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El misticismo ibérico tuvo grandes nombres como Ramón Llull, Santa Teresa o San Juan de la Cruz, que bebieron de fuentes andalusíes, tanto del sufismo musulmán como la cábala judaica. Diversas órdenes religiosas mantuvieron ese espíritu introspectivo, intuitivo y militante, que no necesariamente era opuesto al conocimiento racional o la innovación tecnológica. En sentido contrario, en la modernidad burguesa, las ciencias sociales se vieron sometidas a repetidos intentos de dogmatizarla como si fuera una religión o ideología. Posteriormente, con una ciencia más crítica, el psicoanálisis, la antropología y la psicología tratarían de descifrar y sistematizar el fenómeno del misticismo. La ciencia, al fin y al cabo, es la única metodología posible que permite debatir en condiciones de igualdad. Quienes fueron habilidosos en lo místico y lo científico, siempre consiguieron traer nuevas perspectivas.

En la contemporaneidad, desde lo místico (o lo ultraideologizado sobre justificación mística), surgen postulados dogmáticamente anticientíficos, defendidos por personas adictas a teorías de la conspiración, sin asumirlas como hipótesis (a validar), y sin responsabilizarse de sus profusas predicciones erróneas. La peor versión es el mesianismo político, especialmente cuando aparecen como caricatura y farsa, como el caso del sebastianismo brasileño de los seguidores de Jair Bolsonaro.  Al margen de la política, existen derivadas neutras del misticismo, que reconfortan el alma, cuando el ser humano teoriza intuitivamente sobre las casualidades, coincidencias y descubrimientos cotidianos, inexplicables aparentemente a la razón.

El misticismo tiene también relación con la santidad. En Madrid, el 15 de mayo, hemos tenido un San Isidro sin verbena en la Pradera junto al Manzanares, un paisaje ya pintado por Goya en 1788. San Isidro (1082-1172) nació en las postrimerías del Madrid Andalusí. Su vida, según varios investigadores, tiene fuertes paralelismos con hagiografías islámicas. Isabel de Portugal, reina de España, mandó construir, sobre el pozo descubrierto por San Isidro, la ermita de la Pradera de San Isidro porque sus aguas sanaron a Felipe II (I de Portugal).  Otro de los milagros que se le atribuyen es el de mandar a los bueyes a arar mientras rezaba, algo que se nos remite comparativamente al espíritu hedonista del Derecho a la Pereza (1880) de Paul Lafargue, o, incluso, a ese imaginario andalusí del esparcimiento.

Las visiones místicas también han tenido sus incursiones en el ensayismo y la política ibérica. Ángel Ganivet teorizó sobre el misticismo quijotesco. A pesar del racionalismo programático del recientemente fallecido Julio Anguita, fue calificado – en varias ocasiones – de encarnación del misticismo quijotesco. Los discursos del exalcalde de Córdoba eran recibidos por sus oyentes con una atención máxima. Como los buenos místicos, en su discurso habría alguna «revelación», algún «éxtasis» de conocimiento. Antonio Maíllo, excoordinador de IU en Andalucía, afirma: «Julio gustaba de abordar el sentido profético en política con un valor prometeico: de adelantarse a lo que sucedería, de ver de antemano las consecuencias de las decisiones políticas y afrontar, sin importar el coste, la acción política correspondiente, pesara a quien pesara. Si uno acude a los debates sobre el Tratado de Maastricht o se para a escuchar los mítines que dio en los últimos años observa que sus diagnósticos no eran los cómodos del momento, pero sí los acertados con el tiempo». Anguita vivió por largas temporadas, en los últimos 13 años, en Ciudad Rodrigo (municipio rayano de la esposa); y reiteradamente apuntó, con declaraciones o referencias, a la pertinencia de un republicanismo iberista y un paniberismo global. 

Cerca de Ciudad Rodrigo, en Trancoso (Portugal), nació António Gonçalves Annes Bandarra (1500-1556), profeta del Quinto Imperio y perseguido por la Inquisición. La profecía de Bandarra fue instrumentalizada, después de su muerte, por el  jesuita Antonio Vieira (con sus sermones sebastianistas), para la causa de la conquista del trono portugués por el Duque de Braganza, con la esperanza de disputar a España el liderazgo católico-universal. El sebastianismo fue un movimiento que recorrió Portugal durante la Unión Ibérica (1580-1640), como consecuencia de la muerte del rey Sebastián en la Batalla de Alcazarquivir (1578). El sebastianismo creció por el sentimiento de ausencia del rey, también de la ausencia de los reyes españoles Felipe III (II de Portugal) y Felipe IV (III de Portugal). Este fenómeno dejó reflejos culturales, en las siguientes generaciones, y la anécdota de -infeliz desenlace- de la suplantación del pastelero de Madrigal.

Fernando Pessoa, un místico sin fe, desarrolló una peculiar visión y versión del Quinto Imperio, lejos de la hispanofobia bragantina o el nacionalismo republicano. Pessoa critica el «mimetismo da Grande França absolutista feito pelo Marquês de Pombal, quer da servil cópia do constitucionalismo inglês realizada esterilmente pelos nossos “liberais”, quer da reles subserviência aos ideais da Revolução Francesa, estrangeiros para nós, que são uma das coroas da inglória e do antipatriotismo dos nossos pseudo republicanos de hoje em dia».

Y agrega Pessoa: «O que seja propriamente o sebastianismo — hoje mais vigoroso do que nunca, na assombrosa sociedade secreta que o transmite cada vez mais ocultamente de geração em geração, guardado religiosamente o segredo do seu alto sentido simbólico e português, que pouco tem que ver com o D. Sebastião que se diz ter morrido em África, e muito com o D. Sebastião que tem o número cabalístico da Pátria Portuguesa —, eis o que não é talvez permitido desvendar. Mas, para interesse dos leitores, não é talvez mal cabido explicar qual a data marcada para o Grande Regresso, em que a Alma da Pátria se reanimará, se reconstituirá a íntima unidade da Ibéria, através de Portugal, se derrotará finalmente o catolicismo (outro dos elementos estrangeiros entre nós existentes e inimigo radical da Pátria) e se começará a realizar aquela antemanhã ao Quinto Império».

En los análisis místicos, la línea que separa la genialidad del disparate es muy fina. Queda a juicio del lector, la interpretación de esta visión del poeta portugués.

 

Pablo González Velasco es coordinador general de EL TRAPEZIO y doctorando en antropología iberoamericana por la Universidad de Salamanca. NOTA: En enero de 2017 publiqué un relato de ficción “El Quinto Imperio. Una ucronía del año 1821” (en español y portugués), incluido en un libro editado en Brasil.