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Miembro de la generación del 14, el escritor Manuel Azaña fue galardonado con el Premio Nacional de Literatura en 1926 por su biografía “Vida de Don Juan Valera”. Gracias a la ayuda de la hija de Valera, pudo realizar una investigación a fondo de la obra de Juan Valera, uno de los más insignes iberistas y un pionero del iberoamericanismo. En 1925, aprovechando la estancia de su amigo Cipriano Rivas en Portugal, Azaña le pide que busque a los herederos de los iberistas Oliveira Martins y Latino Coelho para comprobar si tienen cartas de Valera. Oliveira Martins dedicó su libro Historia de la Civilización Ibérica a Juan Valera.

El fervor iberista de Manuel Azaña, probablemente devenido de su admiración y estudio de Valera, hizo que, siendo presidente de la República Española, diera protección al exilio iberista portugués (Grupo dos Budas) y mantuviera conversaciones con su representante Jaime Cortesão, cuyo hermano, Armando, participará en un debate colectivo que se transformará en libro: la Comunidad Ibérica de Naciones (1945), cuyos otros autores son Manuel de Irujo, Luis Araquistáin y Carles Pi i Sunyer. Un portugués, un vasco, un cántabro y un catalán, todos con experiencia institucional, intentan de articular una propuesta de confederación de nacionalidades ibéricas desde el exilio en Londres.

Manuel Irujo propone, en el marco del citado debate de la Comunidad Ibérica de Naciones, un régimen constitucional algo contradictorio que se mueve desde el federalismo al confederalismo, no obstante, reconoce la necesidad de un Gobierno central ibérico. Se debaten capitales de la Comunidad: Lisboa siempre está en la mesa, pero también Bilbao, Sevilla, Barcelona y Madrid. Se baraja de tener una proyección ulterior hacia Iberoamérica.

Jaime Cortesão hace “un esbozo de proyecto de un Consejo Supremo Ibérico (CSI)” donde establece reglas de votos y cuotas de representación de las nacionalidades ibéricas (“tres portugueses, tres castellanos, dos catalanes, un vasco y un gallego”). Menciona que funcionaria un Tribunal Supremo Ibérico que interpretaría la “ley constitucional del CSI”. “El castellano y el portugués serían los idiomas oficiales”.  “El Consejo nombraría un secretario general y dos secretarios generales, debiendo los tres ser siempre de nacionalidades diferentes”. Su mandato seria de 8 años. “Este Consejo (Supremo Ibérico) tendría como objetivo final en vista: el establecimiento de una Comunidad Ibérica”, agrega.

El proyecto que propone el portugués implicaría que España debería de dejar de ser el marco de unión, siendo substituída por la “comunidad ibérica”, y por otro lado, su representación se haría a través de Castilla, Cataluña, País Vasco y Galicia. Lo que también puede ser visto de otro modo. La fórmula de convivencia peninsular tendría una unión y unas partes. España volvería a ser la “Hispania” geopolítica, llamada Comunidad Ibérica, y la nacionalidad castellana asumiría un papel equivalente a Cataluña, País Vasco y Galicia.

Hubo, entre el público asistente, quien reclamó la presencia de Andalucía. Ese repliegue de España a Castilla, es compartido por todos excepto por Araquistaín, socialista, que vetó la presencia del PCE en el debate y defendía una República Dual (España-Portugal). Araquistáin sentenció, aunque sin detallar como evitar duplicidades, “no veo oposición entre ‘Estados Unidos Ibéricos’ y ‘República Dual’. España puede organizarse en unos Estados Unidos. Personalmente yo me inclino también a los Estados Unidos Ibéricos. Si propongo una República Dual es como una mayor concesión a los temores de los portugueses”. Lo que venía a decir es que los portugueses no iban a aceptar que se les rebajara a una nacionalidad peninsular más. Finalmente Araquistáin pide reconducir el debate a partir de la reforma de la Constitución española de 1931, cuestión que provoca el fin de los encuentros por disentimiento.

Este debate despertó el interés de sociedades de estudios portugueses en Brasil y Estados Unidos. Acción Republicana Española y la Junta de Cultura de Euzko-Etxea de Londres organizaron conferencias pro Comunidad de Naciones Ibéricas. En esa misma época el expresidente de la República Portuguesa José Domingues Dos Santos, también del Grupo de los Budas, funda una revista titulada Iberia, que publica en varias lenguas ibéricas.

Dicho debate tuvo su “repercusión en el Reino Unido, Francia y Portugal, entre publicistas y gobernantes europeos, y en Argentina, Brasil, Chile, Venezuela, México y Estados Unidos en colectividades diversas y entre hombres de Estado” según afirma la editorial Ekin de Buenos Aires al justificar la edición del libro.

 

Pablo González Velasco es coordinador general de EL TRAPEZIO y doctorando en antropología iberoamericana por la Universidad de Salamanca