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«Bien sabes, oh Sancho Panza, vecino y amigo mío, como el pregón y banda que Su Majestad mandó publicar contra los de mi nación puso terror y espanto en todos nosotros; (…) Dondequiera que estemos lloramos por España, porque por fin aquí nacemos, y es nuestra patria natural»;

Ricote, el moro, en la segunda parte de El Quijote.

 

«¿Dónde estabas cuando los terroristas destruyeron las torres gemelas en 2001?». Preguntas de este tipo suelen reaparecer cada año, especialmente, a principios de septiembre. A ese amigo mío, americanófilo efusivo, le respondí que no me acuerdo; incluso me cuesta recordar lo que he comido en el almuerzo de ayer; y que, en realidad, el 11 de septiembre de 2001 tuvo como única (pero relevante) consecuencia en mi vida el surgimiento de un interés profundo y sincero por la cultura e historia del mundo árabe.

Ese amigo mío, nieto de un barbero sevillano, se escandalizó con mi respuesta, y replicó, en un tsunami de frases hechas y clichés, que los árabes son una amenaza para la civilización occidental y que la OTAN, de hecho, debería aniquilarlos cuanto antes. Me pareció extraña su reacción, pero estoy en una edad en la que, fuera del ambiente judicial, ya no me involucro en disputas. Sonreí, solté a regañadientes mi «desacuerdo», y me despedí; enumerando en silencio todas las grandes contribuciones que los árabes han dejado a Europa y América.

Al final de esa larga lista memorizada, sonreí otra vez al darme cuenta del extraño sentido del humor con que a menudo nos brinda el destino. El amigo con quien mantuve el diálogo es natural de Cantagalo (Río de Janeiro), tierra natal de Américo Castro, filósofo e historiador hispano-brasileño, estudioso de las relaciones entre moros, cristianos y judíos en la España medieval.

Américo Castro Quesada, nacido en 1885, hijo de inmigrantes andaluces que se establecieron en la zona rural cantagalense; el «señor que vino de Brasil», como en el futuro le llamarían sus alumnos, parecía incluso dispuesto a contrariar la suerte de tantos españoles llegados al noroeste fluminense, atraídos por los billetes de barco gratuitos y falsas promesas de fortuna y gloria. A los cinco años de edad, Américo viajó con sus padres a Granada, tierra donde el lacónico brasileño vendría a sacudir las bases de lo que se conocía como historia de la hispanidad.

Más importante que su vida personal fue la obra dejada por Don Américo. Entre 26 estudios y ensayos, destaca el libro «España en su historia», en el que Américo tomó como presupuesto que la contribución de los moros y sefarditas (judíos ibéricos) constituyó el punto decisivo para la construcción de la idea de hispanidad. Así, afirmó que ambas minorías, hoy vistas como exotismos extranjeros por los españoles, aportaron elementos necesarios para la construcción de la identidad española.

Estas ideas fueron refinadas en obras posteriores, especialmente en «La realidad histórica de España», donde surgieron los dos conceptos más famosos entre los creados por Castro: el de «morada vital» y «vividura». «Morada vital» como el hecho concreto de que había seres humanos ocupando la península ibérica. «Vividura» como la conciencia subjetiva de estar viviendo en la «morada vital».

La toma de conciencia de los españoles en cuanto a su residencia vital, según Américo, ocurrió en 711, año de la invasión musulmana de la península. La morada vital sólo se hizo visible por esta contraposición de «nosotros cristianos», contra «ellos, musulmanes». A pesar del conflicto, hoy se sabe que la expulsión de los moros ha tenido una repercusión desastrosa, incluso en términos demográficos, generando zonas aún no repobladas en el interior de España.

Los judíos, por otra parte, la casta preocupada por el pensamiento y la ciencia, fueron expulsados a través de la conducta asertiva y belicosa de los cristianos, lo que habría interrumpido, según Américo Castro, la continuidad de las actividades racionales y cognitivas en España. Por eso, a partir de entonces, los «pensadores» españoles pasaron a importar ideas de Francia, Alemania, y otros países europeos, ya que no lograban desarrollarlas «en casa».

En resumen, el español fue consecuencia de la proximidad, en algunos casos; y del rechazo, en otros momentos, entre las tres religiones o castas que coexistieron en los largos períodos de la llamada Edad Media: cristianos, moros y judíos.

Ahora, dirá el lector menos liberal, Don Américo era republicano; y, por tanto, «de izquierdas». «Y yo», proseguirá ese lector, «que no soy de izquierdas, no puedo tomar en serio una “doctrina” que intente justificar la coexistencia pacífica entre cristianos, judíos y musulmanes en suelo español».

Se engaña rotundamente el interlocutor que así lo piense. La administración de diferencias por medios no violentos es algo tan provechoso que incluso Franco, siendo indudablemente conservador, tomó medidas compromisorias para conseguir el apoyo de moros y judíos.

A título de ejemplo, en diciembre de 1936, nada más estallar la Guerra Civil, Radio Tetuán anunció a todo el protectorado español en Marruecos que el general Francisco Franco había preparado un barco militar a vapor para llevar trescientos musulmanes de Ceuta a Jedda, el puerto saudí donde desembarcaban los peregrinos que visitaban La Meca. Desde entonces, y hasta 1951, el régimen de Franco organizó y financió el «Hajj», la visita que todo musulmán debe hacer, al menos una vez en su vida, al santuario más importante del islam.

Frecuentemente, en el camino de regreso a sus hogares rifeños, los peregrinos visitaban Córdoba o Sevilla, donde el caudillo se reunía con los moros para intentar convencerlos de aceptar a Andalucía como la Meca de Occidente.

Para Eric Calderwood, profesor de la Universidad de Illinois, esto no fue sólo un método de reclutamiento de soldados marroquíes asignados a la Guardia Mora. Franco siempre ha apoyado la unidad cultural de Marruecos como parte del «Al Andalus», una especie de «vividura» (usando uno de los conceptos de Don Américo) en común, que desde la Edad Media unía a España y Marruecos. Así, «Al Andalus» fue una idea repetida hasta el agotamiento por el régimen franquista para justificar y fortalecer la presencia española en el norte de África, en una época en el que colonialismo francés buscaba «dividir para conquistar» a las poblaciones magrebíes, enfrentando a árabes contra bereberes.

Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, Franco ya no podía contar con el beneplácito de los regímenes totalitarios de Hitler y Mussolini. Así pues, empezó a cortejar insistente a las democracias occidentales.

En 1948, en una época en que el régimen sufría de aislamiento internacional, la propaganda gubernamental inventó el mito del «Franco salvador de los judíos», especialmente de los sefarditas.

Todo ello lo demuestra el Decreto-ley de 29 de diciembre de 1948, que reconoció la nacionalidad española a 271 judíos sefarditas que vivían en Egipto, y a 144 familias hispano-judías que vivían en Grecia. Situación que llevó a la diplomacia franquista a acusar de ingratitud al recién creado Estado de Israel, ya que el Gobierno israelí acababa de rechazar el establecimiento de relaciones diplomáticas con España, y había votado en la ONU contra el levantamiento de las sanciones de España para Israel. Pese a todo, el general Franco aún admiraba póstumamente a Hitler, aunque a escondidas.

De una forma u otra, lo que ha quedado demostrado es que relegar a las minorías étnicas a la persecución o al ostracismo, independientemente de la ideología del gobernante en el poder, es un mal negocio. Don Américo, profesor de la Universidad de Princeton, si hubiera estado en Nueva York durante los ataques del 11 de septiembre, habría lamentado la intolerancia de los terroristas. Después de todo, se naturalizó como estadounidense después de la Guerra Civil española. Pero le causaría mayor tristeza el desmoronamiento de tantas «vividuras», o sentimiento de pertenencia a una patria común, y la balcanización de las «moradas vitales» resultantes de la falta de empatía y de visión estratégica, a consecuencia de los atentados, ya sea en España, Brasil o Estados Unidos.

Danilo Arantes