1673: La conjura afonsino-hispánica por la reintegración ibérica

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Al vilipendiado y desterrado rey luso Afonso VI (1643-1683) quizá le faltara la ambición de un Napoleón en la Isla de Elba para volver al poder desde la muy relevante históricamente Isla Terceira en el archipiélago ibérico-macaronésico de las Azores. No hay duda que Afonso VI pudo protagonizar una vuelta épica al poder con el apoyo de sus huestes y de la Monarquía Hispánica en 1673, en un contexto de desgaste político del regente usurpador, su hermano Pedro II, que -para colmo- se había aliado y casado con su esposa.

Primero, el contexto. A pesar de los 28 años de guerra hispano-portuguesa entre 1640 y 1668, no será hasta 1715 que desaparezca la atmósfera política de una posible restauración de la Unión Ibérica de Coronas (1580-1640), incluso bajo dominio de un rey portugués. Esto se debatió en diversas cancillerías durante la crisis sucesoria española. Los Braganza llevaban sangre de importantes linajes españoles y eran preferibles -en algunos ámbitos- a la llegada de dinastías transpirenaicas. Al final, la geopolítica militar se impuso. La llegada de los Borbones a España cierra esa interinidad postibérica, aunque la política de matrimonios mixtos proseguirá como parte de una diplomacia defensiva de contrapesos y de carambolas dinásticas, siempre que las herencias fueran asumibles y beneficiosas, dentro de las restricciones geopolíticas de Inglaterra y Francia. No obstante, antes de ese cierre de 1715, ¿hubo alguna conjura «iberista» reseñable? Sí, la hubo.

En este artículo nos vamos a centrar en lo que nos cuenta David Martín Marcos en su obra “Península de recelos. Portugal y España, 1668-1715”, cuya investigación sobre fuentes primarias revela una política intervencionista ibérica de los Braganza, a veces con tintes hegemonistas luso-iberistas, a veces de tipo exclusivista para que definitivamente Portugal fuera considerado como un Reino soberano más.

Concretamente hablaremos de la conjura afonsista de 1673, que se alió con lo que quedaba del partido castellano en Portugal (sin olvidar a los exiliados portugueses en España y la simpatía de las autoridades españolas), para una hipotética -en última instancia- reintegración del Reino de Portugal en la Monarquía Hispánica. La conjura implicaba la liberación de Afonso VI de su destierro y la defenestración de su hermano Pedro II, el regente usurpador.

Claro está que este episodio de conjura hay que contextualizarlo en un primer momento de desafecto luso con la Monarquía Hispánica por reclutar a portugueses en las guerras europeas, de recelos de la política de Unión de Armas y de desgaste de una guerra de 28 años, pero también -tras la subida de impuestos “patrióticos” de los Braganza- de una cierta saudade -entre el pueblo y hombres de negocio- de aquellos buenos tiempos de la Unión Ibérica, a pesar de la continuada y letal ausencia de los reyes hispánicos en Portugal (especialmente de Felipe IV). No obstante, el ejercicio del poder de los Braganza, tanto de Afonso VI como de Pedro II, está basado en consolidar la restauración de la independencia portuguesa, con un juego de cesiones y equilibrios con Francia e Inglaterra.

Como describí en el artículo sobre Los cortesanos portugueses en el preludio, auge y caída de la Unión Ibérica de Coronas, la española Luisa Francisca de Guzmán, duquesa consorte de Braganza, fue quien empujó en 1640 a su marido a organizar el levantamiento independentista, sabiendo del amplio apoyo social. De la poderosa casa de Medina Sidonia, Luisa Francisca descendía de los reyes de Portugal por vía paterna y materna.​ Su abuela paterna era Ana de Silva y Mendoza, descendiente de Afonso Henriques, y su abuela materna, Catalina de la Cerda, lo era del I duque de Braganza, Alfonso. Era bisnieta de Ana de Mendoza, princesa de Éboli. Luisa Francisca de Guzmán nació en Huelva en 1613 y se casó con el Duque de Braganza en 1633. Por tanto, llega a Portugal ya con (casi) 20 años. El matrimonio había sido obra del Conde-Duque de Olivares, que quería impedir que Portugal se levantase contra la Monarquía Hispánica. Sin embargo, el resultado fue exactamente el contrario. En 1641 no mostró clemencia con los supuestos acusados del intento de asesinato de su marido.

El nuevo rey luso, el Duque de Braganza, murió en 1656, y durante la Regencia de la andaluza (1656-1662) consiguió victorias decisivas en varias batallas. Ella murió en 1666. En 1667, un golpe palaciego derroca a su hijo el rey Afonso VI de Portugal (con aparentes problemas psicológicos y sexuales), siendo desterrado, humillado y encarcelado en la Isla Terceira. Este golpe fue una conspiración de la reina (María Francisca de Saboya-Nemours), mujer de Afonso VI, y su hermano (Pedro II), que acabarían casándose (entre cuñados). En 1668 se firmó la paz peninsular con el Tratado de Lisboa entre Pedro II y Mariana de Austria.

En base al Memorial de Rafael de la Serna (Madrid, 10/04/1673, AGS, E, leg.4027, sf.), Martín Marcos, doctor en Historia Moderna por la Universidad de Valladolid, explica el clima tenso y cainita que se respiraba en Lisboa en 1673. El hermano del rey lo había destronado y confinado en una isla de las Azores. Existían rumores que preconizaban una violenta insurrección para liberar a Afonso VI de su cautiverio azoriano. Uno de los planes consistía, según cuenta el historiador Martín Marcos, en que un importante fidalgo portugués, con familia en España, “se presentaría en Cádiz con tres fragatas y haría público su deseo de salir a coso o bien servir en la armada española. Desde allí partiría hacia poniente y arribaría a las Azores aduciendo haber perdido algún mástil”.

Una vez en el archipiélago, con el apoyo del obispo de Angra, se estudiaría sobre el terreno la viabilidad de desencarcelar al soberano. En caso de éxito, se conduciría a Afonso VI “hasta Cádiz para que, desde allí y con el apoyo de los españoles, llegara hasta Lisboa. A cambio, se aseguraba, Setúbal y toda la provincia del Alentejo junto con los puertos del Algarve pasarían a manos habsbúrgicas. Lisboa y el resto del reino serían gobernados por don Afonso hasta su muerte para después ser finalmente heredados por Carlos II”, afirma el historiador basándose en el mencionado memorial. Otras versiones apuntan a que don Afonso una vez en España se casaría con la reina viuda de Felipe IV (segunda esposa), madre de Carlos II, la entonces regente: Mariana de Austria.

Las autoridades españolas conocían el plan. Habían tenido reuniones con los organizadores, pero guardaban una distancia hasta que hubieran hechos consumados. Existe un Parecer (memorial) del citado fidalgo portugués que fue entregado a Pedro Fernández del Campo, marqués de Mejorada (19/04/1673, AGS, E, leg. 4027, s.f.). Este parecer relataba una serie de apoyos de nobles lusos residentes en varias capitales europeas, así como la influencia positiva que todavía poseía -en la Isla Terceira (donde estaba confinado el rey)- Francisco de Moura Corte-Real (1621-1675), tercer marqués de Castel Rodrigo, último de la saga de los cortesanos luso-españoles, de la que destacan las familias Moura y Éboli (y que comienza con Isabel de Portugal). Francisco de Moura Corte-Real era nieto del matrimonio formado por la azoriana Margarida Corte-Real y el célebre lisboeta Cristóbal de Moura, el gran hacedor de la Unión Ibérica de Coronas y virrey de Portugal.

Cuenta Martín Marcos que, en Portugal, “entre los días 16 y 19 de septiembre [de 1673] se produjeron varias detenciones y el apresamiento de un navío en Lisboa cuyo objetivo era viajar a la Terceira para liberar a Alfonso VI”. “Había sido arrestado un fidalgo llamado Diogo de Lemos, responsable de la embarcación”, así como “el secretario de la Casa de Braganza, António Cabide, cuñado del obispo de Angra”, “el gobernador de Setúbal, Fernando de Mascarenhas; el veedor de la chancillería, Gaspar de Maldonado; su hijo, al cual se le encontró una carta del embajador de España; y dos sirvientes del hermano de Castelo Melhor, dos de Humanes, y uno de marqués de Nisa, que dejaron a sus señores en evidencia”. Lisboa quedó en estado de excepción. Nadie se fiaba de nadie.

Capturaron a un tal Jerónimo Mendonça cerca de la frontera. Varios conspiradores fueron ejecutados (colgados) en el Rossio. Curiosamente, pocos días después de la represión, el domingo 24 de septiembre, se produjeron varios altercados en la puerta de la residencia del embajador portugués en Madrid, el palacio del marqués de Gouveia, que quedó seriamente damnificado por las pedradas de una masa encolerizada. Nunca se supo si estuvo instigado por las autoridades españolas.

Temeroso, el usurpador regente luso Pedro II decidió, en 1674, y a consecuencia de la conspiración, traer a su hermano Alfonso VI a la Península y recluirlo en el Palacio de Sintra, donde murió en 1683. El Reino de Portugal, independiente, comenzaba a estabilizarse mientras que la última generación de altos cargos de la Unión Ibérica de Coronas se iría muriendo, y junto con ella, se desvanecía su recuerdo. No obstante, será con la Guerra de Sucesión española (1701-1714) y la llegada de los Borbones que se pondrá fin al debate “iberista” flotante; todavía existente por entonces en la atmósfera política peninsular. Dicho debate, por otro lado, ya estaba viciado por hegemonismos de uno y otro lado, un planteamiento alejado al muy equilibrado juramento de Tomar por parte de Felipe II.

 

Pablo González Velasco

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