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Existen muchos espejismos en las percepciones históricas entre España y Portugal. Se suele decir que la República Portuguesa rompió con el salazarismo, y la monarquía constitucional española no hizo lo propio con el franquismo. Desde un punto de vista institucional parece un argumento impecable, especialmente por lo rupturista de la revuelta de izquierdas de los capitanes de abril ante el sinsentido de la guerra colonial.

No obstante, si analizamos la dimensión cultural veremos cómo la sociedad portuguesa siguió conservando la cultura aristocrática de los doutores, el conservadurismo católico y las formalidades clasistas, y, sin embargo, en España se vive una cultura más democrática entre clases sociales y géneros, un uso generalizado del tuteo y la Iglesia tiene menos audiencia (81% en Portugal, 66% España), producto de la revolución cultural de los años ochenta y probablemente de una cierta informalidad de la cultura mediterránea.

La idea del centralismo castellano, con una Castilla poblacional y económicamente vaciada, con excepción de Madrid, persiste como otro espejismo en Portugal, a pesar de que Portugal es uno de los países más centralizados del mundo. El centralismo lisboeta es de primera división, el de España, de tercera. España es un Estado prácticamente federal, con importantes excepciones como que los estatutos de autonomía se aprueban con leyes orgánicas y la escasa corresponsabilidad fiscal de las comunidades autónomas. Pero España también tiene elementos confederales como las haciendas forales, el amplio porcentaje del gasto público ejercido por las comunidades autónomas o las políticas autonómicas para apuntalar monolingüismos educativos.

Lo que sí ha faltado en España son visiones plurirregionales ibéricas, ejercidas con naturalidad desde Madrid: un espíritu federal de las Españas. En áreas monolingües españolas se ha tenido una visión también “confederal” de España, de compartimentos estancos, por falta de cooperación horizontal entre comunidades autónomas y por falta de oportunidades de aprender una segunda lengua ibérica en la escuela, así como de conocer la diversidad de culturas que formaron la identidad ibérica histórica. A veces en Portugal se piensa que España es centralista porque no se llama a sí misma como “federal” o porque la constitución española sólo reconozca el derecho de autodeterminación para el pueblo español, y no para subdivisiones internas.

Otro espejismo se basa en la percepción de los peligros de invasión entre vecinos. Tanto el perigo español, constituyente de la nación portuguesa, como el peligro portugués de ser la retaguardia inglesa, por la élite española, en una Europa permanentemente transgresora de fronteras, no justifica que perduren hoy viejos tabús o se inventen traumas históricos en la frontera más estable de toda Europa. El Tratado de Tordesillas generó un cierto equilibrio, con excepciones pactadas como el caso de España con Filipinas, o el caso portugués con el oeste de Brasil.

La presencia de tropas a uno y otro lado de la frontera no fue excesiva a lo largo de la historia. Hubo guerras fratricidas en Aljubarrota y Toro, o de las Naranjas, que quedó la Olivenza bicultural como testigo histórico, o guerras solidarias expulsando a los franceses de la Península en Arapiles y Vitoria, o la guerra de sucesión entre los Austrias y los Borbones (donde los portugueses apostaron por los perdedores a cambio de una franja de pueblos de La Raya en caso de victoria). El peor momento fue el de la invasión de la Península orquestada por Napoleón y la sumisión española, simbolizada por Godoy, con el eco de los gritos de los “¡Vivan las Caenas!” y el estruendo del derrumbe caótico del imperio español.

Hay que recordar que los liberales españoles estuvieron divididos entre los afrancesados y los liberales iberistas resistentes a la invasión francesa que, a pesar de las medidas modernizadoras afrancesadas de higiene pública, en términos netos, no valió la pena por el abultado pasivo en términos de destrozos del patrimonio público y de un desprecio contra el interés popular.

Rafael de Riego, protagonista del himno liberal español, himno oficial durante el trienio liberal (1820-1823), la primera y la segunda república, tuvo el dilema de qué orden reestablecer: si el del imperio, yendo a América, o el de la Constitución de Cádiz. Eligió el segundo. Aquel himno liberal curiosamente menciona al Cid y el origen del actual himno (Marcha Real), según algunas hipótesis, se ubica en Al-Ándalus, si bien el Cid no era tan “puramente” cristiano-godo como cuenta el mito. El Cid tenía una cultura ibéricamente mestiza.

El trienio liberal, que perdonó a los afrancesados, representó el mejor espíritu de la Constitución de Cádiz de 1812. Constitución que estuvo en vigor durante la revolución de Oporto de 1820 en Portugal. Muchos de estos héroes nacionales están en el Panteón de los Hombres Ilustres de Madrid, totalmente abandonado por la clase política española, que olvida la historia o la empeza a contar desde 1931, 1936 o 1978.

Enric Juliana recientemente afirmaba en Twitter: “Tres tentaciones españolas de invadir Portugal. La tentación monárquica de 1910 tras proclamarse la República Portuguesa. La tentación de Franco al entrevistarse con Hitler. Y la tentación de Arias Navarro en 1974 ante el cabreo de Kissinger por la Revolución de los Claveles”. Hay que subrayar que son tentaciones y no tentativas, como bien afirma el autor del tweet.

Existe algún tipo de misterio en la famosa tesina de Franco como cadete en Toledo sobre un plan de invasión de Portugal “en 28 días”, que siempre se cita el título, pero nadie muestra el documento. Posteriormente, Franco, gallego, desarrolló una gran admiración -no correspondida- por Salazar.

A pesar de estos espejismos, el episodio histórico de mayor intervencionismo, entre vecinos ibéricos, se produjo cuando Lisboa se convirtió casi en una capital del nuevo Estado Franquista, con la embajada de Nicolás Franco, el hermano del dictador, y la decisión de Salazar de enviar a España de miles de voluntarios portugueses: los viriatos. Un apoyo tan decisivo como el italiano o el alemán, desde el punto de vista logístico y de tener una retaguardia occidental garantizada. Evidentemente el pueblo portugués no debe ser culpabilizado por ello.

Salazar, además de anticomunista, odiaba a la República de Azaña, viejo iberista por su admirado Juan Valera. Azaña dio apoyo al Grupo de los Budas (exilio portugués), liderado por Jaime Cortesão. Y el dictador portugués hizo lo propio al acoger a Sanjurjo y, posteriormente, a Don Juan de Borbón. Por esas circunstancias históricas, el rey emérito español Juan Carlos I domina con fluidez la lengua portuguesa.

En esa geopolítica de espejismos ibéricos, tanto Franco como Salazar fueron monárquicos para España y republicanos para Portugal.

Pablo González Velasco es coordinador general de EL TRAPEZIO y doctorando en antropología iberoamericana por la Universidad de Salamanca