Entre la ucronía grotesca y el justo recuerdo de Tenochtitlan en el Zócalo

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Antes de sacrificar al México hispánico en la maqueta del templo mayor en la Plaza del Zócalo en pleno 2021, habría que sacrificar al cinismo. Pensar en la conquista como una victoria unilateral y binaria, sin las alianzas de otros amerindios, ni la interpenetración de culturas que dio a luz al barroco hispanoamericano, nos lleva a una ucronía grotesca. Si la conquista no hubiera tenido éxito, el México de hoy -simplemente- no existiría, habría otra sociedad. Evidentemente, López Obrador no formaría parte de esa otra sociedad. Una vez producida la negación de una de las partes fundamentales de la formación histórica de México, la pregunta -para el presidente mexicano- sería: ¿No le gusta -en términos generales- su país actual? ¿Quiere disolverlo?

La guerra de narrativas entre ciudadanos iberoamericanos ha tenido su despliegue y cenit en Twitter, entre demagogias varias y acusaciones gravísimas, cuando se cumplían los 500 años de la caida de Tenochtitlan. Lo cierto es que los Gobiernos deberían propiciar un armisticio de narrativas (aunque el Gobierno español permaneció callado), porque lamentablemente parece que este asunto sí que afecta a las relaciones geopolíticas actuales en el espacio iberoamericano. Es necesaria una narrativa diplomática entre los países. Si no afectara al presente, no habría problema. Pero como afecta, hace falta crear una comisión mixta de historiadores para crear un relato común de mínimos, independientemente de lo que haga cada Gobierno por su cuenta o de las diferentes agrupaciones de cada país. La situación es lamentable porque México debería ser uno de los líderes de la comunidad iberoamericana, incluyendo a España y Portugal.

Defender la memoria de los pueblos indígenas es algo virtuoso. España puede y debe invertir en ello, pero también los gobiernos latinoamericanos deberían invertir en España para buscar parte de sus raíces. Hay que renunciar a un dogmatismo de la coherencia, para pasar a un relativismo compartido, como ya expliqué en el artículo Enrique Krauze y la historiografía de la comprensión intercivilizatoria.

México, al igual que el resto de países, debería convivir con todas las memorias de todos los ascendentes. Recordar y conmemorar Tenochtitlan es más que justo y necesario. Lo que no tiene sentido es despreciar la herencia hispana en su totalidad. Supone una automutilación cínica. Sólo el “éxito” de una integración total de los colonos blancos y sus descendientes en los trópicos, incluyendo a los inmigrantes, puede explicar que descendientes de españoles americanos hablen en tercera persona y no en primera persona de lo que hicieron “los españoles”. Esto es lo que ha hecho López Obrador, que ha calificado la conquista de “fracaso” y se ha comprometido a que no “volverá a repetirse”. Es cierto que toda persona tiene derecho a una completa ciudadanía en el presente sin imputarle las acciones de sus ascendientes, pero también es cierto que existe un hilo de etnicidad que tiene lógica y que si se maneja de forma moderada y plural da sentido a las vidas y a los países, dado que la reconciliación -con los padres y madres de la propia civilización- siempre es algo positivo para no haber convulsiones identitarias, complejos de inferioridad y desorientaciones geopolíticas. Lamentablemente esta es la realidad del espacio iberoamericano.

En 1990, el rey Juan Carlos lamentó, en México, los abusos que se cometieron durante la conquista. En 2015, el Papa Francisco pidió “humildemente perdón”. Finalmente, el perdón pedido por López Obrador ha sido ejercido por el propio presidente de México, que a la postre es el heredero del Virreinato de Nueva España y tiene trazos predominantes, personales, de españolidad. Por tanto, Obrador es un más que cualificado heredero del Imperio español. No obstante, el perdón ha quedado como un autoperdón de la blanquitud, incluyendo a los inmigrantes llegados en el proceso de políticas eugénicas. Esta blanquitud no es consciente que dentro de unas décadas esos discursos podrían despojarles de su ciudadanía por aquellos que sí tienen trazos predominantes indígenas. Creo que no llegaremos al punto de ver a Obrador haciendo sus maletas para volver a su ancestral Cantabria porque el mundo mestizo intermediará.

Si se establece oficialmente la ilegitimidad completa de la conquista y de la colonización en el plano político, esto sirve de base para nuevos proyectos políticos. El reequilibrio en el poder y la memoria es siempre bienvenido, pero sobre la base de un reconocimiento mutuo, y no de la exclusión de una de las partes. Acaba de nacer el proyecto de Evo Morales, Runasur, la Unasur de los pueblos indígenas para la creación de una América Plurinacional. Sin duda la superación de las fronteras nacionales en el espacio hispanoamericano es positivo incluso con un discurso hispanófobo aunque con una hispanidad implícita (escondida). Nada más importante para España que una Hispanoamérica integrada incluso en un único país. El problema no es Evo Morales, que más allá de su retórica, tiene objetivos más sociales que étnicos. El problema es que existe realmente un problema de racismo desde los tiempos de las reformas liberales, que se sumó al tradicional clasismo racializado hispánico. El problema adicional, en un futuro próximo, es que aparezcan movimientos supremacistas indígenas, una vez que los discursos decoloniales de la blanquitud les haya allanado el camino. No obstante, creo -nuevamente- que el mundo mestizo acabará intermediando y que, el problema más inmediato y urgente que debe unir a todos, junto con campañas antirracistas, es el desarrollo y la reducción de la pobreza y de la desigualdad en la región.

La hispanidad está presente en América en genes y cultura, y vale tanto para líderes españoles descendientes o los que tienen predominancia indígena. En el caso de los primeros llega a ser una situación embarazosa. Tan embarazoso como fue el momento en el acto del Zócalo, en que la simpática líder de los navajos, Jamescita Mae Peshlakai, la primera senadora indígena de Arizona, que reconoció también ser descendiente de conquistadores españoles, pidió disculpas por no saber español (intervino en inglés) y dijo que era veterana de guerra de la Guerra del Golfo. Poco después Obrador habló del fin de las ocupaciones militares. No era, sin duda, la mejor representación para el discurso del presidente.

Mientras ocurría esto en el Zócalo, una delegación de zapatistas, con una cantidad de representantes sensiblemente inferior por obstáculos del Ministerio de Exteriores de México, convocaron y participaron en Madrid en una manifestación a favor del pueblo español y en contra de la exigencia del perdón de Obrador, diciendo que “no fue una conquista”, en el sentido de que no fueron derrotados y sobrevivieron al proceso iniciado hace 500 años. El grito de “no fuimos conquistados” iba dirigido a Obrador. Continúan resistiendo, ahora contra la autocolonización del Estado mexicano, como consideran que implica el proyecto de Obrador del Tren Maya. Denuncian la tradicional hipocresía de una parte de la élite latinoamericana, que reivindica a los indios del pasado, como autolegitimación, pero detesta -en privado- a los indios del presente (o no hace nada por ellos).

Los zapatistas, que representan a pueblos originarios de raíz maya, hicieron un ejercicio de internacionalismo (en contra de la hispanofobia de parte del nacionalismo mexicano), juntándose con sus múltiples simpatizantes en España. El subcomandante Moisés del EZLN, en octubre 2020, afirmó “que hablaremos al pueblo español. No para amenazar, reprochar, insultar o exigir. No para demandarle que nos pida perdón. No para servirles ni para servirnos. Iremos a decirle al pueblo de España dos cosas sencillas: Uno: Que no nos conquistaron. Que seguimos en resistencia y rebeldía. Dos: Que no tienen por qué pedir que les perdonemos nada. Ya basta de jugar con el pasado lejano para justificar, con demagogia e hipocresía, los crímenes actuales y en curso: el asesinato de luchadores sociales, como el hermano Samir Flores Soberanes; los genocidios escondidos detrás de megaproyectos, concebidos y realizados para contento del poderoso -el mismo que flagela todos los rincones del planeta-; el aliento monetario y de impunidad para los paramilitares; la compra de conciencias y dignidades con 30 monedas.

Nosotros, nosotras, nosotroas, zapatistas NO queremos volver a ese pasado, ni solos, ni mucho menos de la mano de quien quiere sembrar el rencor racial y pretende alimentar su nacionalismo trasnochado con el supuesto esplendor de un imperio, el azteca, que creció a costa de la sangre de sus semejantes, y que nos quiere convencer de que, con la caída de ese imperio, los pueblos originarios de estas tierras fuimos derrotados. Ni el Estado Español ni la Iglesia Católica tienen que pedirnos perdón de nada.  No nos haremos eco de los farsantes que se montan sobre nuestra sangre y así esconden que tienen las manos manchadas de ella”.

 

Pablo González Velasco

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