe sobre lo que ocurrió hace unos 100 años, donde tuvimos la gripe española y un período de inestabilidad que se tradujo en innumerables dictaduras y en una guerra a escala mundial, verá que también se sentía un agudizamiento del sentimiento de barricadas. Sólo que, en ese entonces, no había internet para la policía.

Hoy en día, todos somos activistas online, y las fake news y sus peligros son ampliamente difundidos. Así que, la verdad, es que pocas herramientas tenemos (al menos, en Europa), que nos ayuden a ver cuáles de esas noticias son verdaderas. Sin ningún tipo de barrera, las redes sociales han comenzado a tener un papel cada vez más político, en donde lo políticamente correcto tiene que imperar y, quien sea contra la moda del momento, será visto como racista (o peor).

Vemos lo que está pasando en Londres o en París, en donde hay barreras policiales y se divide a los manifestantes en contra del racismo y a los miembros de la extrema derecha (aunque no son los únicos), que quieren proteger estatuas, como la de Winston Churchill, de ser derribadas en esta caza de brujas que todos estamos viendo, y que está haciendo que los ánimos empiecen a calentarse.

Las protestas más agresivas que se están produciendo en estas ciudades, todavía no han llegado a la península ibérica, pero no es porque estemos en una zona de Europa que esté a salvo del crecimiento de los extremismos, tanto de derechas como de izquierdas. Aquí, en Portugal, todavía se hacen acciones en el silencio de la noche. Así ha sido como, entre las sombras de la noche, alguien ha hecho grafitis en muros de escuelas y de un centro de apoyo a los refugiados, con frases claramente racistas; un mantra adorado por los movimientos de supremacía blanca: «¡Portugal es de los blancos!».

Esta es la frase que se podía leer, pero también quiero traer a colación aquí el gesto que Bolsonaro, y algunos de sus partidarios, han tenido al beber leche. Esta simple acción, que se ha presentado como una mera forma de apelar al consumo lácteo, se percibe como algo con una connotación nazi y extremista. No sé si Bolsonaro es o no nazi (por mucho que piense que tiene algunas actitudes fascistoides), pero la apología racial no tiene ninguna lógica en países como Brasil, Portugal y España. ¿Blancos? No somos blancos. Nosotros somos del mundo, y el mundo está reflejado en nuestras poblaciones, compuestas por descendientes de emigrantes de las más variadas latitudes.

Incluso entre los europeos, los latinos somos vistos de otra manera en países que siempre consideramos como amigos y aliados. Debido a esta polarización, los portugueses en tierras de «Su Majestad» empiezan a temer por su seguridad, por si son atrapados por miembros de la extrema derecha, que señalan a los que hablan en cualquier lengua que no sea el inglés o que son un poco menos claros. Esto hace que buena parte de los portugueses entren en este grupo objetivo a sacrificar por parte de los racistas, que ahora salen de sus madrigueras como conejos después de 40 días hibernando. En vez de reposar los cuerpos y las mentes, estas han quedado más combativas, y ahora, el gran blanco a derribar es el statu quo. Y parece que nuestra historia ha quedado en medio, de modo que, esas imágenes que antaño «veneramos», ahora son los grandes objetivos a abatir en esta nueva guerra ideológica. Una guerra en donde ninguna posición será nunca 100% correcta. ¿Cuál es tu bando?

 

Andreia Rodrigues es licenciada en periodismo por la Escuela Superior de Comunicación Social de Lisboa (ESCS) y es una apasionada de todas las formas de comunicación. Contar nuevas historias y descubrir nuevas culturas es algo en lo que trabaja todos los días