Español Portugués, Portugal

Un perspicaz hispanista –género que aún anómalamente perdura, como si alguien siempre tuviese que explicarnos a los españoles nuestra propia historia– como fue Gerald Brenan, instalado en los años veinte en las Alpujarras granadinas, pudo describir a España, a propósito de su Guerra Civil, como un laberinto en el cual sobresalía el carácter indómito de sus ciudades y pueblos. Es cierto que el peso de lo local es muy grande en la conformación española, y con él el genio del lugar, que tiene desventajas, pero también ventajas innegables. España, por esta misma razón, para el pensador Ángel Ganivet, autor del Idearium español, no dejaba de ser un agregado de pequeñas repúblicas, las cuales debían de dar héroes a la patria común para engrandecerla.

En medio de todo ello, Madrid, y su designación como capital de la España peninsular e imperial en 1560/61, a ochenta años de la separación de Portugal, del intento de emancipación de Cataluña y del supuesto de Andalucía, en 1640/41, no deja de tener su miga. Nominada a capital por un Habsburgo, Madrid no pudo quitarse de encima la impronta de esta dinastía, con el epítome de su atmósfera pesada, encarnada en Felipe II, de cuya vera huyó el futuro emperador Rodolfo II de Habsburgo, para llevar una vida menos asfixiante en Praga.

El catalán Agustín Calvet, alías “Gaziel”, en su libro Portugal lejano dejó sentenciada la diferencia entre Lisboa, Barcelona y Madrid. Llegando de Madrid a Lisboa, y reconociendo que la capital española “es hoy una de las capitales secundarias más bellas de Europa”, pasa directamente al ataque: “Sin embargo, por más que hagan los hombres, no podrán nunca borrar la diferencia enorme que separa la una de la otra. Madrid ha sido, es y probablemente será siempre, una capital de fundación artificial, sin vida propia y situada en un paraje absurdo, en medio de una estepa; de todas las realidades geográficas la más desolada del mundo, descontando tan sólo los verdaderos desiertos”. Y acaba por clavar decididamente la daga: “Mientras Lisboa es toda ella una capital natural, como lo son también Sevilla y Barcelona. La capital natural no tienen nada que ver con la capital política”. Esto lo escribe en 1960, en el cuarto centenario de la capitalidad madrileña. También trae a colación en apoyo a Lisboa y su viveza la orientalidad de esta; una orientalidad que se pone por horizonte el Extremo Oriente más que el mundo islámico.

En el otro lado, Federico Carlos Sainz de Robles, en 1932, recién proclamada la Segunda República, fuente de esperanza para la españolidad, escribe un pequeño libro titulado Por qué es Madrid capital de España. Se pregunta por lo motivos ignotos de Felipe II para abandonar la capital del reino medieval de Alfonso X el Sabio, Toledo, y con ello el concepto cultural de la España diversas, marcado por el mudejarismo: “¿Aversión filipina la ciudad? La defectuosa topografía de ésta, dique irrompible a todo conato de ensanche, comodidad o mejora? ¿El rescoldo comunero –llama tan palpitante, como fue allí– contra los Austrias (…) ¿La insalubridad del clima? ¿La soberbia regia de, acaso, no medrar en inmortalidad en recinto, ambiente y fórmulas en que medraron esclarecidos antepasados suyos (…)? ¿El rigor de un crudísimo invierno?”. Todas las descarta y se queda sólo con una: la construcción de El Escorial. Este era un proyecto entre místico y utópico, con algo de alquímico, surgido a la vez de la imaginación y del sentido práctico del monarca.

Pero también existen otras causas para levantar en aquella estepa, una capital de España, que aún siendo de antigua fundación, no era hasta entonces más que un villorrio más. Una de ellas era la abundancia de fuentes de agua de “aguas gordas y finísimas”. Las razones de orden económicas también se han prodigado, sobre todo en lo referente a la población que había de tener dicho enclave, y las necesidades del imperio. A los motivos económicos, quizás el más destacado y banal el de la recogida de impuestos, habría que añadir el tercero, llamado por Sainz de Robles, “función cardíaca”, consistente en ser el corazón geográfico y equidistante de los estados ibéricos, en trance de convertirse en un solo Estado hispano. Una península de ciudades –quizás menos en Portugal–, tenía que tener bajo vigilancia los poderes municipales, muy propicios a hacer valer sus derechos. Se quería sustraer Madrid a “las rivalidades –ya históricas, ya historiadas– de los reinos”. Amén de ello desde el centro geográfico se auscultaban, mediante una sofisticada red de espionaje y de enclaves militares, las fronteras con el Magreb, refugio del enemigo histórico. Empero, con todos estos datos, Sainz de Robles, sostiene que Madrid no se afirma como capital hasta el levantamiento del 2 de mayo de 1801, cuando se alza con el llamado de la “nación”.

El verdadero madrileño se dice que tiene que comer con fruición, hasta el fanatismo, las “gallinejas”. Sobre qué son las gallinejas hubo cierta controversia, que finalmente la Real Academia de la Lengua Española, decantó afirmando que son tripas de cordero fritas. A fe mía que visité uno de los más castizos locales que sirven este manjar madrileño. Un fuerte olor a sebo impregnaba el ambiente. Cambiando de tercio, aunque no de ambiente: cuando hacía el servicio militar en la capital de las Españas, a finales de los años setenta, soñaba con acudir a la calle de la Libertad, donde algunos bares y cafés, y sedes de partidos de izquierda, nos permitían respirar algo en la intoxicada atmósfera de la ciudad. Una atmósfera que procedía del fin de la guerra civil. Arturo Barea describe en la tercera parte de la La forja de un rebelde cómo fue la vida cotidiana durante la batalla de Madrid, y el lector queda encandilado por una ciudad vivísima a pesar de estar en estado de sitio, que no volvió a resucitar sino cuando llegó la movida de los ochenta, aunque quizás sólo en apariencia. En aquellos años, que ahora se nos antojan muy lejanos, recuerdo que se promovía un eje Madrid/Lisboa/Barcelona. Desaparecido el tierno-galvanismo de Madrid, nunca más se volvió a hablar de aquel eje benefactor que hubiese transformado las relaciones ibéricas, y que ponía a cada cual, en su sitio, federalmente hablando.

En Barcelona el tardofranquismo fue, por la razón que fuere, mucho más suave que en Madrid. Ello permitió la emergencia de un renacimiento cultural y editorial de amplias consecuencias. La cultura libertaria tuvo allí su máxima expresión cultural, de la que da cuenta insistentemente mi amigo Pepe Ribas, creador de la revista contracultural Ajoblanco. El nacionalismo de cortos vuelos, sin embargo, en los últimos quince años ha ido cercando aquel cosmopolitismo abierto al mundo, acabando con los aires libertarios de los barceloneses. Recuerdo dos experiencias. Casi coincidiendo con la primera gran diada del independentismo, la de 2012, llegué a Barcelona un 12 de diciembre. Estaba almorzando en el Raval, ajeno a lo que ocurría a mi alrededor, porque acaba de llegar de Italia, y desconocía la dimensión de los acontecimientos ocurridos un día antes, con una multitud independentista en la calle. Dos sujetos hablan en voz alta cerca de mí, haciendo gala de un desmedido odio antiespañol. Pensé para mis adentros, y así lo manifesté a mis acompañantes, que menos mal que aquello era marginal en Barcelona. Cuál no fue mi sorpresa cuando en el café posterior tomé prestado un diario y me quedé atónito al ver la manifestación del día previo. Me tuve que tragar mis palabras. Otro día, quizás un año después, pregunté en una vieja librería en el casco antiguo de Barcelona si tenían algo sobre “iberismo”. La dependienta desconcertada preguntó a su vez al dueño, que estaba en el interior: ¿qué es el iberismo? No era posible que aquella mujer, que se veía habituada a lidiar con los libros antiguos, que no hubiese oído hablar de iberismo, en una de las principales patrias del mismo. Algo estaba fallando.

Empero, si la fuerza de la razón humana levanta proyectos en medio de desiertos –Dubái–, selvas –Brasilia–, cenagales –San Petersburgo–, u otros medios hostiles, y tienen éxito, Madrid puede exhibir una exitosa realidad, tanto como las “naturales” Barcelona, Sevilla o Lisboa. Quizás menos agraciada por la geografía, cierto, pero una realidad imperativa. Realidad, no obstante, que hoy solo tiene sentido más en el marco peninsular en cuanto principio generosos y cooperante de federación. Cualquier proyecto de ibericidad futura, el único viable a la vista de la historia reciente, tendrá que tener presente que la rehabilitación del eje Lisboa-Barcelona-Madrid es esencial para pensar Iberia ante el siglo XXI.

José Antonio González Alcantud es catedrático de antropología social de la Universidad de Granada y académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Premio Giuseppe Cocchiara 2019 a los estudios antropológicos