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Pocos saben que en Madrid existe un arco de 49 metros de altura, a poco más de un kilómetro y medio del Palacio de la Moncloa, que conmemora la vitoria de Franco en la guerra civil.

Dicho arco también homenajea la reconstrucción de la Ciudad Universitaria en los años cuarenta tras la guerra civil. El proyecto original nace en 1927 cuando el rey Alfonso XIII cedió la finca de La Moncloa para hacer una ciudad para la Universidad de Madrid, también llamada Central. En el arco se puede leer un trecho de una inscripción que menciona que “la inteligencia es siempre vencedora”. Lo que nos sugeriría un intento de sacarse la espina clavada por Unamuno.

El arco fue una pura operación de propaganda, dado que Franco fue el máximo responsable -en última instancia- de la guerra civil y, por tanto, de la destrucción de la ciudad universitaria. Franco no fue un doutor catedrático como Oliveira Salazar, sino un generalísimo fogueado en tierras norteafricanas. Sin embargo, en el periodo del desarrollismo franquista (años sesenta) hubo una apertura en términos de un acceso más popular a la universidad, apertura que no tuvo equivalencia en Portugal, que vivía instalada en una desviación permanente de recursos hacia las guerras coloniales. Tiempos donde el reformista Manuel Fraga tuvo éxito, mientras que su par portugués, Adriano Moreira, fue defenestrado.

En realidad, el proyecto de la Ciudad Universitaria fue asumido con entusiasmo por la Segunda República y la guerra civil impidió su inauguración conjunta. No obstante, sí que pudo inaugurarse el 15 de enero de 1933 la Facultad de Filosofía y Letras, por el presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, y el presidente del Consejo de Ministros, Manuel Azaña. El traslado de la facultad, desde la céntrica calle San Bernardo, coincidió una generación dorada de profesores llamada, por Julián Marías, «Escuela de Madrid».

En sus innovadoras instalaciones dieron clase: José Ortega y Gasset, Xavier Zubiri, María Zambrano, Ramón Menéndez Pidal, Rafael Lapesa, Elías Tormo, Pedro Salinas, Jorge Guillén, Claudio Sánchez Albornoz, María de Maeztu, Hugo Obermaier y Américo Castro. A este último, como homenaje, recientemente se le dio nombre al “Aula Histórica Américo Castro”, que reproduce fielmente un aula de 1933. Buena parte de toda esa generación dorada acabaron en el exilio. Por tanto, el arco -más que de la victoria- es de la derrota de la Ciudad Universitaria.

Entre los alumnos de la primera clase de la Ciudad Universitaria, en enero de 1933, estaba Julián Marías, que cuenta -en sus memorias- que el decano les dijo a los futuros filósofos que -por esa condición- asumirían en la vida un “voto de pobreza”. Los alumnos le ovacionaron. Y agregó el decano: “yo me hago cuenta de que gano 60.000 pesetas al año. Gasto 50.000 en lo que más me gusta: tocar el piano y leer libros de filosofía; y me quedan 10.000 para vivir”.

Eran tiempos de una revolución en el acceso de las mujeres a la universidad, que Marías recordaba con nostalgia por la belleza, la inteligencia y las “amistades intersexuales” que encontró en aquellos años. A lo que habrá que añadir un imborrable viaje de fin de curso por el Mediterráneo, del que Marías escribió el libro Notas de un viaje a Oriente. Un feliz crucero buscando las raíces de la cultura ibérica.

La Batalla de la Ciudad Universitaria duró desde el 15 al 23 de noviembre de 1936. El ejército español “nacional” de África se enfrenta al ejército español republicano del centro, a las brigadas internacionales y a la columna Durruti, quedando -después de la batalla- el frente estabilizado hasta el final de la guerra, simbolizando así la resistencia madrileña del “No Pasarán”.

Con la exhumación, la pesada losa – la histórica y la real – del generalísimo, cortada discreta y profesionalmente con radiales, ha sido levantada. Una vez superado el trance, se dio paso a una berlanguiana transmisión en directo con el último vuelo de Franco, que podría haber derivado: en un grotesco desplome del ataúd, o en un espectáculo tragicómico si los antidisturbios hubiesen hecho acto de presencia, aplicando un café cargado para todos, a base de pelotazos, porrazos y carreras, en el momento de la euforia de los nostálgicos mientras aterrizaban los restos mortales del dictador.

El balance final es que no ha tenido el gran impacto mediático internacional esperado para la mejora de la imagen de la democracia española, verdadero interés del Gobierno. Tuvo un impacto modesto, que tampoco es desdeñable.

Muchas familias anónimas, que sufrieron el franquismo, celebraron discretamente el acontecimiento. Sólo dentro de una década sabremos los efectos del levantamiento de la losa y si, este, fue un paso dentro de un conjunto de medidas para terminar de cerrar heridas, dar cristiana sepultura a los que no tienen y resignificar monumentos como ese arco, de la victoria para unos y de la derrota para otros, por el que pasa todos los días el presidente del Gobierno en su coche oficial.

Pablo González Velasco es coordinador general de EL TRAPEZIO y doctorando en antropologia iberoamericana por la Universidad de Salamanca