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Los exiliados no somos gente de fiar. Al menos desde el punto de vista de los que se quedaron en España, ya sea por falta de oportunidad para marcharse, ya sea por una decisión consciente y un fuerte compromiso con el destino de su país. Ese estigma nos persigue cada vez que opinamos sobre algún asunto relacionado con la realidad española.

Poco importa que en algunos casos hayamos elegido la distancia precisamente para poder comprender y poder incidir con mayor destreza en las contradicciones de una tierra que nunca podremos abandonar del todo, una lengua en la que respiramos, pensamos y escribimos, y una Historia que nos define y nos habita y que de forma secreta y oscura prevé nuestros pasos.

Durante todo el siglo pasado Estados Unidos y México han sido destinos de nuestros intelectuales y nuestros artistas exiliados, que han trabajado con abnegación su sino de ser españoles irreconciliados e irreconciliables con el momento adverso que les tocó vivir.

La lista es inmensa y deslumbrante. Uno de ellos, el exquisito académico e hispanista Márquez Villanueva, discípulo de Américo Castro, quien fue profesor en la Universidad de Harvard, forjó el término “transterrado” para referirse a aquellos que perdidos entre dos países hacen del exilio una transferencia del complejísimo hecho hispano a esas nuevas tierras para poder trabajarlo, más allá de la paulatina pérdida de identidad hispana o una mera adaptación al país de acogida (que ofrecía generosamente un espacio sereno para sanar heridas vitales).

Nosotros, esos transterrados, asistimos con profundo dolor desde el otro lado del Atlántico a la situación política nacional, abocados ya inevitablemente a unas nuevas elecciones.

Porque los que nos consideramos de izquierdas vemos con algo parecido al espanto como la derecha nos espera unida con un discurso sólidamente retrógrado e ineficaz que ya de sobra conocemos y con la primicia (válgame el cielo) de VOX,  –con el que tanto PP como Cs negocian alegremente—, grupo que enarbola la promesa política de alzar la España más cañí, reavivar la tauromaquia, defender la honra y honor de los agresores sexuales, y a los que poco les resta para que empiecen a negar el Holocausto.

Y en el aparente polo opuesto, la retórica secesionista, falsamente de izquierdas, con un discurso xenófobo que con el señor Torra ha alcanzado niveles esperpénticos, y con cuyas perlas ya nos había venido deleitando el señor Jordi Pujol mientras se dedicaba a expoliar alegremente los fondos públicos durante décadas. Haciendo gala de un racismo exacerbado contra Extremadura y Andalucía en defensa de la superioridad de la raza catalana contra ese cotarro moruno e indolente de más abajo de Despeñaperros, quienes, según ellos, les roba. Curiosamente afines los contrarios, no hay que negarles mérito.

Pero en todo caso, no son ellos los causantes de esta catástrofe, aunque su presencia no nos alegre mucho el día.  Los representantes políticos de los partidos de izquierda son los que en la arena política española están desencontrándose con mayor destreza y están llevándonos con mayor atino al desaliento. Es en ellos en quienes la ciudadanía española ha puesto su confianza a través de las urnas, y en sus manos había recaído la tarea de asegurar y gestionar un programa viable de progreso para la sociedad española en su diversidad y totalidad.

Y este desbarajuste llega, además, en un momento sumamente problemático a nivel internacional, cuando la derecha está alzando la bandera de odio, de violencia, de muros (y eso lo vivimos diariamente en Estados Unidos con la locura de Donald Trump, con los tiroteos con víctimas mortales que pocas veces recoge la prensa, con los campos de concentración para inmigrantes) cuando están quemando el Amazonas, cuando los crímenes de violencia machista casi diaria nos asaltan en todos los países, y es tan importante una nueva construcción del individuo como ciudadano y como miembro de una comunidad plural.

Ahora que tanta falta nos hace una izquierda abierta, apolitizada en su mejor sentido, inclusiva, de encuentros y coaliciones, internacionalista, por encima de intereses de partido, con los valores de diálogo y tolerancia que la izquierda siempre ha defendido y que por los que muchos españoles han luchado y han muerto, parece que nuestros líderes no están a la altura de responsabilidad cívica de su labor, y a la altura del honor que esa responsabilidad confiere.

Quizá lo que les falta es perspectiva y deberían venirse unos años a hacer las Américas antes de volver a la vida política. Entre otras cosas le harán un favor al país, dejando paso a otras voces (que las hay) más sensibles a los intereses de esta España de izquierdas que les hemos votado y hemos confiado en ustedes, a los que ya nos tienen tan cansados, tan maltrechos, a los que nos han tenido en vilo durante meses bajo falsas expectativas de estabilidad y de futuro.

No se lo piensen. Aquí estamos los transterrados, los exiliados, los vencidos, los cobardes, los huidos, los que no supimos comprometernos, los que no somos de fiar. Se van a sentir como en casa, se lo aseguro.

Verónica G. Moreno es profesora en el Departamento de Español y Portugués de la Universidad de California en Los Ángeles y en el Departamento de Lenguas Modernas de la de Universidad Estatal de Montana – Bozeman (Estados Unidos)