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La humanidad está en estado de shock. La Covid-19 pone al descubierto nuestra fragilidad como especie. Nos creíamos los reyes de la naturaleza y un simple virus amenaza nuestra existencia colectiva.

Pero las personas somos inteligentes y estoy convencido que, más temprano que tarde, seremos capaces de superar este doloroso y trágico trance. Para hacerlo posible, no nos tenemos que aislar, nos tenemos que organizar.

¿Cómo? Movilizando y reconvirtiendo las empresas que puedan suministrar masivamente el material que es indispensable para frenar el avance de la pandemia: mascarillas, guantes, hidrogel, batas hospitalarias, respiradores, camas, material clínico para los cuidados intensivos…

¿Cómo? Dando apoyo financiero ilimitado a los científicos que están trabajando en la investigación de fórmulas paliativas para combatir la enfermedad o para encontrar la vacuna que la cure. En muchos laboratorios de todo el mundo ya se están ensayando y obteniendo nuevos medicamentos que dan resultados positivos en el tratamiento de la Covid-19 y que hay que socializar sin patentes ni fronteras, a medida que se confirme su eficacia.

¿Cómo? Mostrando toda nuestra admiración y respeto por el personal sanitario, las trabajadoras de residencias asistenciales y todos los empleados, públicos o privados, que están en primera línea en la lucha contra la pandemia.

El presidente francés, Emmanuel Macron, lo ha expresado de manera clara y es preciso que todos lo asumamos así: “Estamos en guerra”. En guerra por nuestra supervivencia y, muy en especial, por la de la gente mayor, la más frágil al contagio y que merece una atención digna y amorosa.

Los ciudadanos de a pie podemos contribuir de muchas maneras a ganar esta guerra. De un lado, siguiendo al pie de la letra las instrucciones y recomendaciones de las autoridades sanitarias. Del otro, auto-organizándonos para encontrar soluciones imaginativas y prácticas para resolver los retos que plantea la pandemia.

La soledad es un peligroso enemigo que tenemos que combatir. Hay que identificar a los vecinos y conocidos que pasan el confinamiento en solitario e interesarnos por su estado de salud y por sus necesidades vitales. Los jóvenes pueden crear comandos solidarios para proveer de alimentos a las personas aisladas y a las que tienen problemas de movilidad.

Las telecomunicaciones y las redes sociales nos permiten romper los muros y las distancias. Que las personas solas puedan hablar con alguien por teléfono, aunque sea un desconocido, es una terapia que tiene unos efectos psicosomáticos positivos. Tenemos que organizar grupos de “parlanchines” para interactuar con quienes la soledad les resulta un castigo suplementario.

De esta crisis podemos salir de muchas maneras. Nos podemos tornar todavía más egoístas y desconfiados, más xenófobos y hostiles. Podemos rendirnos y aceptar una organización política y social autoritaria, fundamentada en una implacable e hiriente represión y desigualdad. O podemos salir, con el arma del amor al prójimo, más empáticos, más solidarios y más sabios: sabiendo, asumiendo y priorizando las cosas realmente importantes de la vida (que no son el poder ni el dinero).

 

Jaume Reixach es periodista y editor de las publicaciones EL TRIANGLE, LA VALIRA y EL TRAPEZIO