La difícil decisión de cambiar

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La vida es cambio. Da igual que nos sintamos seguros y estables, siempre se acumulan una serie de circunstancias que nos trasforman. Es inevitable. Porque estamos en constante movimiento. Pensando; sintiendo; descubriendo. Y es por eso que, si echamos la vista atrás, vemos como muchas personas; como los grandes acontecimientos que han pasado por nuestras vidas; nos han marcado, pero ya no están. No es posible aferrarse a una idea eternamente, pese a que lo deseemos con todas nuestras fuerzas, ya que no está en nuestra naturaleza; el ser humano es evolución. Tampoco creo que permanecer inmóviles; estancados, fuera la solución a nuestros problemas, aunque suene deseable en innumerables ocasiones. Dejar de crear; de ilusionarnos por un «mañana» nos conduciría, tarde o temprano, a un callejón sin salida. A la autodestrucción.

No podemos elegir si cambiamos o no, pero sí tenemos cierto poder sobre la magnitud y la dirección del cambio. Lo que nunca hemos de hacer es renunciar a nuestro pasado. Debemos cuidar las enseñanzas recibidas y recordar aquello que nos ha hecho llegar hasta aquí. Aciertos y errores. Y estaría bien disfrutar del presente, que es lo que más solemos olvidar. Pero lo cierto es que, como muchos expertos científicos afirman, somos todo el tiempo a la vez.

A modo de ejemplo, acabo de cerrar un ciclo completo de cambio. Creo que mi «yo» del pasado difícilmente reconocería al Gabriel del presente. No hablo de décadas, no se vayan a pensar, sino de los últimos 365 días. En ese periodo he cambiado de pareja, de casa y de trabajo. Una ruptura total con todo lo que conocía, pero que me ha llevado a entender mejor mis sueños; mis sentimientos; y a saber hacia dónde ir y con quién estar. Aunque tuve miedo, desde luego, cómo no iba a tenerlo. Parecía un salto al vacío. Pero todo ha seguido su curso, y ahora soy más feliz que nunca. La vida fluye, esa es la realidad.

Desde una perspectiva ibérica, el afecto se funde con la desconfianza, y el cambio se quiebra. La falta de un proyecto claro de comunidad peninsular nos lleva a refugiarnos en lo conocido y a escribir un relato plagado de excusas. La ilusión se diluye ante el temor de perder identidad y derechos. Aquí, el «cambio» supone un movimiento de tal magnitud que se ralentiza y se complica. Pero nada nos va a quitar la incertidumbre, por muchas certezas que tratemos de buscar. La hermandad existente, el medio natural en el que vivimos y la base cultural que compartimos deberían ser garantías suficientes para avanzar juntos. Dialogar; alcanzar acuerdos, y empezar a construir un pacto social y político que nos lleve a vivir en la Iberia de progreso que todos anhelamos.

El cambio no se puede detener, ni para las personas ni para los Estados, y de ahí la difícil decisión de cambiar antes de que el tiempo lo haga por nosotros. Hemos de tomar las riendas de nuestro destino. Aprovechemos el poder que nos brinda nuestra capacidad de decisión para elegir el camino correcto; el que nos lleve a un futuro de orgullo ibérico; de pleno desarrollo humano.

 

Gabriel Bernárdez

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