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La crisis económica que ha originado la covid-19 es de características incomparables. Todos nos hemos tenido que confinar en casa, y la duración del encierro está siendo tan larga, que ya se habla de síndrome de Estocolmo; de aquellos que temen volver a salir a la calle cuando el desconfinamiento llegue.

Los países del sur; España; Portugal, o Italia, con una alta dependencia del turismo, y sobre los que pesa un gran endeudamiento, están en una situación dramática. La dimensión de esta crisis aún no se percibe en su totalidad.

Después de la ilusión de seguridad psicológica que nos ofrece el encierro va a venir una fuerte depresión, ante la dura realidad de falta de empleo; acumulación de deudas, y la necesidad de mantener medidas de alejamiento social.

En esta tesitura, los gobiernos tienen la palanca para propiciar el resurgimiento. En nuestra realidad económica es el Gobierno colegiado de la Unión Europea quien tiene los mecanismos para afrontar la situación.

En mi anterior artículo, explicaba que la red de seguridad aprobada por el Eurogrupo, con préstamos de hasta 550.000 millones de euros, es claramente insuficiente. La creación de dinero, argumentaba, es el camino más adecuado para enfrentar la situación.

He podido constatar que esta solución de emitir moneda es un auténtico tabú, no solamente en las instancias económicas europeas, pese a que Reino Unido y Estados Unidos están recurriendo a ello sin disimulo, sino en buena parte de la población.

De alguna manera, se entiende que crear dinero es una medida de países poco serios, como Venezuela, o que supone una opción de derroche. A algunos le viene a la cabeza un gobierno regalando el dinero a personas poco trabajadoras, cuando ellos han de esforzarse cada día para obtener sus ingresos. No tiene que ver con nada de eso; crear dinero en el escenario actual, es poner a funcionar la capacidad productiva de los países.

Ante la imposibilidad de poner a funcionar la máquina del dinero, por los tabús y prejuicios enquistados en el alma luterana, e inoculados a la opinión pública, España ha propuesto establecer un fondo de recuperación de 1,5 billones de euros, a través de deuda perpetua.

La deuda perpetua es un tipo de endeudamiento en el que el deudor decide cuando paga; sin vencimientos, y por la que se van abonando sólo los intereses. Los intereses, al menos, en parte, se pagarían con nuevos impuestos verdes de alcance europeo.

La buena noticia es que la deuda perpetua se ha acogido bien en los círculos económicos; habiendo recibido un favorable editorial por parte del Financial Times. Pero lo más importante ha sido la buena valoración realizada por el Consejo de Europa, reunido el jueves 23 de abril.

Esta crisis tiene unos fundamentos inéditos, ya que está motivada por un único acontecimiento puntual. Se trata de una especie de agujero en el tiempo, que económicamente podría encapsularse y lanzarse al espacio exterior, fuera de la órbita terrestre, en una deuda perpetua que podría condonarse en el futuro.

La reunión del Consejo de Europa, el verdadero lugar de las decisiones, ha conseguido el avance de aprobar un fondo extraordinario de recuperación, pero, una vez más, no se ha concretado cómo se financiará. En su cuantía puede haber más consenso, en torno a los 1,5 billones de euros que la Comisión, presidida por la alemana Ursula Gertrud von der Leyen, ya ha planteado. El compromiso alcanzado incluye la presentación de una propuesta concreta en mayo. El acuerdo final no se espera para antes del verano.

Tenemos un pequeño avance real que, no obstante, está acompañado de un buen tono y cierto optimismo. El primer ministro, António Costa, ha hablado de la necesidad de un «bazoca económico», para recuperar la actividad, y el presidente francés Enmanuel Macrón, sentenció: «Europa no tiene futuro si no puede encontrar una solución a este shock excepcional».

El optimismo a la salida de la reunión de los líderes europeos es una buena señal. Los gestos; las intenciones; las formas, muchas veces son el verdadero termómetro del porvenir. Todo indica que el optimismo es sincero, probablemente, también porque en las actuales circunstancias es obligatorio para poder sobrevivir.

Mi pronóstico, por tanto, hoy debe ser optimista. Europa podrá salir reforzada. La necesidad nos hará enfrentar con más determinación los retos ante los que nos encontramos; vencer la pandemia; afianzar la responsabilidad compartida; invertir en la transición energética; aprovechar al máximo todos nuestros recursos, y recuperar la confianza en el futuro.

 

Pablo Castro Abad es editor-adjunto de EL TRAPEZIO y licenciado en Ciencias del Trabajo