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El coronavirus no ha llegado solo. Ha estallado en un contexto mundial que ya venía marcado por la emergencia contra el cambio climático y la necesidad imperiosa que tenemos de cambiar rasgos fundamentales de nuestra existencia personal y colectiva si queremos preservar la pervivencia de la humanidad en este maravilloso rincón remoto de la Vía Láctea.

Las estrategias para proteger el medio ambiente y para combatir esta pandemia -y de las que puedan venir- no están disociadas: están íntimamente relacionadas. En cierto modo, la Covid-19 está actuando como un factor de aceleración de las dinámicas de cambio que se han ido introduciendo en los últimos años en la agenda internacional a medida que hemos ido tomando conciencia de la gravedad de los estragos provocados por el cambio climático.

Por si no era suficientemente evidente, la pandemia nos lo impone: de ahora en adelante tendremos que modificar la manera de movernos, de transportar, de viajar, de alimentarnos, de estudiar, de trabajar, de hacer vacaciones, de comunicar, de divertirnos, de relacionarnos, de organizarnos…

Estamos en tránsito hacia un nuevo paradigma de civilización y, como hemos hecho históricamente, nos tendremos que amoldar si queremos sobrevivir. En síntesis, dejamos atrás la era del petróleo y nos adentramos en una nueva era determinada por la implantación masiva de las energías renovables -especialmente, la solar- como principal fuente de impulso y apoyo de la actividad humana.

El petróleo ha sido, para bien y para mal, el gran motor de la humanidad en los últimos 130 años. Su explotación y su control han provocado guerras sanguinarias, golpes de Estado, regímenes dictatoriales, corrupción, contaminación insostenible del medio ambiente… Los Estados Unidos han asentado su hegemonía planetaria durante esta larga etapa gracias a su dominio de la industria petrolera y al poderoso ejército que han desplegado en todos los océanos para proteger su producción y su comercio.

La Covid-19 y la lucha contra el cambio climático certifican el declive del petróleo y la consolidación de las energías limpias como herramienta fundacional de esta nueva era. La cotización negativa del crudo del tipo West Texas Intermediate (WTI) en el mercado de futuros -el Brent seguirá la misma tendencia en los próximos días- es la expresión de la obsolescencia del petróleo.

Por eso, los países que no producimos hidrocarburos, como es el caso de la península ibérica, tenemos ahora nuestra gran oportunidad para erigirnos en potentes generadores de energías renovables y cambiar la correlación de fuerzas. Nuestras benignas condiciones climáticas nos abren un horizonte muy prometedor.

La conjunción del alta luminosidad, del viento, del mar, de la regulación hidráulica y de la geotermia que se da en el espacio peninsular es, indiscutiblemente, única en toda la Unión Europea. Esto nos proporciona una enorme capacidad de generación eléctrica si sabemos explotar intensamente, pero con inteligencia y con sentido social, estos recursos naturales.

La energía es el fundamento de la prosperidad y, en este sentido, la península ibérica tiene la posibilidad de devenir, sin la dependencia del petróleo importado, un lugar privilegiado de la nueva economía del siglo XXI. De ser unos países periféricos y subsidiarios de la Europa central podemos convertirnos en el nuevo centro de gravedad si sabemos explotar todo nuestro potencial de producción eléctrica.

En la expansión e intensificación de las energías alternativas, las instituciones públicas tienen que tener un papel capital. La concesión de licencias para hacer nuevos campos solares, nuevas implantaciones eólicas… tiene que estar condicionada a la participación accionarial significativa del sector público en su explotación, junto a los inversores privados. Esto garantizaría su control y el acceso a los beneficios, necesarios para el mantenimiento del Estado del bienestar.

En el mapa que ha diseñado, desde Bruselas, la Unión Europea, los países meridionales, como la península ibérica, estamos «destinados» a ofrecer infraestructura turística y mano de obra barata para la agroindustria y para las empresas transnacionales que se instalan aquí, expulsando nuestras generaciones más brillantes y preparadas a la emigración. Esto nos ha condenado a tener una ocupación estacional, precaria y de baja calidad.

Tenemos que voltear la tortilla y la decadencia del petróleo es el «clic» que nos tiene que permitir salir de esta situación marginal y de prostración. Es el momento de hacer emerger y traducir en kilovatios la extraordinaria capacidad energética latente que tenemos para poder emprender la necesaria reconstrucción y regeneración del tejido empresarial, en clave ecológica y social, después de la hecatombe humanitaria de la Covid-19.

 

Jaume Reixach es periodista y editor de las publicaciones EL TRIANGLE, LA VALIRA y EL TRAPEZIO