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Lo mudéjar levanta pasiones en España al mismo nivel que lo moro. Portugal, lentamente va contagiándose de esta pasión hispánica e iberoamericana. Los primeros pasos del apasionamiento ocurrieron cuando Francisco Fernández y González editó en 1866 su afamado libro “Estado Social y político de los mudéjares de Castilla”. Fue el momento, fuese cual fuese la importancia demográfica de la población mudéjar en la Castilla medieval, en el que se evidenció la importancia de una población musulmana, los mudéjares, que vivía en régimen de convivencia cultural bajo sistemas políticos católicos, como el del rey toledano Alfonso X el Sabio (1221-1284). Francisco Márquez Villanueva, pudo casi 130 años después, en 1994, percibir que existía un “concepto cultural alfonsí” que pasaba primordialmente por el reconocimiento de la singularidad mudéjar en el ámbito del conocimiento cultural. Era algo específico, íntimo, parecido a su opuesto, el estatuto de los dimmis o protegidos cristianos y musulmanes bajo el islam. En la península esto tenía su importancia, ya que el mudejarismo es contrario al principio de guetización, de encierro y marginalidad en juderías y morerías, al ser la expresión misma de la mezcla, de la hibridación material y cultural. De ahí, su gran modernidad.

El porqué de este apasionamiento mudéjar, que trasciende lo puramente intelectual y llega a las bases mismas de las culturas ibéricas, nos lo explica el hecho de que constituye la posibilidad tan esplendorosa como fallida de un estilo “nacional” estético genuinamente peninsular, emancipado del gótico internacional, de claras concomitancias centroeuropeas, y del horizonte islámico que, aunque habiendo pasado por el canon autoctonizado de lo “hispanomauresque”, no deja de ser sospechoso de extranjeridad. Cuando oigo hablar a los especialistas en mudejarismo artístico veo que se tensan y buscan argumentos en los que apoyar sus tesis, distribuyendo la castellanidad o islamicidad del estilo en disputa a razones opuestas.

Desde luego el mudejarismo como síntesis cultural no es solamente un asunto de las artes de la arquitectura, en especial del trabajo de la madera y de la azulejería. Juan Goytisolo creía en la existencia de un mudejarismo literario, del cual formaban parte una infinidad de obras, sobre todo del siglo XVI y principios del XVII, época en el que ardían los rescoldos de la España pluricultural, escritas en clave, desde La Lozana Andaluza hasta el propio Quijote. Es, como si los autores empleando un lenguaje cifrado hubiesen dejado señales e indicios de un mundo convivencial en desaparición, que no siempre sabemos interpretar hoy día. Así lo vieron, por ejemplo, el vallisoletano José Jiménez Lozano, recientemente desaparecido, el sabio alemán André Stoll, y otros tantos investigadores.

El mudejarismo, sobre todo el arquitectónico, ha tenido su resurgir en los dos mil en América Latina, desde Perú a México. Un compañero de Facultad, el profesor Rafael López Guzmán hizo una sistematización el mudéjar latinoamericano, poniendo de relieve su importancia. Fueron años en que el giro mudéjar tomaba fuerza en desfavor del barroco, hasta entonces monopolizador del debate estético latinoamericano. Hasta tal punto, que se llegó a rastrear la presencia de alarifes moriscos en la colonización americana. La investigadora puertorriqueña Luce López-Baralt incluso encontró un alcalde morisco de san Juan. E investigadores latinoamericanos diversos destacaron la confusión lingüística que tenía Colón entre las palabras pronunciadas en árabe, escuchadas entre otros lugares en sus estadías ibéricas, en particular en Granada, y las lenguas indígenas. El término “mudéjar” tenía razones sobradas, pues, para levantar pasiones también allende el Atlántico.

Leopoldo Torres Balbás (1888-1960), arquitecto y director de la Alhambra en los años veinte y treinta, formado en el racionalismo y la libertad de pensamiento, cuando aborda el “mudéjar” lo formula como un posible estilo nacional español fallido. Por ello, no nos extraña, que tome distancias con la posibilidad de que este existiese en Portugal: “Con el profesor portugués Correia –escribió- hay que afirmar que en los monumentos del vecino país no existe el menor influjo del arte marroquí. Los de Evora y su región levantados en los últimos años del siglo XV y en los primeros del XVI, revelan un arte de rudos canteros, de formación occidental, que, sugestionados por edificios musulmanes de la comarca o tras las huellas de una personalidad vigorosa reflejada por ellos, emplean profusamente el arco de herradura”. A esta opinión que era una crítica a la reivindicación del mudéjar portugués, empezando por el palacio de Sintra, del catedrático de la Universidad de Sevilla Florentino Pérez-Embid, un hombre muy conservador, le contestará éste en 1945 diciendo que su crítico hacía una “lectura polarizada”. El conservador catedrático de Sevilla Embid se enfrentaba así al librepensador y condenado al ostracismo por el régimen franquista, Leopoldo Torres Balbás. Y lo hacía precisamente por cuenta de si existía o no el estilo mudéjar en Portugal. Tenía, dijimos, como centro argumental Sintra, que no admitiría duda de su mudéjar, y otros lugares más dudosos, como la Torre de Belén, que entendía Embid era debida a un arquitecto portugués familiarizado con las culturas magrebíes. Estas oposiciones no eran únicas: Torres Balbás consideraba que el barroco había ahogado las posibilidades del mudéjar, mientras que Pérez-Embib, considera que el estilo “manuelino” que alcanzó sus glorias supremas justo con el barroco. Pasiones mudéjares, en consecuencia.

No podemos olvidar, tampoco, que cuando se firmó el tratado de Tordesillas (1494), que dividió el mundo de las conquistas entre España y Portugal, el estilo y atmósfera imperante en esta localidad castellana era mudéjar. Como atestigua aún el impresionando convento de santa Clara. Allá la reina Isabel la Católica solía vestir al estilo moruno.

Tras la cuestión de los “estilos”, y las polémicas que suscitaban se escondían argumentos políticos de fondo, sobre los pilares culturales de la península ibérica. No tuvimos, sin embargo, frente a estas problemáticas un historiador del arte potente y clarificador, como el alemán Aby Warburg (1866-1929), capaz de, emancipándose de los estilos formales, comprender qué nos quieren decir las imágenes-fantasma que destilan, evidenciando el tipo de vida cultural y social que deseamos llevar. Entonces como ahora.

 

José Antonio González Alcantud es catedrático de antropología social de la Universidad de Granada y académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Premio Giuseppe Cocchiara 2019 a los estudios antropológicos