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Durante la Segunda Guerra Mundial preguntaron a Winston Churchill si el esfuerzo bélico reduciría el presupuesto de la cultura, a lo que Churchill respondió: «¿y después porqué vamos a combatir?». Esta es la expresión precisa de lo que representa la cultura y la identidad para los hombres con horizontes amplios. En 1965 Oliveira Salazar propuso la frase «orgullosamente solos». Por estas declaraciones de Churchill y Salazar se adivina cómo serían sus respectivos países hoy en día: uno con sentido universalista que quiere estar presente en todos los continentes y en los «siete mares», y otro con el destino rescatado numerosas veces hasta la actualidad.

Portugal, en 2017, fue escenario de un acontecimiento que pasó casi desapercibido y que, sin embargo, puede ser la semilla de una nueva conciencia: «la Declaración de Lisboa». Una casa común donde caben todos los ibéricos de la Península, de América a África pasando por Asia. Son 750 millones de iberohablantes. 750 millones de almas unidas por aquello que distingue a los humanos del resto de los habitantes de este tercer planeta contando desde el Sol: un lenguaje verbal. 750 millones de personas que hablan las dos únicas grandes lenguas recíprocamente inteligibles. Esta es una gran ventaja que debe potenciarse. Un gran catalizador para mirarse entre si, descubrirse mutuamente y elevar la interrelación entre sociedades a un nivel nunca antes visto.

La Declaración de Lisboa, firmada por dos movimientos cívicos, uno español y otro portugués -que se consideran gemelos-, proponen un iberismo del siglo XXI como nuevo paradigma de entendimiento entre todos los iberohablantes oriundos de los cuatro vientos. Este documento habla de la Confederación de Naciones Ibéricas, entre los objetivos de las organizaciones representadas por sus signatarios. También menciona la «Declaración Iberoamericana de Salamanca» (2005) con el fin de difundir de manera recíproca y sistemática la enseñanza de las lenguas ibéricas. Habla de Cervantes y Camões. Habla del pasado: asume errores. Pero, principalmente, habla de comprensión, armonía y futuro.

Hoy en día, Portugal está dividido en relación con demasiadas cuestiones que pueden tener implicaciones futuras en la vida de todos: no sabemos exactamente cómo lidiar con el nuevo liderazgo en Brasil. Después de casi un año de nuevo gobierno, del llamado país hermano, su presidente aún no ha visitado Portugal. No sabemos muy bien cómo gestionar el «Tratado de Amistad de Comercio y Navegación», firmado entre Portugal e Inglaterra en 1810, frente al Brexit y nuestra necesidad actual de contentar Londres y Bruselas simultáneamente. No sabemos muy bien cómo lidiar con la vecina España que por un lado es nuestro mayor socio comercial, pero por otro es un vecino poderoso que puede comprarnos el «patio trasero» por el precio de una cena, hecho que nos atormenta sobremanera, aunque la mejor parte del patio trasero ya haya sido vendida y a precio de saldo.

La frase salazarista «orgullosamente solos» muestra que por Salazar el «patio trasero» estaría -en la actualidad- bien amurallado y sellado a toda prueba. Sin embargo, sabemos por la frase de Churchill «¿y porqué vamos a combatir?», que la cultura y el conocimiento son la razón para continuar. La Declaración de Lisboa valió la pena y tendrá una continuidad. Siendo todavía considerada como un borrador, la Declaración será futuramente perfeccionada. Ninguna persona u organización lo deberá hacer de forma unilateral. Debe ser el resultado de una acumulación de voluntades y consensos extendidos, emanados de la sociedad ibérica.

Con la «Declaración de Lisboa» los ibéricos tienen los cimientos de una casa común, donde el conocimiento mutuo sea anhelado por todos y donde todos tengan una fuerte razón para nunca dudar de la respuesta de la pregunta «… ¿Porqué vamos a combatir?»

Paulo Gonçalves es presidente del Movimiento Partido Ibérico