Español Portugués, Portugal

Si hoy existe algún desconocimiento, o incluso, en algunos momentos, miedo entre dos países vecinos y hermanos… Si seguimos guardándonos rencor unos a los otros… Si seguimos con miedos derivados de la excesiva influencia cultural o de la corrupción oportunista que existe, muchas veces, entre nosotros… Si seguimos buscando cosas que reprocharnos unos a los otros; hablando de suposiciones como la repetida amenaza de anexión violenta de Portugal por Castilla; del Ponte da Ajuda (Puente de Ajuda) detonado; del escudo portugués fusilado en Olivenza, o de los «viriatos» portugueses que contribuyeron a matar a españoles durante la Guerra Civil española… Gran parte de todo eso es consecuencia natural de coexistencia de dos dictaduras fascistas en la península ibérica en el siglo pasado. El fascismo, por naturaleza, es la exaltación de lo que es nuestro, y el rechazo de todo lo que es ajeno: las dos dictaduras ibéricas, para construir cada una su identidad, tenían que definir un enemigo; con lo cual, pasaron aproximadamente, cincuenta años apuntándose con el dedo una a la otra. De hecho, podría decir que «identidad» es una de las palabras más peligrosas que conozco.

No me corresponde a mí hablar de comunismo, y mucho menos promoverlo, pero es cierto que, por todo el mundo, han existido (o todavía existen) regímenes fascistas y comunistas por los cuales millones de seres humanos han pagado el precio más alto. El comunismo tuvo su papel en la Revolución de los Claveles de 1974, sí. ¿Habría dado origen a otro régimen comunista cruel, que torturase, persiguiese y matase a su propio pueblo? No lo sé. Los portugueses comunistas del año 2020, ¿son malvados sólo porque otros comunistas en otras partes del mundo han cometido atrocidades? No, y sería injusto afirmar eso, aunque consideremos el hecho de extremar posiciones político-partidarias a la izquierda, y los sucesos en el periodo del PREC. Es una cuestión que requiere de conocimiento un histórico por ser un contexto específico dentro de la revolución portuguesa, pero, sin el impulso comunista, no podríamos ser hoy una democracia.

Por otra parte, si el comunismo hubiese ido demasiado lejos, también se habría convertido en un régimen opresivo. Dicho esto, yo no veo a los comunistas modernos como opresores en potencia. Agradézcase, por tanto, el papel que el comunismo desempeñó en la Revolución de 1974, pero sin olvidar que no se podría disculpar un comunismo que, para salvarnos del fascismo, causase guerras, matanzas sistemáticas y la opresión de personas inocentes.

Pero lo que para mí realmente no tiene ningún sentido es: si es cierto que el comunismo conlleva, en cualquier, país ese posible peligro de tortura, persecución y opresión; si por esa razón los fascistas rechazan el comunismo, entonces ¿cómo es que se puede desear el regreso del fascismo que, visiblemente, ha causado esa violencia; esa tortura; esa opresión? Si se ha visto que eso, de hecho, ha pasado en Portugal y en otros países, ¿por qué traerlo de vuelta? Desear el fascismo para rehuir del comunismo es beber veneno y querer que otra persona se muera. Ojo, no quiero decir con esto, que aquellos movimientos comunistas que han causado muertes en otras partes del mundo quedan perdonados por todo el sufrimiento que han causado. Lo que sí quiero decir, es que hoy nos enfrentamos todos a un peligro muy real, y es el oportunismo de quien promete, de izquierdas o de derechas, «salvarnos a todos»; y después, lejos de cumplir con esa promesa, no hace más que dejar un rastro de sangre inocente. La polarización del pueblo, eso sí es el verdadero peligro.

¿Cómo se articula la cuestión ibérica con la Revolución de los Claveles? La cooperación entre nosotros es una oportunidad propiciada por la democracia, y espero, también, que sea potenciada por las lecciones del pasado. El fin del fascismo en Portugal casi causa una guerra civil. Por suerte, eso no pasó. Aprendamos la lección. Fijémonos en el sufrimiento de las excolonias africanas; los veteranos portugueses que regresaron traumatizados, o las atrocidades cometidas durante la Guerra Civil española. Los portugueses y los españoles debemos aprender unos de los otros; de los horrores; de los tabús.

Permanezcamos vigilantes; atentos a los oportunistas totalitarios en cualquier parte del mundo, ya sean de izquierdas o de derechas, que prometen «estar siempre a nuestro lado» y «defender a los ciudadanos de bien». Un patriotismo autoafirmado que no sólo esconde codicia, sino también un odio; un deseo de apuntar con el dedo a enemigos y, literalmente, matar a personas inocentes, compatriotas o extranjeros, para aferrarse firmemente al poder. No hablo solo de España y Portugal, me refiero a todo el mundo. Cada uno de nosotros, que haga por sí mismo una reflexión e intente comprender quiénes son esos individuos. No les perdonemos la búsqueda de chivos expiatorios para evitar asumir la responsabilidad de sus propios errores; no perdonemos, mucho menos, el odio en cualquiera de sus formas. Rechacemos abierta y terminantemente a quienes no renuncien explícitamente a la violencia, y quienes, visiblemente, dividan al pueblo contra sí mismo. Rechacemos todos aquellos ideales políticos que sólo pueden ser logrados mediante las armas, la tortura y la sangre inocente. Repitamos el lema del 25 de Abril como una de las lecciones que hemos de recordar: «Fascismo Nunca Mais. 25 de Abril Sempre» («Fascismo Nunca Más. 25 de Abril Siempre»); con el espíritu libertador que aquella fecha representó en su tiempo, y que representa todavía hoy, y siempre, para la sociedad portuguesa.

João Pedro Baltazar Lázaro