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Subimos, de momento, casi 1000 casos diarios en contagio del coronavirus. En la tele habla Fernando Simón, jefe de Alertas Sanitarias, da los datos de nuevos contagiados, fallecidos y recuperados que, hoy, martes, 17 de marzo, ascienden a más de 11.681 y eso que todavía están por llegar los efectos de las irresponsables manifestaciones del 8 M, de las Mascletás de Valencia, de los conciertos, de los mítines, del fútbol, de los congresos celebrados el pasado fin de semana. El ánimo baja un poco al conocer el aumento.

La UME sale a la calle a patrullar. Todavía quedan ciudadanos que no están lo suficientemente concienciados. Pasean.

Algún bar se niega a cerrar y llega la policía con la orden de desalojo.

El domingo, se llenó la sierra de Madrid. Los expulsaron. ¡Qué poca cabeza tienen algunos!

El viernes pasado los madrileños salieron cual aves migratorias, en masa, hacia la costa y sus respectivos pueblos de nacimiento, lo que obligó a cerrarlos incluso antes de que se publicase en el BOE, la Ley de Alerta del país y la imposición de permanecer en casa.

El Gobierno debe definir con meridiana claridad los servicios mínimos. Se emiten imágenes del metro de Madrid con mucha afluencia de personas. Nula contención.

Las redes se llenan con el lema: ‘Así no, Madrid. Así no’.

Hablan de un problema puntual. Una avería en la línea de Méndez Álvaro. No parece.

Se desinfecta Atocha, los  Aves, las marquesinas, las cabinas. Mil agentes desplegados, gran labor. No serán suficientes.

La comunidad china regala mascarillas a Hospitales y Policía. Se acercan despacito, agachando la cabeza, casi con vergüenza les entregan cajas de material médico. Una muestra de la grandeza de su espíritu milenario.

Facultativos que después de maratonianas sesiones de trabajo duermen en el garaje, al lado de la lavadora, para no contagiar a sus familias.

Ópera, violines, saxofones, gaitas desde los balcones por un lado. Gritos en las ventanas a los que se saltan la ley y ponen en peligro a nuestros mayores, a nuestros abuelos, por el otro.

Comunican, a su vez, que otros países europeos comienzan de una manera muy laxa a tomar medidas. No se da coordinación. Ninguna conciencia real de unidad. De este modo, con la enorme insolidaridad de Alemania a la cabeza, que parece que ayer reaccionó, por fin. Europa se trunca, se pierde, se esfuma.

Inglaterra no toma medidas, se celebran maratones. Se diría que casi pretenden miles de infectados para tapar lo que sin duda será su crisis del BREXIT. A última hora de ayer Boris Johnson recula. Sigue siendo poco, mal y tarde.

Tenemos el modelo chino, el único  que ha resultado eficaz, aislamiento total. Quizás, sólo quizás, si seguimos su ejemplo se pueda contener en dos o tres semanas, si no el escenario puede variar y alargarse meses.

Las pérdidas humanas y económicas van a ser descomunales, sin duda, pero siempre serán menores si lo pillamos a tiempo.

Me duele la falta de previsión, de conciencia.

Me mandan imágenes producidas ayer mismo de una gran multinacional, en Valladolid, en la que los trabajadores están como todos los días. Bueno, como todos los días no, puesto que se oyen gritos de ‘irresponsables’ contra la gran fábrica que deshumaniza lo más sagrado, la vida, única e irreemplazable.

Avaricia que rompe el alma humana.

Hoy recordamos tantos años de recortes en sanidad. Liberalismo desbocado que araña hasta las últimas migajas de la mesa.

Una pastora de Asturias. Montañas, verde, salitre y mar. Mirada orgullosa, limpia, clara como el cielo que la cubre. Se enfada. Excursionistas en el Urriellu. Urbanitas sin escrúpulos. ¡Qué endeble la condición humana!

Se incautan mascarillas, se hace un llamamiento a ciudadanos y empresas que pudieran tener stock de material médico para que los entreguen. Avisan de que faltan equipos. Avisan de que si se dan demasiados casos juntos el sistema colapsará.

Avisan.

Avisan.

Palabras gordas.

Emiten imágenes de Benidorm en las que aparecen bandadas de muchachos ingleses en plena fiesta. Me entristece sobremanera tan poca solidaridad. Me pregunto si ello se debe a su corta edad o a la nula educación y respeto que muestran en nuestra querida Iberia.

Se cierran fronteras.

Las órdenes son de salir a comprar al supermercado o panadería, pasear al perro o ir a la farmacia, nada más.

El día se hace largo.

Lecturas en papel y en el móvil. Alguna realmente inesperada tanto por su calidad como por la vía por la que se hizo visible.

Gracias a Internet conseguimos mantenernos comunicados.

Aparecen sorpresas en forma de altruismo. Personas de todos los puntos de nuestra geografía ofrecen su tiempo, sus escritos, sus ideas. Se me encoge el corazón.

Todos los días, a las 20:00 h. se sale a las ventanas a aplaudir el esfuerzo del personal sanitario. Trabajadores que desempeñan su labor con lo mínimo imprescindible. Héroes anónimos que piden más medios, más concienciación, más responsabilidad.

La respuesta general de la ciudadanía es buena, aunque siempre con excepciones. Para ello se implementan multas. Pienso que no deberían ser necesarias, compruebo por mi misma que realmente es cierto que en épocas de crisis el ser humano es capaz de lo mejor y de lo peor.

Hay quien ayuda a hacer la compra a sus vecinos más ancianos mientras otros salen a montar en monopatín sin pensar en sus mayores. El grupo de riesgo más alto.

España en general y Zamora en particular albergan una población muy envejecida.

Son muchos en nuestras calles que pasan de los 80, 90 o incluso que llegan y sobrepasan los 100 años. Si enferman nuestros Hospitales se convertirán en verdaderos campos de batallas perdidas y San Atilano engordará hasta hacerse descomunal.

Se oyen sirenas a lo lejos, el sonido de la enfermedad, el chirriar de las gotas de sudor cayendo por la frente de los facultativos, el acompasado vaivén de un respirador, pasos apresurados sobre el suelo cristalino del Hospital.

El resto silencio.

 

Beatriz Recio Pérez es periodista, con amplia experiencia en La Raya central ibérica.