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Llegué al Reino Unido en 1999. Pocos éramos entonces los inmigrantes portugueses en la ciudad de Peterborough, pero con la entrada del nuevo milenio aumentó el flujo migratorio, y la comunidad portuguesa fue la primera en establecerse. Peterborough está localizada al norte de Londres, en la región conocida como East Anglia, donde existen numerosas empresas de producción manufacturera de transformación agrícola, que funcionan con mano de obra de miles de inmigrantes.

Al llegar a la ciudad  trabajé en una de esas fábricas, pero al poco tiempo conseguí empleos como coordinadora de educación y familias (de lengua portuguesa) y profesora de lenguas modernas, para mí el Reino Unido fue una tierra que me dio las oportunidades necesarias para mi desarrollo personal. Conseguí lo que vine a buscar.

El trabajo en fábricas llega a ser extremadamente duro. Demanda horarios muy largos, con unos salarios bastante contenidos y contratos de cero horas. Los contratos de cero horas consisten en que has de acudir a trabajar cuando te llaman, sin ningún compromiso de carga de trabajo por parte de la empresa. Tal vez debido a esta razón, los británicos no están dispuestos a trabajar en ellas y estos puestos son ocupados por inmigrantes.

Esta necesidad de trabajadores en la zona que atrajo a miles de ciudadanos de la Unión Europea, ha convertido a Peterborough en una de las ciudades con más diversidad cultural del Reino Unido. La economía se ha beneficiado y mantenido pujante gracias a esta abundante mano obra, pero ha generado un importante desajuste social: segregación entre comunidades de inmigrantes, presión sobre los servicios públicos, barreras culturales e idiomáticas y muchos otros.

Estos y otros desordenes sociales, han creado una situación de inestabilidad en la sociedad británica, lo cual provoca confusión y división social y política, que finalmente ha concluido en el Brexit.

La aprobación en referendum del Brexit tiene como resultado un sin fin de dudas, de recelos por parte de muchos de los inmigrantes que, como yo, han hecho de esta ciudad, de este país, su hogar.

Nos cuestionamos nuestro futuro, nuestros derechos: ¿existen garantías que nos puedan devolver la estabilidad? Ante la incertidumbre muchos son los que se sienten desanimados, y no pocos deciden regresar, aunque no hay garantías de una vida prometedora de vuelta a la península.

Volver a Portugal significa volver a salarios bajos, en muchos casos significa tener que cambiar de profesión, buscar un alojamiento. Las dificultades y los riesgos pueden ser mayores a los de permanecer en el Reino Unido, país en el que hemos tenido hijos y hecho nuestras vidas.

Dejar atrás la vida en Inglaterra suele acarrear también la necesidad de vender lo que se tiene, con la vivienda como principal patrimonio. Es un proceso difícil. Tener que vender significa tener que aceptar las ofertas que lleguen. En el actual contexto económico significa vender barato.

Otra posibilidad, por la que una minoría está optando, es la de probar suerte en otros países de Europa tales como Francia, Bélgica, u Holanda. Es una alternativa tan complicada o más que la de volver a Portugal, pues implica aprender otro idioma y una nueva adaptación cultural.

En 20 años hemos pasado, de tener en el Reino Unido una posibilidad cierta de desarrollo personal, a estar abocados a una situación de inestabilidad e incertidumbre.

Sin embargo y pese a todo, cada día llegan emigrantes, provenientes de Portugal y de sus excolonias, algo que me hace pensar que el Reino Unido aún sigue teniendo cierto atractivo para muchos. No sabría explicar el porqué. Quizá sea por la inercia de décadas emigrando a las islas, o por una sintonía especial con el Reino Unido, o por la ingenuidad de pensar que todo volverá a ser como antes cuando, pese a las dificultades, muchos conseguíamos labrarnos un futuro en esta isla.

Sandra Ringler es experta en intervención en guerras y conflictos.