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Oímos hablar constantemente de la nueva normalidad pero no sabemos realmente en qué consiste. Llevar mascarilla, usar guantes, andar por la calle con más distancia entre las personas… Sí, puede que uno se acostumbre a esta nueva vestimenta, aunque poco nos agrade. Más difícil resulta no poder abrazar a nuestros padres, dar un beso a todas aquellas personas que nos importan, darles la mano porque nos gusta sentirles más cerca. Nos dicen que es el momento de comunicarse con los ojos, porque ni siquiera podemos ver la boca de las personas, su sonrisa, su expresión. Nos han robado muchas cosas pero sabemos que tenemos que ser responsables. Estamos aprendiendo a tener paciencia.

En la mitad de España ya es posible reunirse con los familiares y los amigos, en la otra mitad, todavía hay que esperar. Los padres se reencuentran con los hijos, los abuelos con los nietos, los primos vuelven a jugar juntos… guardando la distancia. El lunes se unirán más territorios a la fase 1 aunque las dos grandes ciudades, Madrid y Barcelona, seguirán en la fase 0, aunque se permitirá abrir al comercio local.

Creo que todos, a lo largo del confinamiento, vamos teniendo mejores y peores momentos. Por muy optimistas que seamos, no resulta fácil esta situación, sobre todo no saber qué va a pasar en un futuro. Añoramos nuestra normalidad, nuestra vida, cada uno la suya. Añoramos sobre todo las cosas más cotidianas, las cosas más sencillas, y fundamentalmente a las personas. Me cuesta pensar en una nueva normalidad sin algo que nos caracteriza tanto a los españoles, sin ese contacto social que necesitamos. Pasan los días y nos sentimos más inseguros. Quizás no es tanto el miedo al contagio sino ver que perdemos nuestro mundo. Miles de puestos de trabajo en juego, negocios que peligran, familias en grandes apuros, mucha gente pasando hambre… Y tantos sueños frustrados.

Me siento una afortunada porque de momento no he sufrido el impacto directo por el coronavirus, ni desde el punto de vista sanitario, ni económico ni social. Pero siento que a todos los que estamos a salvo, nos supera también esta situación, porque demasiada gente está sufriendo. Y lo que nos queda. Sentimos la unidad del país, la generosidad y la solidaridad de las personas pero al mismo tiempo es evidente la desunión política que está agravando el problema

Esta semana me ha llamado la atención los resultados de un estudio internacional liderado por la Open Evidence (perteneciente a la Universitat Oberta de Catalunya) en el que revela que la salud mental de un 46 % de los españoles está en riesgo por la crisis del coronavirus.  Seis de cada 10 españoles se han sentido en algún momento tristes, deprimidos o desesperados por el futuro y casi un 60% de la población en España necesita que el gobierno no se centre solo en prevenir el contagio, sino también en evitar una importante crisis económica.

Es evidente que esto nos está marcando y que el 2020 será uno de los peores años para mucha gente. Parecía que sería algo pasajero pero no, está durando más de lo que podíamos imaginar. Por eso nos tenemos que permitir los malos momentos, liberar esa tensión y esa sensación de agobio. Así volvemos a coger fuerzas porque venceremos.

 

Belén Rodrigo es periodista. Ha ejercido durante 15 años como corresponsal del diario ABC en Lisboa. Premio Ibérico de Periodismo otorgado por la Fundación Luso-Española.