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Piensen que están mirando por una ventana, y que ella les presenta una vista que les «corta» la respiración. Puede ser el mar; el río; la naturaleza, o cualquier monumento. ¡La elección es suya! Sólo que después de haber pasado un tiempo admirando esta vista privilegiada; un auténtico lujo, se ven obligados a «despertar» y volver al mundo real; cerrar la ventana, y salir de casa para ir a trabajar (esto para los afortunados que siguen teniendo un sueldo fijo), o para buscar un «segundo empleo». Ahora que hemos hecho este pequeño ejercicio de imaginación, vamos a pasar a los hechos que, aunque este es un artículo de opinión, ¡la noticia está siempre presente!

La alcaldesa de Almada, Inés de Medeiros, comentó en una reunión online del grupo de trabajo del PS, mientras se hablaba de uno de los barrios populares, que las personas que allí habitaban tenían mucha suerte por la vista del Tajo y del Monasterio de los Jerónimos, y que fácilmente viviría allí. Hasta ahora, nada malo, aunque la alcaldesa ya se ha disculpado por esta desafortunada declaración.

Hay que tener en cuenta, que las personas que viven en este tipo de barrios no tienen las mismas condiciones que los demás ciudadanos; y son, a menudo, estas escasas condiciones las que crean una gran brecha social; haciendo que, veinte años después del inicio del siglo XXI, aún haya ciudadanos de primera y de segunda.

Cuando se habla de la Covid-19, muchos expertos señalan la falta de habitabilidad en las viviendas como uno de los principales puntos de transmisión de esta enfermedad, que puede ser muy democrática, pero que demuestra su crueldad cuando uno de los infectados tiene que hacer cuarentena en casa; quedándose aislado de su familia y amigos en una habitación sin baño propio.

Sé que para una persona menor de 40 años esta es una realidad incomprensible, pero recuerdo que, cuando era muy pequeña, iba a la casa que mis abuelos tenían en Barrancos, en donde el baño era un anexo que había fuera de casa. Esto en la casa donde creció mi madre, pues en la de mi padre el baño era un cubo muy grande, que conectaba con un espacio que también servía como bodega o lagar. Historias de hace más de 60 años, pero que siguen existiendo a las puertas de Lisboa y su aeropuerto. Historias donde las personas tienen que dejar a sus hijos durmiendo en los coches para asegurarse de que no son mordidos por ratas y otros animales.

El problema de la vivienda, ya que todavía hay mucha gente sin casa, o viviendo en condiciones que son poco mejores que las que vemos en las favelas o en los biondevilles por los que pasaron los portugueses en la década de los 60, no es algo reciente. Este problema se remonta décadas atrás, y podemos decir que la falta de ordenación del territorio comenzó con el regreso de los retornados y de otra población africana que se estableció en el país hace más de 40 años, y que es tan portuguesa como cualquiera de nosotros.

En el «nuevo Portugal» que se está debatiendo en el Parlamento, también se ha hablado de la cuestión social. Esta área y el SNS (Servicio Nacional de Salud), van a recibir unos 6.600 millones de euros. El dinero, por supuesto, siempre es bienvenido, pero estas personas, además de necesitar casas con el verdadero valor de esa palabra, deben integrarse; sentirse integradas. Lo que, a menudo, no sucede.

Para hablar del tema de la integración, no puedo dejar de referirme a la película «El fin del mundo», de Basil da Cunha, joven director portugués nacido en Suiza. En esta carta de amor a Reboleira, nos encontramos con una comunidad que vive intensamente entre sí, pero se encuentra aislada del mundo más allá de las puertas del barrio. Esta situación genera, muchas veces, prejuicios hacia las personas de este tipo de lugares, los «mitras» (si quieren recurrir al argot).

Son estas personas las que han salido, y siguen saliendo, todos los días de casa con más o menos miedo de una enfermedad silenciosa que amenaza con quitarles en cualquier momento el pan de la boca. ¿Se ha hecho algo por ellos? No hablo desde que comenzó la pandemia, hablo desde siempre; y, aquí, la respuesta es muy simple: ¡NUNCA! En las elecciones o cuando hay alguna acción policial es cuando se habla de ellos, y la mayoría de las veces es por malas razones. ¡Todos sabemos que el buen nombre y la imagen valen mucho!

La imagen, ¡de ella quería hablar! Desde marzo, nuestro mundo se ha sacudido; y, entretanto, la sociedad portuguesa está confundida, pero creo que todos teníamos perfectamente la noción de que, al menos en Portugal, nos encontrábamos ante una burbuja inmobiliaria que amenazaba con estallar en cualquier momento. La especulación inmobiliaria era algo que afectaba a todos, con estudiantes que eran obligados a pagar 600€ al mes por un apartamento que a penas daba para una cama y poco más (gastos no incluidos). Incluso la gente que ha estado viviendo en la misma casa durante décadas, pero son desalojados de un día para otro sin previo aviso, sólo porque el dueño de la propiedad quiere aprovechar la oportunidad de negocio que se le presenta.

Vivimos cada vez más en una sociedad donde la llamada del «vil metal» (dinero) vale más que la propia vida humana. Por ejemplo, tenemos el caso del propietario de un edificio cerca del mercado de Bulhão, en Oporto, que decidió incendiar el edificio para sacar de casa a la arrendataria de más de 80 años, y a sus dos hijos. La señora y uno de sus hijos consiguieron huir. El otro no tuvo la misma suerte, y actualmente este caso se encuentra en los tribunales.

Parece que nuestra vida se dicta cada vez más por haber tenido suerte o mala suerte al nacer. Nuestros padres, los mismos que vivieron los difíciles tiempos del «Estado Novo», fueron educados y nos enseñaron a creer que la educación es la clave para todo.

Con todo, si antes era difícil trabajar para vivir, ahora es muy difícil encontrar empleo. Al entrar en la mayor crisis jamás vista, portugueses y españoles corren el riesgo de quedarse con un puñado de nada, y una bella vista como recuerdo.

Enlace a la película de Basil da Cunha: https://youtu.be/NBv_SV0E2O0

Andreia Rodrigues